13 de abril de 2014



Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron 

aquellos sueños…

Invado las alcobas vacías
de mi memoria 
para recoger aquellas palabras
tan lejanamente idas.

Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, 

amarillentas fotografías;
estilográficas desusadas 
y textos desgajados 
de la enciclopedia Álvarez… pero nadie, nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican 

dónde fueron mis minutos.

Y aunque torturo los espejos 
con peinados de quince años,
con miradas lejanas de cinco años
o quizá de ahora, 

muerto…
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió aquella sombra mía militante,
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de infancia y pelotas de trapo por las eras;
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los ángeles
nuestros restos de nieve atormentada?


¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?


¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los domingos,
cuando el violento secreto de la vida
era tan sólo una dulce campana enamorada…?


Registro los bolsillos desiertos y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos que me diga… 

quién 
fui
yo.
                                (Miguel Labordeta)

Pues este que veis en la fotografía soy yo cuando era hippye, jaja.
En serio.

Codorníu.


10 de febrero de 2014

Al fin llegó el día. Temo quedarme sin palabras, porque apenas encuentro algo que no le haya dicho. Me pasa como cuando estás ante un espectáculo de la naturaleza, y tan solo aciertas a quedarte boquiabierto ante sus 103 años y su buena salud. 

Mi padre encarna la prueba de que lo difícil no siempre es imposible. 

Como él dice: La clave es resistir, esa es la actitud.

Estuvimos comiendo en un restaurante gallego. Él, encantado... como se puede ver en la foto. No es todo lo buena que me hubiera gustado; pero de todas las que hicimos he escogido esta, porque parece invitar claramente a una tacita de queimada a cuantos amigos y amigas entren en esta página.


Codorníu.

30 de enero de 2014


Un paso a continuación de otro, un día después del anterior y antes del siguiente. Así va jugando su partida al tran tran, sin órdagos; compañero con la vida, que le lleva en volandas año tras año. En su mirada guarda las preguntas que todos nos hicimos cuando niños, cuando jóvenes… Las mismas que no fueron respondidas, que están ahí, que siguen ahí...  en un rincón secreto donde siempre habrá misterios de esos que no se desvanecen ni aunque los interrogues bajo los focos más potentes.

Lo único que ha perdido es algo de oído en este camino de regreso. Pero las voces cotidianas, esos sonidos familiares de siempre ya no necesitan precisión; sobre todo de vuelta, cuando uno busca en los que suben tan solo un eco de lo sembrado por sus labios. Eso le basta para orientar la fuerza de voluntad que tiene, el tesón, la lucha por ser autosuficiente, el afán por dar la mínima guerra posible…

Publiqué en este blog las memorias que escribió a mano, con su letra de autodidacta y sus faltas de ortografía, mientras se recuperaba de aquella fractura de cadera hace ahora cuatro años. Nada sustancial ha cambiado: por sus santas narices, este año pasado continuó saliendo a pasear cerca de una hora todos los días (menos los periodos muy fríos), marchando a un paso difícil de creer en su edad. Un cuerpo guiado por una cabeza que funciona perfectamente; como su ánimo, sus ganas de vivir y sus expectativas de futuro. La gente del entorno se asombra del vocabulario fluido que maneja, no saben que sigue leyendo un libro cada quince días, más o menos.

Dice que no ha sido feliz, si por felicidad se entiende un estado permanente. Dice haber experimentado etapas, momentos importantes, instantes hermosos; según él, los menos. Quizá por eso, rara vez habla de ellos. De ahí el valor de aquellas memorias, donde se fue soltando por escrito, donde sostenía con orgullo que fue a este dolor de la existencia, a este cuesta arriba de la vida, a lo que le debe la supervivencia y lo que le ha ayudado a llegar hasta hoy. Esa ha sido la clave de su larga vida: la resistencia psicológica ante lo adverso.

Y esto no es una sensación subjetiva mía, porque tengo el mejor certificado: la iluminación de sus ojos. Hay vidas tan planas y lineales, tan simples y predecibles, que se enmarcan en un lugar, encuentran un trabajo, se casan o no, y con todo eso siguen y siguen hasta sus últimos días. Ni se imaginan que la existencia de algunos seres con los que se cruzan es más bien lo contrario. Mi padre es uno de estos. Sirva este texto, a muy pocos días ya de su 103 cumpleaños, para homenajear el pulso singular que nos trasladan los latidos de un corazón que vivió la vida por el lado nudoso del tapiz con una serenidad y sencillez encomiables. 

Para él, ya no hay duda de que todo pasó como debía; y, como dice, En el fondo existe una sola certeza: haber vivido. 

Codorníu.

13 de enero de 2014


Tras encerarla con parafina
la mecedora se detiene varias veces sin que la madera deje ya ningún quejido. Cada descanso en ella se convierte entonces en un breve paréntesis que deja en mis atardeceres el sueño de todo eso que no somos. 

Mi pensamiento se posa en el respaldo como ave recién llegada, sacude sus alas y parte hacia una ramita próxima. Las gotas más finas persiguen los haces de sol que no tardan en hallar los charcos plateados. Desde un canalón lejano, un goterón solitario se descuelga hasta mi frente arrastrando con sus ruedines un irreal currículum de yoes.

Codorníu.

2 de enero de 2014



Estoy aquí, la brisa acaricia mis cabellos,  y yo voy a tientas en la  noche porque he perdido mi hilo; 
ese que te di a ti, Teseo"
.
Antonio Tabucchi, Se está haciendo cada vez más tarde.
.


Yo nunca creí en las rayas, tanto si eran paralelos y meridianos, como si eran fronteras con pedestal o fechas como éstas, por ejemplo, que separan un año del siguiente.

Me pregunto si creo en algo más que en la noche, cuando riza de forma plateada la superficie azul oscuro del espejo, o en la presión que soportan los cansancios que llevan tu nombre; o en la esperanza del otro lado del tapiz, donde hacemos los nudos.
.
Me pregunto también si aún llegará a tiempo el oxígeno que me devuelva los besos deseados, o las metáforas de Borges que releo ávidamente para zafarme de la asfixia, si es que aún existe el segundo crucial que maneja lo aleatorio, la lotería comprada a mis espaldas, o el gusto por la torpeza que tienen los que no saben lo que hacen (o sea, todos nosotros).
.

Pregunto, en definitiva, por los horizontes tan lejanos que soplaron las velas con que se hacía la piel de aquel cuerpo que me citaba en plena juventud; incluso me remonto al áspid sinuoso que frecuentaba los pronombres desaparecidos para siempre. Y sobre todo, echo en falta el sentimiento coral del amor, que saltaba entonces por encima de todos los misterios y hoy se abraza con fuerza a los pétalos perdidos.

Codorníu.

22 de diciembre de 2013



¿Estáis oyendo la bocina de un faro? La noche polar se produce en fechas próximas al solsticio de invierno, cuando el Sol no llega a asomar por el horizonte en todo el día.

Pasado el sobresalto, me remuevo produciendo un crujido de maderas viejas que no viene de los muebles ni del parqué. Tampoco de mis huesos.

Es algo que tiene un descenso sutil como la niebla: son los miedos. Inútil forcejear con ellos; por eso dejo que vayan reposando en el suelo de la jaula, mientras miradas de archivo caen descolgándose por las lianas del silencio. La involución que padecemos va cercenando tantas esperanzas que, cada año que termina, nos aparecen apiladas -cual cabezas cortadas- formando un enorme montón junto a un charco sospechosamente oscuro.

A la historia le toca lidiar en la actualidad con este vómito de aguas negras. No es de extrañar que se maree: barrotes por doquier la separan del horizonte y carámbanos sin entrañas la desgarran como alambre de espino. Una ceguera insaciable galopa a su grupa por todo el planeta: el big bang económico se les ha ido de las manos.

Pero en lo personal, en la corta distancia, hay que subir a la superficie, boquear y sonreír. Sólo así, solidarios, cálidos, tiernos y cercanos (con todo y con todos) a nuestro alrededor, seremos y nos sentiremos guardianes protectores del fuego que ilumina nuestra naturaleza como humanos. Gracias a esos rescoldos, lo veamos o no, sin duda llegará un nuevo día.

Mientras tanto, en estas fechas, os deseo mucha salud y suerte, amigas y amigos. 

Un abrazo entrañable.
Codorníu.

7 de diciembre de 2013




“Porque los que aún estamos


 ya no estamos del todo,

 y aún siguen estando vivos

 los que ya no están”


A mis amigos  Paco y Baltasar,  maestros y mutuos compañeros de nivel durante muchos años. Investigadores, fundadores y divulgadores de las técnicas Freinet a través del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular. Ambos fallecidos en el otoño del  2006, dejando una larga estela con su trabajo, su lucha y su sonrisa. 


Hace un año subía esta entrada con la misma foto y parecida cita, porque dicen (y yo así creo) que mientras que los seres que tanto les quisieron les recuerden, seguirán vivos y presentes. 

En estas fechas que se ensalza la vida de Nelson Mandela, la mirada de mis amigos me lo dice todo.

Codorníu.

28 de septiembre de 2013

 


“Quien ve hacia afuera, sueña; 
quien ve hacia adentro, despierta”


Carl Young

Para el hombre-otoño, los recuerdos se agolpan en esta época del año. Aquel tatuaje aún le altera el ritmo cardíaco desde su singular ubicación, equidistante entre la cadera y la ingle. Justo ahí evoca la magia sobre estos pálpitos, dándoles caña sin tregua ni cuartel alguno. 

Las intensas emociones vividas con Saleta desestabilizan la superficie lisa de un viejo espejo (ya más parecido a un charco) donde se reflejan los pájaros que emigran. Más adelante, como pasa todos los años, cuando el desencole de los guarismos se acerque a lo insoportable, el hombre-otoño encargará al viento que organice las cifras en espirales siguiendo una secreta ley repetida en los girasoles. 

Y cuando el suelo se cubra de hojas secas, el hombre-otoño regresará junto a los pronombres desaparecidos a cotillearles con tristeza lo que se han perdido por irse antes de tiempo. Ellos, rumbo a las Itacas, no sentirán la culpa de pertenecer a estas generaciones que llevarán el estigma del deshonor, si es que los futuros libros de Historia no censuran los hechos o inventan eufemismos que difuminen este dejarse quitar -sin mover un solo dedo- lo que con tanto esfuerzo arrancaron nuestros padres y abuelos a la negra noche donde cumple condena la Humanidad.

Codorníu.

3 de septiembre de 2013

-   Políades, ¿qué es lo que es mentira?          (Políades hace girar el sombrero entre  sus    manos)
-     Quizá todo lo que no se sueña, Príncipe.
                  “Las mocedades de Ulises
                   Álvaro Cunqueiro.

Cuando amanece, todavía brillan algunas ascuas. Los funambulistas ciegos avanzan despacio, dibujando manotazos en el aire al cruzar el cable que cuelga entre las dos fechas más importantes en la vida de todo ser humano. Hasta ellos sube un calor insoportable procedente del lecho del callejón, donde la combustión de los sentidos va dejando una alfombra de cenizas cada vez más gruesa. La mayoría sufre para mantener el equilibrio; sudan a cada paso, se la juegan. Desde el fondo aún se elevan, revoloteando, minúsculas pavesas que molestan al posarse en los labios o en las fosas nasales. Tal vez sean un puñado de instantes afortunados, que sobreviven al cuerpo por su cuenta. Muchos de ellos rozaron, gustaron, olfatearon, oyeron o se fijaron en algo con pasión; quizá se trate de miradas correspondidas cuando se contuvo el aliento bajo un puente de cejas.   
Los funambulistas pisan tanteando cuidadosamente. Son conscientes de la gran suerte que les adorna a pesar de ser invidentes: al menos, ellos tienen para poner el pie en alguna parte. 

Otros no tenemos ni el puto alambre que nos diga hacia dónde, me comentó Mera (sabio y gallego como Cunqueiro) hace tres años. Los mismos que llevo dándole vueltas, buscando una salida, sin terminar de romper con la ceguera que impera en este mundo. 

Codorníu.

27 de agosto de 2013

En el fondo, todos sabemos que cada vez que se mira al pasado, sólo puede regresar de allí una voluta de humo, una imagen mental; a veces, en raras ocasiones... una perla.

El más importante de los personajes que hace muchos años dieron vestido, casa y comida a mis mundos internos está hoy ilocalizable. Fruto del momento social en que nos movimos por aquel entonces, el espejismo que yo conocí amaba el velo, los disfraces, lo oculto; tal vez por eso, escoge ahora seguir en aquello que tiene práctica: el sendero del coma profundo. Impredecible en su despertar, desconcertante incluso para sí misma, Saleta está fuera de control de verdad desde el día que Chumpéter y yo fuimos solos a llevar sus cenizas a Corrubedo. Aún no sé cómo se enteró ella; pero allí estaba, a cierta distancia, recortada su silueta contra los dos azules, manteniéndose a raya de la ceremonia desde una pequeña duna, fumando. Como si no fuera su propio entierro.

Corrimos ladera arriba, caímos, volvimos a caer, rodamos. Los codos y las rodillas desollados, llegamos jadeando con la boca escupiendo los minúsculos granos que hacían chirriar los dientes. Ya no estaba. De manera muy cuidadosa, sujeto con unos montones de arena, había dejado un libro de Octavio Paz, abierto boca abajo por un poema donde se encontraba subrayada esta perla...

¿La vida, cuándo fue de veras nuestra?,
¿cuándo somos de veras lo que somos?
Bien mirado no somos. Nunca somos
a solas sino vértigo y vacío,
muecas en el espejo, horror y vómito;
nunca la vida es nuestra, es de los otros,
la vida no es de nadie: todos somos
la vida.

Codorníu.

27 de julio de 2013




Este julio saqué unas cuantas servilletas -de esas que recojo por los bares en invierno- y me senté a leerlas junto a la ventana. De esta manera "conocí" a Benbow, un tipo como Chumpéter, que me esperaba con los sesos salpicados a sus pies cual agujas de pino esparcidas. «Tiene que haber más gente como él ahí afuera», pensé cuando acabé con la última bolita y lo perdí entre las pavesas y la volatilidad de los heterónimos. Vana ilusión, inútil esperanza la de querer compartir un trecho entre los no-existentes; nuestras mentes -si pudieran llamarse así- continúan pasando indolentes por lados diferentes del cristal. Si acaso, cruzamos unas miradas fugazmente y seguimos cada uno por su cuenta.
.
Confieso que ya no me gusta deshacer bolitas; me canso de ver como somos todos, como es imposible sustraernos al cómo fuimos. Con las mismas pisadas fruncimos un hilván de palabras parecido a las huellas: puntos suspensivos en la arena insinuando apariencias, interpretando signos aquí y allá, dando palos de ciego sin saber absolutamente nada de la vacuidad que todo lo nutre. 

Por eso tardo tanto en volver a abrir más servilletas. ¿Para qué? Como Octavio Paz, yo tampoco hallo nada al otro lado cuando el abanico cierra sus imágenes. Como mucho, junto fuerzas con las tablas de algún nuevo naufragio y aguardo la desilusión anunciada. Sé que cada año me espera un septiembre en la playa, que me deja bracear exhausto desde el altamar del curso escolar, y luego vuelca el reloj de arena nada más rozar mis dedos las piedras y las conchas de la orilla. 

Cumplí todos los papeles que me adjudicó el guionista: papeles grises, de reencarnado corrientito, de humano desnortado, todos...  Y aunque protesté (que alguna vez lo hice), no dejé nunca de subir la bola. Allí -donde tocase el disfraz- estaba yo, como Sísifo, andando por el arcén de la cuesta que hay dentro de esta apariencia, sin pedestales que añadiesen un par de palmos al maniquí desnudo que oculta otra muñeca rusa más. En su interior, una colección de presentes imperfectos, de labios temblorosos similares a bocas de mina abandonadas y óleos reblandecidos hasta lo abstracto, bajan brincando con las pupilas nubladas por blancas cataratas incurables.

Un día se lo leí a Lacan: «Lo externo son meras proyecciones». Me da cuerda evocarlo. Me da para seguir unos días. Es algo más que una hipótesis: me ayuda a relativizar sobre esto que parece tan real, tan objetivo. En mi mente salto la mampara de cristal hacia la espumosa vereda donde hace cuarenta años había una barca lejana. Una vez más estoy viendo de nuevo el mar azul contra la arena blanca. 


Agosto se resiste a morir -¿Cuándo no es agosto?-, despierto destemplado en la playa... el sol ya no calienta. Saleta, detallista y pendiente, me sugiere al oído la siesta entre las dunas. Ahora, que siento algo de frío y cuento por noches el tiempo, me frota los hombros con sus manos calientes. No sabe cuánto lo agradezco. No sabe.

Me vuelvo agradecido. Esbozo una sonrisa... Nadie: el mar queda a mi espalda tan lejos... 

(Pienso: A veces, se oye fuera y es dentro)

Siempre es dentro -corrijo- Se lo leí a Lacan.

PD) También leí en una de esas servilletas que si el final no es feliz es que no ha terminado aún del todo.

Codorníu.


8 de julio de 2013

Una tarde más, como Sísifo, el que más y el que menos debe volver a empezar desde la salida con movimientos sencillos, mecánicos; precisos por memorizados... repetidos. No se necesita una especial atención en dar sorbos de una pequeña taza de ribeiro; hacer como que se está ensimismado (o estarlo), mirar a través de los cristales que dan a la calle, ver pasar a la gente, ver pasar a la gente, ver pasar a la gente... 

Chumpéter pasa muchas horas del atardecer en la pulpería, hasta que cierro. Le da tiempo a pensar, a soñar que viaja al contrario de toda esta locura, a retener escenas para cuando llegue a casa, por la noche... y pueda crear, sobre la almohada, otros mundos auténticamente libres: no tanto porque lo sean, sino precisamente porque los personajes dudan (y mucho) de serlo. 

A unos metros, de espaldas a las mesas, un puñado de funambulistas anónimos -inalcanzables si no caen-, desfilan ante él y ante mí por el alambre de la barra. No se ve por aquí la típica clientela estable que viene a jugar la partida; por tanto no hay pesados ni otros depredadores, que peguen voces. Es tarde, tan solo una mujer permanece en el local, ocupando una mesa situada en la pared opuesta frente por frente a Chumpéter. A su espalda, colgado, un salvavidas náutico da costa da morte mira por encima del hombro femenino. Es un Polifemo que conoce de memoria cada veta de las maderas, que observa su avance, que valora cuánto le queda a cada una para rajarse... 

Unos palmos por debajo, la mujer remueve los hielos del cubata con un dedo, única parte de su cuerpo que parece dispuesta a seguir adelante. Recala allí, cada tarde, fatigada tanto por lo que deja atrás como por todo aquello que puede que la esté aguardando. La imaginación es libre, no en vano es un delirio. Chumpéter también especula acerca de si ella tendrá luz en su casa, porque a él le cortaron la corriente hace unos meses. Tras el primer cruce de miradas, aparentemente se olvidan uno del otro y ambos regresan a lo suyo y yo a lo mío. Por la acera, al otro lado del cristal, pasa cada vez menos gente. 

Poco antes de irse, la mujer echa una ojeada al reloj de pulsera y, como si fuese tarde, alza la mano pidiéndome la cuenta un par de veces muy seguidas. Entremedias da un trago largo, muy largo; y apenas un instante después, remata de golpe lo que queda en el fondo del vaso: es entonces, esa vez, con el vaso aún bajando de sus labios, cuando se produce la segunda ocasión en que se cruzan sus miradas. Mientras espera la vuelta (tardo a propósito), saca del bolso un bolígrafo y garabatea algo en una celulosa que coge del servilletero de plástico. Al levantarse, amasa con las yemas de los dedos la típica forma redonda. Leo la mirada de Chumpéter, ya próxima la hora de cierre: teme que la barra al suelo con mi pulso de pértiga y talco. Por eso, disimulando ir al servicio, cruza entre las mesas y se abalanza sobre la bolita en cuanto la mujer sale por la puerta.

Nadie ha subido nunca a su casa salvo yo, que no sé por qué me siento culpable de sus borracheras; por tanto, es imposible que alguien sepa de la existencia de su panel de “escamas”, como gusta llamarlas. Chumpéter colecciona rayajos que otros hacen en servilletas para matar el tiempo; luego las pincha en la pared del salón donde tiene ya más de ciento cincuenta. Así, encadenando una ocasión con otra, va solapando aquellas piezas de colección sobre un enorme panel casero, hecho a base de semipodridos corchos escolares que recogió -antes de jubilarse- por los cubos de basura de los colegios.

Esta vez, se tropieza con unos números formando un serial aleatorio de telefóno y un nombre de mujer escrito con una letra picuda y rápida. Un pálpito le dice que no son unos trazos abandonados sin propósito. Su lectura ha sido tan inevitable como la duda que tiene ahora sobre si ha leído lo que ha leído; sin pensarlo más, hace de nuevo un ovillo con la celulosa y la echa a rodar hacia donde estaba antes, junto al vaso del cubata vacío. Ni se para a mirar hasta dónde la lleva la inercia, su mente se ha quedado bastante más arriba, en el techo, colgada de un sí pero no inaccesible. 

De regreso a la mesa, intenta que se le olvide; pero según van pasando los minutos, descubre que sucede lo contrario; su maldita cabeza de jubilado siempre recuerda lo que no quiere. La imagen del olmo seco de Machado le tienta con fuerza a levantarse. Chumpéter me mira antes de reojo. Más de una vez, he mostrado extrañeza por su conducta ¿Para qué quieres esas bolitas arrugadas?, le dije un día. A un rey del alambre como yo no hay nada que se me escape, pero soy cauto y si no me contestan una vez ya no pregunto... es la última. Me dejo llevar por el cansancio, y confío en el buen hacer de mi codo que sabe deslizarse hasta el sitio de la barra donde se ancla con el punto de encaje.

Intentando hacer el menor ruido posible, casi de puntillas, Chumpéter cruza el local de nuevo y, con disimulo, busca la servilleta que lanzó hecha una bola hace escasos minutos. La mirada repta por el suelo con avidez en todas direcciones. Cuando al fin se agacha, su mente ya ha señalado al gurruño que le parece más probable. Tiene que ser esta, repite, repite, repite... Olvida -con la prisa- decirme adiós. Al salir, se da cuenta; dice un Adiós desde la puerta, justo cuando termina de sonar un fado de Teresa Salgueiro.

Por el camino, Chumpéter mantiene el puño cerrado en torno a la bolita; ni siquiera es consciente que está nervioso, que va apretando el paso. Al entrar en su casa, cuando va a estirar la servilleta, se detiene. Siente que aquello merece un ceremonial: la colocaría en el mejor sitio del corcho. Entonces cambia dos o tres “trofeos”, desplaza los más antiguos, y crea un espacio amplio, en el centro del panel. Después, enciende un cigarro, aspira, exhala… aspira, exhala… Se dispone a desplegarla, a pincharla con chinchetas de colores. Su mente vuela traqueteando traviesas que repiten: Esta vez sí, Esta vez sí, Esta vez sí. 

Arrastra el viejo sofá desvencijado y se sienta. La ausencia es lo primero que salta a la vista siempre, como un escándalo silencioso, vacío y cruel. No hay allí ningún número de teléfono -lo primero que buscan sus ojos-. Tampoco ningún nombre. Con la prisa, he cogido una que no era… tuvo que ser eso. En su mano, tiembla un papel translúcido, arrugado, con manchas de otra bebida y marcas de otros labios.

Desde el más absoluto de los abatimientos se deja ir escurriendo contra el respaldo para que vayan destilando por los raíles y las huellas de otras decepciones pasadas, la amarga sorpresa y el impacto. Cuando el cigarro le quema los dedos, se espabila, siente el dolor, el cuerpo que regresa al presente... Trata de hacer memoria inútilmente: odia los números de teléfono -él no tiene ni fijo: lo arrancó ella cuando se fue en un golpe de rabia-. Tras las cinco primeras cifras, el resto es un danzón que balbucea su boca insegura Era algo así… ¿Cómo era? ¿Cómo era? ¿Cómo era? A fuerza de repetir esta frase mil veces, poco a poco sube a la superficie un conjunto (nombre y número) con ciertos visos de sonarle de otras quimeras. Es una posibilidad remota que calla de labios para fuera hasta que llega la noche.

Luego, temiendo que el sueño borre lo poco que retiene, aprovecha la luz que entra de una farola de la calle, y él mismo transcribe ese algo de su puño y letra sobre aquella extensión minúscula, vacía… tan vulgarmente cuadrada y grasienta, que no tiene otra historia que la ya manifiesta en sus otras compañeras de corcho: dibujos sin significado, junto a las huellas de unos labios enjugados por personas desconocidas, acompañados una vez más de esa anotación común, un añadido que siempre (perdida la cuenta) aparece en ellas como una marca de agua.  

Codorníu.

12 de junio de 2013


Alrededor de 500.000 jóvenes de alta titulación han abandonado el país desde 2008 hasta el momento actual, desalentados por la falta de empleo.  Por eso, y por la falta de fe en poder cambiar este sistema social injusto a todas luces.

Hijo, vete lejos, todo lo lejos que puedas; hasta donde el cielo y la tierra se dividen. Cual si se tratase de un viaje iniciático, has de conocer por experiencia propia que tus ojos te han estado engañando.

Luego, vuelve, vuelve libre de divisiones... y míranos a todos como en realidad somos: de la misma naturaleza que el reflejo de la luna en la fuente.

Codorníu.

21 de abril de 2013


                    
 "Se incendió mi casa;
  ahora nada me obstruye
  la visión de la luna”
             (Masahide, l657-l723)



El hayku lo dice todo. Sin embargo, aún no conozco ningún ser humano que vaya voluntariamente hacia los reveses con que te obsequia la vida. Uno va buscando la cara de la moneda, no lo contrario, desde que se levanta -y pone un pie en el suelo- hasta que se acuesta. Lo "otro" suele llegar por sorpresa; raro es que se cuente con ello ni siguiendo la teoría del Caos, que diría Mauldin.

Hoy me pasé por la compañía de seguros para recoger el cheque con la indemnización -ridícula, por cierto- que nos dieron por el robo del coche. Todavía no han pasado dos meses de aquel día; pero ya puedo decir que estoy contento: he recibido más (y no hablo de dinero) de lo que he perdido...  

Sería un error explayarme. Hace falta un solo grano de arena adicional para que se derrumbe la montaña que hicimos en la playa de pequeños. 

En palabras de Paul Valery: La mer, la mer, toujours recommencée! 

Codorníu.

7 de abril de 2013

Son ellos, no nosotros...



Esta foto me atrae, la subí hace tiempo. Algunos seres corrientes nos preguntamos en nombre de qué ha sido destruido nuestro sentido común. Repito: el nuestro. Con la vista clavada en el absurdo, como en un laberinto cretense (ya veis que todo está escrito e inventado), intentamos descifrar la razón o razones de este infierno que va en contra de la evolución...

En el charco de tinta que deja el llanto de esta noche mediterránea, griega y minoica, ellos (los mercados) mojan la pluma para escribir la historia; y sobre ella destilan las últimas gotas del origen de la tragedia.

La literatura de este periodo debería descomponer la realidad en elementos, construir a partir de ellos (como ladrillos), nuevos mundos esperanzados donde nos aguarde la luz que nos ha de introducir en un enfoque más libre heredado de los setenta.

Sí, la literatura de los blogs debería ser lumínica… y tarde o temprano lo será -contra el oráculo de la Sibila-por más que se esfuerce tal predestinación en propiciar el sentido final según sus intereses. Aunque no nos quede tiempo para verlo, es imprescindible que propaguemos la claridad de los griegos. Esa que volverá a iluminar el mundo... Y si no, observad la más vulgar de sus obras y veréis la más inequívoca de las vitalidades. De ahí saldrá la luz.

Codorníu.

9 de marzo de 2013


El áspid que anda sorteando los nombres de los personajes deja esta piel arada de recuerdos. Releo mucho estos días las entradas del blog para licuar el pasado que me bloquea con sus nudos prohibidos. El segundo crucial de lo aleatorio, cual horizonte, succiona las velas de mi cuerpo, impasible ante la mirada de los náufragos elegidos. Los cansancios que llevan tu nombre flotan como fardos sobre la superficie azul oscuro del espejo…  Su temblor en el agua la noche plateada es la huella que dejan los que no saben lo que hacen o sea, todos nosotros. Ni el oxígeno que me dan los besos deseados ya es suficiente para evitar la asfixia. Brindemos, pues, y bailemos la puerta que se abre, esta vez da a la calle.

Codorníu.

4 de febrero de 2013


Hoy es lunes. Para mí comienza una semana muy especial: este domingo que viene, 10 de febrero, mi padre cumplirá la friolera de 102 años. Podéis imaginar cómo me siento.

Los que me conocéis ya estáis al tanto del inmenso cariño y admiración que siento por él. Por la fuerza de voluntad que tiene. Por el tesón. Por la lucha por ser autosuficiente y dar la mínima guerra posible.

Ya publiqué tiempo atrás la mitad de las memorias que escribió a mano, con su letra de autodidacta y sus faltas de ortografía, mientras se recuperaba de aquella fractura de cadera hace ahora tres años. No voy a contar nada del pasado, todo lo más importante está reflejado en entradas más antiguas.

Pero del presente si me gustaría actualizar unas cuantas cosas de su vida cotidiana. Por ejemplo, que se sigue haciendo la cama porque no quiere que se la haga nadie. O que, por sus santas narices, continúa saliendo a pasear cerca de una hora todos los días (y los ha habido muy fríos), marchando a un paso difícil de creer. Tan sólo hace un descanso cuando llegamos a su “rodal” de amigos (todos entre setenta y noventa y muchos) con los que se echa unos párrafos al sol o al abrigo de alguna pared -si hace aire- antes de que volvamos de regreso a casa.

Y la bomba: su cabeza funciona perfectamente; como su ánimo, sus ganas de vivir y sus expectativas de futuro. La gente del entorno se asombra del vocabulario fluido que maneja, no saben que sigue leyendo un libro por semana. Ahora está con Carmen Martín Gaite: Irse de casa, Anagrama. Vaya título a su edad, ¿verdad?

Lo único que ha perdido es algo de oído. Claro que...  para lo que hay que oír. En fin, que aunque no sé lo que me durará, estoy disfrutándolo.

Y no quiero pensar más allá.

Codorníu.