29 de diciembre de 2009
24 de diciembre de 2009
Todos somos muy esclavos de nuestra historia y del proceso personal que cargamos. Desde nuestra más tierna infancia, hemos elaborado fantasmas, miedos y enterrado semillas emocionales que nos acompañan para siempre sin que seamos conscientes de ello. En este sentido podríamos decir que somos lo que nos han dejado ser; y bajo esa mirada, es cuando sentimos la vida como una carga.
Sin embargo, todas las personas tenemos y podemos desarrollar una vitalidad ascendente, hacer blandas nuestras rigideces y pivotar un poco más ganando espacio. Sé que todos los seres podemos soñar cosas, imaginar, tener proyectos, lanzarnos a realizarlos, asumir las dificultades... Entonces es cuando sentimos que somos lo que hacemos.
Tal vez en eso consista el baile de la vida, una danza interna entre dos maneras de sentirse tan distintas.
A todos (no os cito uno por uno para no estropearlo) os llevo en mi corazón todos los días del año. En especial, en este solsticio de invierno.
17 de diciembre de 2009

8 de diciembre de 2009

En mis piernas retumba todavía el hormigón. El puente que atraviesa la carretera de Toledo vibra al paso de los coches y los camiones. Con los párpados entornados me dejo caer en el tresillo a la vuelta del trabajo. Son unos segundos tan sólo. Como cada tarde, enseguida se ponen en marcha páginas y páginas de rutinas milimetradas. Mi pobre Sísifo jamás deja de subir por ellas la bola que colecciona presentes imperfectos…
La mirada como boca de mina abandonada… y los sueños, exiliados en otro lugar por el efecto demoledor de este realismo sucio.
Codorníu.
27 de noviembre de 2009

Aunque quién sabe... Tal vez, este ego -que pilota mi ser- esté harto de dar siempre un saltito para evitar el «clinc»...
21 de noviembre de 2009

Una mesa detrás de una columna me oculta de las miradas de los que pasan, toman algo y salen al rato. Si ladeo la cabeza puedo ver a los otros, a los que permanecen en la barra por los siglos. La verdad es que hoy no me interesan mucho sus movimientos buscando banquetas vacías ni su charla pegajosa en torno al partido que televisan este fin de semana. Cuando se marchan todos, el tabernero (el pobre tabernero, como gusta llamarse a sí mismo) se acerca a mi rincón, ávido de otras conversaciones, y me pregunta: ¿Qué lees?
Extiendo la mano hacia él y le acerco el libro. "Son rollos filosóficos", le prevengo a la vez que observo como pasa las páginas sin prisa, deteniéndose en el tacto del papel, abriendo lentamente una sonrisa que me intriga porque siempre tiene preparada alguna ironía en la recámara. Al fin, sus labios maldeclaman (como si estuviese leyendo teatro en una tertulia de poetas) unos versos de Taigui que sus ojos "escogen" dejándose atrapar por algunas notas a lápiz que puse por el margen:
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"Vuelan luciérnagas,
y al ir a decir: <¡Mira!>,
estoy yo solo"
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No lee más. Se da la vuelta -a lo torero- y comienza a recoger unas tazas que hay por las mesas. Cuando regresa al otro lado del mostrador, le oigo cacharrear con los vasos. Yo vuelvo a abrir el libro e intento colocar de nuevo la cabeza sobre los hombros de cartoné. Sé que tiene mucho "zumo" ese haiku. Mucho. Pero ya queda poco, es casi la hora de cerrar, y no sé si compensa seguir para dejarlo a medias. Me levanto. Me pongo la chaqueta despacio. Mañana más, digo en voz alta. Él sortea el mostrador y me espera junto a la puerta. Bajará el cierre en cuanto salga. Temo el momento, y me voy acercando de puntillas. Pienso -como cada noche- si podré alcanzar la calle sin que me remate.
Al borde del escalón, cuando ya estaba casi a salvo, recibo en mi espalda el chorro de una manguera de agua helada: "¿Sabes una cosa? Uno nunca está solo; porque por h o por b siempre hay una conciencia perturbadora que lo acompaña"
Qué canalla. ¿Habría leído la dedicatoria del libro, donde Saleta había escrito hace años: P’a ti p’a siempre?
Codorníu.
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7 de noviembre de 2009

24 de octubre de 2009
14 de octubre de 2009

4 de octubre de 2009

1 de octubre de 2009

26 de septiembre de 2009
Amaneceres suaves de otoño junto a los arcenes de la carretera. Silencios y cafés de gasolinera abierta, partidas de ajedrez, de cartas; rostros desconocidos. Palabras sueltas como restos impares de una zapatería de barrio. Monosílabos.
El tiempo simplemente transcurre.
Al regresar a casa me olvido del nombre y el lugar. Me confundo de calle varias veces. Todo a propósito para escapar del joven que trepa por la pared de un pozo. Cada mañana, afeitándome frente al espejo, siento como cae de nuevo abajo, al fondo negro e invisible de los viejos anhelos.
No sé por cuanto tiempo.
Codorníu.
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24 de septiembre de 2009
Extravío de pálpitos apresurados. Mis dedos ya no cuentan los días que faltan para vernos, ni mi mente imagina tocar los colores azules de tus hierros. Amarga en mi boca el sueño de una posible cita en la estación de Atocha sin ninguna esperanza. Tan sólo llevo cuentas de los insomnios, certidumbres que odio y apago lentamente en el cenicero.
En las camisas de cuadros como aquella, ya sólo veo ventanas cerradas como nichos. Las bandadas de aves, cuando se marchan, me dejan en la ventana un diccionario de silencios inmensos. Me pierdo entre los rostros lánguidos de nuestros amigos comunes en los aniversarios, entre los cuerpos cómplices de un sinfin de emociones subterráneas. Y aún años después, toco mi cuello para escuchar mi corazón, y la yugular acaricia mis yemas como nunca lo hizo.
Me sentaré otro otoño, amigo, en el sillón mencionado por Shiki; donde las agujas de pino esparcidas de aquel haiku dieron tanto sabor a nuestras conversaciones. Y luego me dejaré llevar de tu mano a Cabo Verde; porque sin ti no hubiese conocido a Cesarea Évora, y su música, y las premonitorias saudades que me vaticinaba.
Demasiados recuerdos revueltos, imágenes, añoranzas, amaneceres atrapados por Malasaña recorriendo todo aquello como vagabundos, sin señales precisas, sin rumbo, sin destino. Hoy soy un ángel preso que guarda sus sueños en una caja que pone “Aquel otoño” y los suelta como palomas para que se los lleven hasta sus bolsillos de nidos olvidados aquellos castaños de El Tiemblo que tú tanto amaste. Nidos vacíos de los que hablamos tú y yo tantas veces (mientras pudimos hacerlo), a caballo de palabras transparentes, suspendidas en el eco confidente de nuestras cosas.
Había que darse prisa y lo hicimos. Vinieron a buscarnos -tomaron la calle equivocada en mi caso y pasaron de largo-; pero tú estabas en casa esa noche. Con nostalgia, te extraño, amigo. Porque a veces no sé como soy sin tu espejo. En nuestro camino, la gran suerte de conocernos de corazón a corazón, como dicen los maestros de zazen japoneses; amparados en las sombras lunares de Pink Floyd, por ejemplo.
A veces me despierto -lo confieso- y tengo que escribir. Pero sigo sin saber dónde estoy.
Codorníu.
23 de septiembre de 2009

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Le dolía a la altura del esternón, por debajo de la camisa de cuadros. Son los gases, decía. Y se llevaba la mano al centro del pecho, a un lado del bolsillo, donde el paquete de ducados abultaba una tetilla intrusa. De cada cien veces, cien estaba en lo cierto. También, en ocasiones, el brazo izquierdo se quejaba de oficio. Iba, según él, apareciendo con la edad, anticipando el anunciado tema de la artrosis. Tenía buen ojo clínico. O demasiada suerte hasta aquella noche, cuando todos llegamos tarde a sus llamadas.
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Al entrar el otoño, se me empañan los ojos y las palabras mueren. Se vuelven cajetillas crujientes, ruidos de pergamino. Es muy difícil entender estas cosas. Comunicarlas. Mi corazón, que no se cansaba de pisar hojas secas caminando a su lado, siente por estas fechas, desde entonces, una daga de hielo pegada a la garganta…
Codorníu.
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21 de septiembre de 2009

Fui un privilegiado. A veces lo digo, me lo digo, porque sé que le viene bien a mi mente recordarlo. Nadie estuvo tan cerca. Ni siquiera Chumpéter, que recorrió su cuerpo mientras yo zigzagueaba por su alma como una zarza ardiente para ver como se teñía el pelo de todos los colores. Supongo que hubiera querido ocupar mi lugar (y yo el suyo) sin perder lo que ya por error teníamos como nuestro.
Codorníu.
20 de septiembre de 2009
Se atribuye a la escuela una culpa que tiene toda la sociedad. Luego, se vuelven los ojos hacia la sociedad para que se diluya toda responsabilidad, y el desastre quede en el anonimato. Se dice que los padres han hecho dejación de sus funciones. Aunque yo sólo veo trabajadores agotados que deambulan al regresar a casa como idos... perdida toda seña y sentido de identidad.
Al parecer, ya nadie quiere señalar al modo de vida que el sistema económico impone a las personas. Eso que eufemísticamente se ha dado en llamar "Los mercados" es el auténtico responsable del naufragio. Inútil análisis éste, y más inútil aún soñar con otro mundo... ¿Para qué hablar de metas imposibles, verdad? Sin embargo, todos sabemos que lo que está fallando es el motor.
La ambición, ese afán de enriquecimiento individual, lo ha impregnado todo con su mugre negruzca. El que pueda, que suba lo que pueda hasta donde le llegue el oxígeno. Ah, eso sí; por favor, cuantos menos mejor. Mientras, abajo, como dice Toro: Nos estamos comiendo los unos a los otros como caníbales.
La solidaridad, la compasión o el amor quedan para cuatro quijotes locos. No es moneda corriente que admitan los mercados para jugar a ser seres humanos.
Codorníu.
19 de septiembre de 2009

16 de septiembre de 2009
Codorníu.
12 de septiembre de 2009

Azules... Mira que hay azules asomando por encima de tu hombro dorado y del hombro de la montaña, incluso antes y después del horizonte de tus ojos...
Este verano me quedé sin ver el mar, tuve que mirar al cielo de internet, y ahí siempre había alguien. ¿Acaso no es ése el mejor de los azules?
Cuando estaba nublado -con una de esas tormentas de calor-, volvía mis ojos a una piscina que tengo debajo de la ventana. Si estaba salpicada de bañadores chillones y cuerpos color carne (que era lo más normal), entonces miraba un barreño azul de plástico, que utilizo para lavar las hojas de lechuga.
Desde la "intifada" de Pozuelo me niego a ponerme un Lacoste que tengo azul clarito. Igual esta noche lo dejo junto a los cubos de basura para que lo recojan los cascos azules de la ONU, que -dicho sea de paso- tampoco me surlibellan lo más mínimo.
En realidad, me consuelo con mucho menos: los contenedores de papel y cartón también son de ese color tan divino y se llevan lo mejor de mí mismo. A qué nivel han llegado los becerros de oro de esta sociedad cuando a mí me "ponen" más estos ortoedros de papel.
Codorníu.
(Ah, la canción es para dos amigas: Calma e Inuits... Para que vuelvan; porque solos no somos nadie... y lo sabemos)
7 de septiembre de 2009

"Los viejos sueños,
eran buenos sueños.
No se realizaron;
pero me alegro
de haberlos tenido".
(...Aunque uno sabe que también la charca acoge las nubes que pasan por el cielo, las aves que emigran en bandada; el rostro del que mira la lata, la bota, la llanta... y el espejo precioso...)
...Parece llegado el momento de darle un descanso a estos renglones. Poner un poco de paz entre loquesé y loqueveoysiento; recordarle a ese ramillete de yoes que me sueñan, que todo está abierto y disponible como la arcilla sin forma en el taller del mundo; que no es cierto que lo que espera -al otro lado del presente- es predecible por mucho que la rutina mental se empeñe. Que aún existe una mano tendida a la sorpresa, a la equivocación y a la magia.
6 de septiembre de 2009
Por detrás del horizonte, elevándose, un grupo de estrellas anónimas (apátridas del cielo, como fuimos nosotros) se asoman a mirar tímidamente, por si pueden ir saliendo sin peligro.
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Tal vez, si acaso, cuando todo sea del color de los mitos, se atrevan a acercarse. Verán, entonces, que aquí hubo un ruido de fondo del que poco o nada quede ya a esas alturas. Ellas, que duran mucho, quizá contemplen los mismos escenarios…
Pero no.
4 de septiembre de 2009
De aquellos septiembres, apenas quedan hoy reflejos en la loza manchada por el vino. Ni rastro de las rosas.
Unos dedos -que ya han dejado de vendimiar hace décadas- marcan un número donde no hay nadie nunca.
Mi cometa se eleva buscando un ave perdida: alas abanicando el pasado (algo que no es nuestro, sino suyo), ojos que pasan y repasan, labios húmedos, sueños.
Oídos que llevan y traen risas, carreras, música del vecino... o simplemente ruidos, que cambian de sitio en pos de algún recuerdo abuhardillado.
Renglones cansados...
Codorníu.
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30 de agosto de 2009
23 de agosto de 2009

El próximo día 24 de agosto, Gastón -ojalá sea en Montevideo-, saldrá a cenar y a bailar y a gozar… esté donde esté.
Y no me cabe la menor duda que al día siguiente celebrará su independencia y la de su país, por derecho propio.
Codorníu.
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21 de agosto de 2009

18 de agosto de 2009
"Añorar el futuro que no existe
es aceptar la vida despojada
de sus días mejores,
y vivir es igual que haber vivido
ya, sin que ese haber vivido
suponga -por desgracia- estar ya muerto".
16 de agosto de 2009
