12 de junio de 2013


Alrededor de 500.000 jóvenes de alta titulación han abandonado el país desde 2008 hasta el momento actual, desalentados por la falta de empleo.  Por eso, y por la falta de fe en poder cambiar este sistema social injusto a todas luces.

Hijo, vete lejos, todo lo lejos que puedas; hasta donde el cielo y la tierra se dividen. Cual si se tratase de un viaje iniciático, has de conocer por experiencia propia que tus ojos te han estado engañando.

Luego, vuelve, vuelve libre de divisiones... y míranos a todos como en realidad somos: de la misma naturaleza que el reflejo de la luna en la fuente.

Codorníu.

21 de abril de 2013


                    
 "Se incendió mi casa;
  ahora nada me obstruye
  la visión de la luna”
             (Masahide, l657-l723)



El hayku lo dice todo. Sin embargo, aún no conozco ningún ser humano que vaya voluntariamente hacia los reveses con que te obsequia la vida. Uno va buscando la cara de la moneda, no lo contrario, desde que se levanta -y pone un pie en el suelo- hasta que se acuesta. Lo "otro" suele llegar por sorpresa; raro es que se cuente con ello ni siguiendo la teoría del Caos, que diría Mauldin.

Hoy me pasé por la compañía de seguros para recoger el cheque con la indemnización -ridícula, por cierto- que nos dieron por el robo del coche. Todavía no han pasado dos meses de aquel día; pero ya puedo decir que estoy contento: he recibido más (y no hablo de dinero) de lo que he perdido...  

Sería un error explayarme. Hace falta un solo grano de arena adicional para que se derrumbe la montaña que hicimos en la playa de pequeños. 

En palabras de Paul Valery: La mer, la mer, toujours recommencée! 

Codorníu.

7 de abril de 2013

Son ellos, no nosotros...



Esta foto me atrae, la subí hace tiempo. Algunos seres corrientes nos preguntamos en nombre de qué ha sido destruido nuestro sentido común. Repito: el nuestro. Con la vista clavada en el absurdo, como en un laberinto cretense (ya veis que todo está escrito e inventado), intentamos descifrar la razón o razones de este infierno que va en contra de la evolución...

En el charco de tinta que deja el llanto de esta noche mediterránea, griega y minoica, ellos (los mercados) mojan la pluma para escribir la historia; y sobre ella destilan las últimas gotas del origen de la tragedia.

La literatura de este periodo debería descomponer la realidad en elementos, construir a partir de ellos (como ladrillos), nuevos mundos esperanzados donde nos aguarde la luz que nos ha de introducir en un enfoque más libre heredado de los setenta.

Sí, la literatura de los blogs debería ser lumínica… y tarde o temprano lo será -contra el oráculo de la Sibila-por más que se esfuerce tal predestinación en propiciar el sentido final según sus intereses. Aunque no nos quede tiempo para verlo, es imprescindible que propaguemos la claridad de los griegos. Esa que volverá a iluminar el mundo... Y si no, observad la más vulgar de sus obras y veréis la más inequívoca de las vitalidades. De ahí saldrá la luz.

Codorníu.

9 de marzo de 2013


El áspid que anda sorteando los nombres de los personajes deja esta piel arada de recuerdos. Releo mucho estos días las entradas del blog para licuar el pasado que me bloquea con sus nudos prohibidos. El segundo crucial de lo aleatorio, cual horizonte, succiona las velas de mi cuerpo, impasible ante la mirada de los náufragos elegidos. Los cansancios que llevan tu nombre flotan como fardos sobre la superficie azul oscuro del espejo…  Su temblor en el agua la noche plateada es la huella que dejan los que no saben lo que hacen o sea, todos nosotros. Ni el oxígeno que me dan los besos deseados ya es suficiente para evitar la asfixia. Brindemos, pues, y bailemos la puerta que se abre, esta vez da a la calle.

Codorníu.

4 de febrero de 2013


Hoy es lunes. Para mí comienza una semana muy especial: este domingo que viene, 10 de febrero, mi padre cumplirá la friolera de 102 años. Podéis imaginar cómo me siento.

Los que me conocéis ya estáis al tanto del inmenso cariño y admiración que siento por él. Por la fuerza de voluntad que tiene. Por el tesón. Por la lucha por ser autosuficiente y dar la mínima guerra posible.

Ya publiqué tiempo atrás la mitad de las memorias que escribió a mano, con su letra de autodidacta y sus faltas de ortografía, mientras se recuperaba de aquella fractura de cadera hace ahora tres años. No voy a contar nada del pasado, todo lo más importante está reflejado en entradas más antiguas.

Pero del presente si me gustaría actualizar unas cuantas cosas de su vida cotidiana. Por ejemplo, que se sigue haciendo la cama porque no quiere que se la haga nadie. O que, por sus santas narices, continúa saliendo a pasear cerca de una hora todos los días (y los ha habido muy fríos), marchando a un paso difícil de creer. Tan sólo hace un descanso cuando llegamos a su “rodal” de amigos (todos entre setenta y noventa y muchos) con los que se echa unos párrafos al sol o al abrigo de alguna pared -si hace aire- antes de que volvamos de regreso a casa.

Y la bomba: su cabeza funciona perfectamente; como su ánimo, sus ganas de vivir y sus expectativas de futuro. La gente del entorno se asombra del vocabulario fluido que maneja, no saben que sigue leyendo un libro por semana. Ahora está con Carmen Martín Gaite: Irse de casa, Anagrama. Vaya título a su edad, ¿verdad?

Lo único que ha perdido es algo de oído. Claro que...  para lo que hay que oír. En fin, que aunque no sé lo que me durará, estoy disfrutándolo.

Y no quiero pensar más allá.

Codorníu.
  

18 de enero de 2013


Saigón, mierda, aún sigo solo en Saigón. A todas horas creo que me voy a despertar de nuevo en la jungla.

Cuando estuve en casa durante mi primer permiso, era peor, me despertaba y no había nada; apenas hablé con mi mujer, salvo para decirle «sí» a su petición de divorcio.
.
Cuando estaba aquí quería estar allí, cuando estaba allí no pensaba más que en volver a la jungla.

                      (Apocalypse Now, Francis Ford Coppola)

A una determinada edad  nos sentimos expertos en sortear charcos de todos los colores del verde. Sin embargo, es de ilusos pensar que esto ya es todo liso; que se limpió de trampas el sendero.

Nada más lejos. La vida funciona a golpe de imprevistos como los niveles de dificultad de los juegos de la Play. Los actuales no son tan burdos como en el primer nivel de principiante: estamos en el último. A estas alturas, el karma acumulado surge de la nada como zombis descontrolados, y la mayoría de las veces no se los ve venir para evitar el revolcón.

Prácticamente, no hay escapatoria ni más remedio que tragar y tragar. Queda sólo buscar sobrevivir desde lo primitivo, desde el vientre... donde la tabla rasa nos devuelve a lo básico: a limpiar los establos de Augías, ya que nadie vino de serie con los genes de Aquiles para mirar cara a cara al sufrimiento.

Y mientras atravesamos ese ruido, esa "niebla" -que decía Unamuno-, un fiel escudero nos acompaña siempre: el tic tac de fondo, inexorable.



Codorníu.

1 de enero de 2013

20 de diciembre de 2012


codorniu
brinda

por

sus

amigos
Y les desea de corazón que el año 2013 no les traiga aquello que tanto les estuvo tentando desde los escaparates de este febril y enloquecido mercado, sino todo -absolutamente todo- lo que realmente necesitan y en justicia les corresponde.
__________________________________

Hay dilemas que no se desvanecen. Yo los arrastro en toda clase de temporalizaciones: mensuales, anuales, diarias... Pero ahora que vienen estas fechas, mi memoria desempolva sin compasión todas las preguntas, que ya me hacía cuando niño sobre las mágicas monarquías. Preguntas que no fueron respondidas, que están ahí, que perseveran... La mayoría las he dejado ya por inexpugnables. Porque cada vez que las rastreo por el retrovisor siempre regreso hasta ellas de manera distinta. 

(Como en el verdadero cuento de Pulgarcito, algún canalla -tal vez los mercados de marras- se llevaron las miguitas para revenderlas más adelante a los que pasan hambre) 

Estas navidades he tenido la tentación de meter todos estos "ruidos" y otros (que son bastantes y diversos) en una caja de cartón de embalar y bajarlos a los contenedores en un descuido de Saleta; pero me salen tantas... Y es que cada vez, entre unas cosas y otras, se me acumulan más encrucijadas sin resolver, más ruinas, más nostalgias y más recuerdos irreparables. Y me temo que cuando desande de nuevo el pasado desde el 2013, igual tengo que ir tropezando y saltando demasiadas cajas de preguntas ralladas que, a su vez, rallan las respuestas posibles, volviéndolas irreconocibles al alma humana.

Así que me he propuesto no seguir acumulando nada del 2012... Que lo mejor es creer que todo pasó como debía, y que en el fondo existe una sola certeza: 

¡Un año más de vida es un año más p'al bote!

Que os traigan mucho cariño, de la forma que sea.

Codorníu.


16 de diciembre de 2012


Fernando Savater, a la muerte de Emil Cioran:


“Porque los que aún estamos


 ya no estamos del todo,

 y aún siguen estando vivos

 los que ya no están”

A mis amigos  Paco y Baltasar,  maestros y compañeros de nivel durante muchos años;
fallecidos ambos en el otoño del  2006  por 
causas totalmente distintas (?).

15 de noviembre de 2012


"Los viejos sueños,
eran buenos sueños.
No se realizaron;
pero me alegro
de haberlos tenido"

Clint Eastwood,  Los puentes de Madison.

Aunque el otoño se adentre en los cristales, yo sigo vendimiando. Para algunos, quizá sólo sea un verbo, un sustantivo o la sempiterna partida de ajedrez con la innombrable. Prefiero que para mí, por ahora, sea un andar cortando racimos en Francia en los años setenta. Tal vez, como buscar el fuego, la caza, o una cueva al abrigo. Pisotear es un símbolo que no me gusta ni siquiera de lejos. 

A lo tonto, regresan los recuerdos junto a las uvas donde salían todo tipo de cantes camino del más allá de los Pirineos, que seguía siendo la libertad; quedan hoy reflejos en la loza manchada por el vino, pero ni rastro de las rosas. Los dedos -que ya han dejado de vendimiar hace décadas- marcan un número donde no hay nadie nunca, mientras mi cometa eleva la mirada buscando un ave perdida entre las nubes: alas abanicando el pasado (algo que no es nuestro, sino suyo), ojos que pasan y repasan, labios húmedos, sueños... oídos que llevan y traen risas, carreras, música del vecino... o simplemente ruidos (la dichosa niebla de Unamuno), que cambian de sitio en la inútil persecución de algún recuerdo abuhardillado... 

Resumiendo: renglones cansados.

Cuando deja de soplar el viento (perdón: Cuando me entero que ha dejado de soplar), el pasado no tarda en tragarse todo; maldita calma chicha... Hasta ese instante, hincho los “siempres” de mi vida surcando mares sobre un charco, un pilón o un estanque. Mi ombligo da refugio a las pocas tablas de aquella escuadra invencible, que un día mandé para luchar contra las circunstancias naturales. 

En una de esas playas (qué más da) arribé a un mundo de vaivenes. Milagrosamente, hallé uno que abría para afuera. Lo demás, sólo marcas de labios sin fregar en un vaso abandonado en la arena (una y otra vez, la misma ola), a pocos metros de la orilla. Marcas, al mismo tiempo, borradas e imborrables.

Ahora, como Pessoa, finjo que escribo, finjo fechas, finjo. Todos los otoños emulsiono verbos en una piel a la que siempre llego tarde; pongamos que después del sol he aprendido a saltarme los renglones peores.

Codorníu.


14 de noviembre de 2012

17 de octubre de 2012

Cuando uno está jubilado se fija en muchas más cosas porque va más despacio; se para en los semáforos, se le pone cara de tonto con los recuerdos, no corre... 

«Salgo por necesidad, pero vuelvo por amor», he leído en el parabrisas de un camión que conducía un emigrante de rostro achinado. 

La lectura la hicieron, en un semáforo, las dos aves fatigadas con las que miro el mundo. Fue un momento en que buscaban algo -lo que fuera- donde posarse para volver a escribir. Pero nada más comenzar me di cuenta que el camión era de otro. Y que no hay nada que signifique lo mismo para nadie. 

Aunque sea muy bonito. 

Codorníu.

12 de octubre de 2012



Yo he nacido aquí como podía haberlo hecho en cualquier otro punto del globo, decía SaletaPara algo soy un ser racional: para saber distinguir un accidente de aquello que no lo es. Eso decía. 

Por mi parte, acepto esta convención de pertenecer a un Estado desde un punto de vista meramente funcional -llevaría el volante a la derecha si hubiera nacido en Inglaterra- y punto. Por otra parte, no voy a negar ahora que el roce hace el cariño. Admito,  por obvia, la preeminencia de los sabores familiares, los cromos de la infancia, los rincones queridos de mi pasado, los amigos...  

Pero hasta ahí. Jamás lucharé por una patria de más o de menos; porque sé que detrás de todas ellas sin excepción hay un puñado de avaros con los ojos vidriosos, que nos ocultan sus verdaderos intereses y visten con traje de domingo, por si cuela. Y aunque hay que reconocer que cada vez se les ve más el plumero, ellos son hoy los que deben ser felicitados: ciertamente son hábiles en despistarnos con chorradas, mientras sus andanzas se pierden en la oscuridad del pasado infinito.   

Felicidades, pues, a los que evaden impuestos, a los de las SICAVS y otros paraísos, a los que fijan la residencia fuera de España a efectos fiscales, a los especuladores (ladrilleros y bursátiles) que se han hecho de oro, a las financieras que se resisten ferozmente a aplicar la tasa Tobin, a estas mismas entidades que reciben del BCE el dinero al 1% y se lo benefician en cuestión de minutos comprando deuda al 6% sin que llegue un euro a la economía real; a los que timaron a muchos inocentes con ingeniería financiera de diseño; a todos los testaferros, lacayos, camellos comisionistas y otros menudeos que les dejan los anteriores; en fin, a todos estos que vuelven los ojos en blanco a España sólo cuando exigen ser rescatados sin pararse a saber cuánto supone ese rescate de sufrimiento puro y duro para la gente corriente. 

Digo la corriente. Ya no hablemos de la cadena humana que sale llena de hollín del negro túnel de los comedores sociales.

Codorníu. 

9 de octubre de 2012


Pasado algún tiempo, cuando ya había terminado de ordenar y publicar estos folios, osé abrir la mochila que se hallaba en la taquilla de la estación de Atocha. Allí estaba, perfectamente guardada y conservada, toda la ropa que Saleta utilizó en sus fantasías: el uniforme de cartera de Correos, la minifalda de cuero, el smokin de caballero, la casaca de yóquey, las medias negras, la pajarita...

Contarlo no se ajusta ni de lejos a lo vivido. El tiempo, según iba sacándolo todo, trepaba las paredes de la habitación en la que escribo, al ritmo de aquel sigilo familiar de sus pasos de cisne.

[Intento beber sin mancharme, pero los cubitos se descolocan solos. Se estorban entre el cristal del vaso y mis labios, poniéndome perdidos los Martinelli que llevé durante tantos lunes en el andén del metro de Sevilla. En mi nostalgia sigo limpiando a diario estos zapatos, en una versión personal del mito de Sísifo. Cuando contemplo las manchas, etiqueto "mancha" y las gotas secas surgen desde fuera, como con vida propia, aunque carecen de verdadera existencia. Ni un ápice de sustancia real hay en ellas. Un auténtico disparate convencional que todo el mundo considera creíble.]

Codorníu.

21 de septiembre de 2012




Debo confesar que la capacidad predictiva de Chumpéter me asusta. El 5 de agosto del 2009, me decía: En qué fase de la crisis nos encontramos, es algo a lo que se apuntará más de un listo a posteriori. Me temo que con el siglo comenzó una onda larga, terrible. Dentro de unos años, te lo confirmo. 

Recientemente, salió de su mutismo cuando le escribí –cómo me arrepiento, ya que teníamos que ir a Corrubedo dentro de poco. Se acercaba otro aniversario, y cometí el error de contactar con él antes de tiempo, pidiéndole consejo para ver qué hacíamos con el dinero que le dieron a Saleta por la venta del faro.

«Ahora ya está claro que nos encontramos en un ciclo largo. A los más cortos (de Juglar o de Kitchin) se les ha pasado el arroz. Esos no pueden ser, sólo nos queda aceptarlo. En el verano del 98 intuí que el subidón había terminado: el temible invierno de Kondratieff se confirmó en Econometría diez años después. Ya nadie se enfrenta conmigo o lo pone en cuestión... tengo el culo pelado de interpretar gráficos»
Sabéis que no hago literatura con esto, que no miento. Una y mil veces me pregunto qué veía Saleta en Chumpéter. El error es preguntarme eso mismo cada vez que cierro los ojos después de estar con él. Lo sé, porque nunca encuentro respuesta. O mejor dicho, como somos gallegos encuentro una en forma de pregunta: Entonces, ¿qué veía en mí Saleta?
Porque las dos maneras de ver la vida no se llevan bien

(Por cierto: hace mucho que no hablo contigo. Me pregunto por dónde andarán tus cenizas. Tal vez por Malpica de Bargantiños se habrán dado la vuelta y chapoteen  corrientes abajo ante las miradas cónicas del castro del monte Tecla. Quién sabe. ¿Acaso los mortales tenemos algo de naturaleza divina como Chumpéter? Porque no sé si te dije que yo, por más que miro al mar, tan sólo veo a lo lejos una mancha gris que viaja toda junta; algo que da que pensar cuando la noche acecha y el islote es sólo un peñón negro y lejano. Claro, que la primera vez que fui contigo allí, no estaba todo tan atado por la ecología (ni tampoco por la vida y la muerte, hay que decirlo), y pudimos acampar frente a él, al pie de las dunas. 

Por aquel entonces la vida nos mimaba, ¿te acuerdas?... La primera mañana, descorrimos la cremallera, salimos de la tienda y, sin desayunar, subimos como locos sin notar como se dislocaban los tobillos sobre la arena fina. Luego, bajamos rodando hasta la orilla; por aquellos años, no veías a nadie por allí en todo el día. Recuerdo que nos bañamos desnudos,  que leímos juntos el Principito, que recogimos conchas hasta el atardecer (aún conservo varias -las mejores- de aquel día). Otro recuerdo: comimos una empanada de zamburiñas entre los hombros de las dunas. Allí sopla bastante el viento y la garganta se pone rasposa, con arena...  Mira de qué me acuerdo -qué tonto-: me decías que mi voz te recordaba a la de Marlon Brando en "El último tango". ¡Cuánto sabemos tú y yo de mantequillas!

El puerto de Corrubedo, sigue; y el faro, anda como un chaval... de lúcido y vertical. En eso no se parece a mí, por desgracia. 

Quiero decirte otra cosa que me da mucha vergüenza: se me han quedado olvidados unos poemas que metí en aquellas peñas del islote de Ferreira, esas que tus cenizas  conocen mejor que tú misma, las que hay delante de la laguna de agua dulce. Te lo digo, por si en una de estas subidas de la mar impredecible, te pasas y te llevas lo que es tuyo.

Ah, y si me lees -que sé que sí-, escúchame bien: es cosa de que me vayas haciendo un guiño, como los faros, y pronto... Porque mi vida -que no yo- es una estrella que lleva mucho encendida y emite ya una luz anaranjada que indica transición, me temo hacia dónde) 
Codorníu.

16 de septiembre de 2012


Hace mucho que salgo a pasear por calles irreales evitando las otras, las que dicen que existen. Cada noche, la papelera de reciclaje del escritorio cuelga, cual peso muerto, buscando una mano que la baje a los cubos de basura de la esquina. Su corazón, no deja de producir conexiones tejiendo instantes que la memoria se encarga de rastrear por capricho. No paran de aflorar burbujas en la mente, balbuceos con Saleta, imágenes. Las estampas se pegan y despegan en espejos que tacho cada noche con el dedo, buscando una lacería que tenga algo de extraordinario, por diferente. 

¿Me engaño? Bastante sé que sólo repaso aquellos arabescos de antaño a la luz de una bombilla rubia, que peina su melena un metro por encima de míNi siquiera el batir de tortillas de entonces cruza ya por las cuerdas de ropa de ventana a ventana. Cierro los ojos; camino contando pisadas virtuales, eso es todo. 

Codorníu.

        

27 de julio de 2012


Llegan las vacaciones; otra rutina más junto al mar, sin caminos ni mapas, donde los días se irán sucediendo, sólo en la medida que uno se encuentre ahí para saberlo. De guardia queda un latido muy débil, no es necesario más; quizá estar alerta para evitar caer en la tentación de volver al pasado a buscar explicaciones arqueológicas. Mucho menos a esta absurda película chinesca de sombras proyectadas, en la que uno intenta cambiar la misteriosa telaraña del destino. 


Es una oportunidad de oro. Los espejos –que fueron colocados al azar, uno frente a otro, para que reflejasen su propio vacío–  se encuentran deshabilitados, disuelta la angustia en la bruma de los atardeceres. 


Todo lo que sucede aquí, junto al mar, constituye una especie de niebla como decía Unamuno, que va vistiendo nuestras desnudas existencias. 

Codorníu.

30 de junio de 2012


A quien corresponda: 


Ha sido muy bonito. Me hubiera gustado poder decir esto -en presente- cada día de los treinta y cinco años que han pasado.

Si no lo hice, fue porque el guión retenía este momento hasta el final, en un intento loable de mantener enfocado mi corazón. De ahí que galopase las horas y los días, corriendo de clase a clase, y de clase al recreo, y vuelta a correr a clase, y reuniones, y correcciones exprés, y vacaciones, y mil rutinas y ritos más...  Ufff...

Comprenderéis mejor lo que he sentido, si os leo una cita breve del capítulo XXI de “El Principito”, que dice así:

«Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; así descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Por eso es bueno que haya ritos».

Debido al enorme montón de vivencias acumuladas, no es posible -al menos a mí me  resulta complejo- detallar la gratitud que siento por este trabajo.  

Soy consciente que he sido un privilegiado; que he tenido la fortuna de disfrutar -en primera fila- de un periodo muy hermoso de la vida de nuestros chicos y chicas; y que lo he podido repetir y repetir una infinidad de ciclos, para así mejor  comprender de ellos lo obvio y lo menos obvio. Gracias, pues, a las diez mil causas por tantas y tantas señales vitales de las que he sido testigo cada día.

Han sido unos años magníficos donde ha funcionado todo esto de que os hablo, ya que la química ha sido muy generosa conmigo. Por eso, en esta tarea maravillosa el trabajo ha sido fácil; lo complicado, sencillo. Y el día a día: la realización de una película (o muchas) con todo su encanto. 

Haber disfrutado en el mundo laboral ha sido todo un lujo; un salario emocional impagable (no al alcance de la mayoría, por desgracia) que, allá donde vaya y siga por donde siga este río que me lleva, siempre permanecerá en mi memoria, con mi más sincero agradecimiento a quien corresponda.

Gracias de corazón…  por todo lo que he recibido.

Codorníu.

17 de junio de 2012


Dentro de quince días mi vida cambiará. Por fortuna, no será un giro brusco, las vacaciones de verano harán que los cambios cotidianos se aplacen. Tal vez, si me hago el tonto, hasta puede que me crea el engaño. ¿No es eso lo que nos interesa muchas veces? Tan sólo el mudo inquilino del inconsciente sabrá lo que sucede... Esperemos que deje sus rebotes en el cuerpo para más adelante. La otra parte, la que suele jugar a hacerse la sueca, no reconocerá nada nuevo hasta septiembre. Entonces, cuando llegue ese momento, os contaré cómo se vendimia de jubilado. Por ahora, acepto el autoengaño. Es lo mejor, y lo más práctico.


Ya ha llovido desde aquel día que empecé a trabajar en un banco a la edad de dieciséis años. No cuantificar con exactitud ese periodo es una forma de difuminar un trabajo que me asqueaba. Sólo la juventud dorada y la etapa histórica que me tocó vivir, hace que ahora recuerde esa década de mi vida con el cariño que no se merece la empresa que me explotó miserablemente. 

Mi pasión por las matemáticas me llevó a comenzar una ingeniería, cosa de la que no me arrepiento, aunque sólo pude llegar hasta segundo curso. Allí se cortó mi camino, ya que en adelante no había clase por la tarde, y era impensable que yo pudiera dejar de trabajar dadas las rentas familiares. Ese camino cerrado fue un revés que me impactó.

Con un verano por medio (el verano del 71) me recompuse y pasé a Económicas, donde me convalidaron varias asignaturas. Ahí hice hasta cuarto de Historia Económica. Aprendí mucho. Viví mucho. Tengo gran cantidad de recuerdos, porque era una facultad muy vital, política y socialmente hablando. Bastante distinta al mundo de las escuelas de ingenieros.


¿Por qué no terminé la carrera a falta de un curso? Eso se debe estar preguntando aún mi madre, que en paz descanse.

Mi vida era un tiovivo que seguía dando muchas vueltas a causa de una pulsión que me torturaba; que me exigía desde lo interno, en grandes titulares, salir del banco cuanto antes. Digamos que el terreno estaba abonado para que algo cruzase el cielo y sembrara un cambio de rumbo radical.

En medio de aquellos momentos desnortados, pero sumamente fértiles, aprendí por experiencia que ni mucho menos es imprescindible mirar hacia Perseo para ver las Perseidas. Las estrellas fugaces pueden aparecer, de forma inesperada, por cualquier rincón de la bóveda particular de cada uno. Únicamente hace falta que sea de noche por dentro. En mi caso, me dejaron un polvillo de plata en los labios; un nombre, una contraseña maestra con la que abrir todas las puertas: Saleta.

Codorníu.


3 de mayo de 2012


Me meto en la noche hasta la rodilla,  mientras las estrellas bucean bajo la espuma batida del ruido diario.  

Los recuerdos me asaltan como una zarza ardiente, donde aún se queman en el cielo, dolorosos, los peces plateados de antaño. 


Hablo de cuando en cuando con Saleta en mis sueñosMe basta ver como se tiñe el pelo de todos los colores con ese toque burgués que encanta mis serpientes y aquieta otras cosas absurdas que me habitan cuando cierro los ojos. 


- Bastante nos hemos estrellado ya para vendernos motos -me dice.

Pero nadie enciende ya fósforos ante las mesas de mármol en aquellas cafeterías antiguas. Entonces sí lo hacíamos: nos quemábamos las yemas, agotando nuestras miradas frente por frente. Y a la vez, sin saberlo, nos jugábamos cuál de los dos dominaría al otro al llegar a casa: así de sencillo era lo inmediato. 

En nuestra ingenuidad, pasábamos ampliamente de los mirones que ocupaban las mesas contiguas.  Íbamos hacia adelante, sin miedo. Ella, con su poderosa minifalda que precedía a los tiempos; yo, con mi estigma de inconformista en mitad de la frente para que no se me fuera a olvidar nunca de dónde venimos ni -sobre todo- a dónde vamos. 


Por supuesto, no sabíamos lo que era un móvil.

Codorníu.


26 de abril de 2012

Piénsatelo un instante...




Cuando leas o escuches algo despectivo acerca de los temas políticos y la Política recuerda esto:
La etimología de la palabra "Político" es de lo más curioso y, al tiempo, de lo más importante a reflexionar:
 "Polítikós", para los griegos, significaba todo aquello que concernía a la "polis", al estado, a los ciudadanos como colectivo. Un asunto "político" era todo aquello que tenía que ver con la ciudadanía, con el bien público.
Para diferenciar los asuntos de todos ("polítikós"), de los que no lo eran, utilizaban la palabra "idiotikós", que significó en un primer momento algo así como "personal o privado".
Con el tiempo, a todos aquellos ciudadanos que no querían saber nada del estado o del bien público y común (o sea, de la "polis"), se les acabó llamando "idiotes"; y esta palabra terminó por ser lo que nosotros entendemos por "idiota": tonto de baba, leño; persona “sin luces”; alguien que no ve más allá de sus narices...
En resumen, que para aquellos griegos de la Antigüedad -donde nació la Cultura con mayúsculas- todos aquellos ciudadanos que despreciaban o no se esforzaban por el bien público, eran unos i-dio-tas. Sí: no te asombres, has leído bien: ¡¡Unos auténticos idiotas!!
Y ahora, dime: Si Platón y Aristóteles –nuestros admirados padres de la Civilización Occidental- levantasen la cabeza y se empadronaran en Getafe o en Moratalaz... 


¿Qué dirían al ver esta sociedad idiotizada?


Codorníu.