7 de febrero de 2016

En el centésimo quinto aniversario de Pepe citemos a Shakespeare, trayendo quizás la línea más famosa de Enrique V: “Una vez más en la brecha, queridos amigos”

Pues bien, una vez más en la brecha, queridos amigos, alrededor de Pepe Padre para los que nos movemos por esta turbamulta de Madrid, tan cambiante, tan imprecisa, tan estridente y tan oculta; una turbamulta de tabernas y plazas, de mercados y corros que se resisten a disolverse así lo aconseje la hora, así lo ordene la autoridad, francamente incompetente en la mayoría de las ocasiones. 

Como ya se hizo notar el año pasado por estas fechas, Pepe forma parte ya de este paisaje alegre y desquiciado; es uno más, desde mucho antes de que naciéramos casi todos los presentes, en la lucha por rescatar a Madrid de la barbarie, por reconquistarla para la libertad y la sensatez. No se ha dejado la vida en ello, sino que ha preferido enseñarnos a acaparar vida extrayéndola desde los escombros y la miseria moral que nada en billetes, chanchullos y solares para devolverla a su lugar, a la calle, al mediodía inacabable de vermú y conversación, a las palabras que dicen realmente y a la dignidad de quienes, como él, siempre han levantado la cabeza con firmeza ante tanto retoño de cortesana como pulula, maqueado fetén y apalancado en el asiento de atrás de un buga, de la hostia, eso sí. Lo que quiero decir, estimados allegados venidos de allende internet, es que nos  lo quedamos. Que Pepe es nuestro, vamos. Lo que no le impide ser muy suyo si la ocasión lo requiere. Supongo que todos los asiduos saben que me refiero a esa expresión risueña con la que nos recibe cada vez que rendimos visita; una expresión que denota cariño, ilusión por el encuentro, afabilidad, memoria dispuesta a recoger más sensaciones del momento que se abre… y algo más;  un rasgo intencionado, sutil y malévolo, bienhumorado y esquivo como la finta de un boxeador: Vamos, que una pizca de cachondeo se guarda el bueno de don José en la sonrisa. Que más de una vez me he dado la vuelta para ver si detrás de mí sucedía algo llamativo, o he bajado la mano con disimulo en busca de la bragueta presuntamente abierta. Y no; ni estaban las vergüenzas al aire ni se aparecía la virgen a mis espaldas. Lo único que he constatado de esa sonrisa polisémica es que ser un cachondo (siempre en su justa medida, nobles amigos) es condición indispensable del sabio. Demasiado ha visto y demasiado ha aprendido Pepe para no sonreír ante nuestra prisa, ante nuestras preocupaciones (que nunca desprecia por nimias: más bien las comprende y las hace un poco suyas), ante nuestro aprecio y ante nuestra insana costumbre de saltarnos el régimen y sentirnos culpables. Sé que se ríe de lo segundo, no de lo primero.

Suyo, nuestro, de la meseta, del prado, de la ciudad… ¿De dónde es Pepe, al fin y al cabo? Se atribuye a Richelieu la sentencia que asegura que basta con hacer cónsul a un gallego, pues él sabrá buscarse el consulado. No creo que una representación diplomática haya sido nunca el anhelo de Pepe, porque no creo que pueda ser el anhelo de nadie que se tenga por sensato. Al fin y al cabo, representar a una nación es reconocer que las naciones existen, cuestión sobre la que siempre he tenido dudas mucho más que serias. Nunca he sido capaz de sentirme parte de un lugar, ni he sido capaz de aceptar los honores y deberes que una patria exige. He leído con fruición las memorias de Pepe, que tan diligentemente ha editado su hijo, Codorníu para los de estos andurriales, y he encontrado un sentimiento parejo. Ni se defiende una tierra, ni un nombre, ni una bandera; se defiende la libertad, la dignidad, la honradez, el trabajo y el amor. No es verdadera pasión la que pueda despertar un himno, un idioma, o un escudo, sino la que se siente en una buhardilla, en un baile de domingo, en un bolsillo lleno de esperanzas, en el abrazo de un compañero muchos años después, en una mujer, en un hijo. Pepe, y respondo la pregunta que dejé en el aire, es de aquí (sea donde sea), y de ahora (sea cuando sea), porque es de todos nosotros, que es una forma realmente elegante de ser, como ya se ha dicho, muy suyo.

Por cierto, y para los amantes de las cifras: a los treinta y siete mil novecientos ochenta y seis movimientos de rotación que festejamos el año pasado hemos de sumar otros trescientos sesenta y cinco, por lo que el cómputo total de amaneceres y crepúsculos que ha completado don José asciende a treinta y ocho mil trescientos cincuenta y uno, lo que es muy fácil de decir, pero muy arduo de vivir.

Sólo me queda proponer el brindis de rigor, por Pepe, por supuesto, pero también por todos los que entráis aquí, pues quiero terminar con la misma cita de Shakespeare con que empecé para indicar que cuando este día sea nombrado, todos los que estuvimos aquí, a su alrededor, nos pondremos de puntillas, sabiéndonos honrados.

Álvaro M.R.

(Muchas gracias, cuñao)
Codorníu.

18 de enero de 2016

Somos símbolos, que habitamos símbolos.
            Ralph W. Emerson

La soledad levanta olas enormes, salta distancias infinitas, remueve los fondos limosos del pantano. Hay mucho tiempo para leer y releer esos renglones a mano del corazón, que testifican la insensatez repetida en mil ocasiones, hasta soliviantar emociones que parecían escondidas y olvidadas. A veces no me atrevo a seguir, me muevo por la linde, midiendo mucho; precavido, desconfiado... Consciente que, como decía Saleta en una de esas raras ocasiones en que salía de su mutismo, la verdadera presencia solo se valora a través de la ausencia. Como siempre, la puñetera, pegándose a la piel de mi memoria como el salitre.

Hoy se me empaña la vista ante el retrato sepia de nuestras vidas, cuando ya cada vez va siendo más evidente que no puedo hacer nada. Tampoco antes podía, sin apenas vida real a qué engancharme, como ahora sospecho. La posibilidad de que mi persona se fragua con la misma naturaleza que los sueños es un pensamiento reciente. 


¿Qué puedo hacer ahora salvo entregar mi yo a lo que surja de este lado del espejo donde la existencia es sin forma?                               

Codorníu.

2 de enero de 2016

Han pasado cerca de cincuenta años. Supe de Cortázar por un compañero del curre, el día en que ambos entramos juntos de botones en el sesenta y ocho. Eran otros tiempos, y la memoria no afina tanto como quisiera. Pero las emociones son otra cosa: lo retienen todo, las muy putas. 

Parece que estoy viendo la sonrisa de Charly, este compa del curre, en el momento en que me pasó Rayuela, un día que fuimos a ver “Sacco y Vanzetti” (Giuliano Montaldo, 1971) en una sesión histórica; al menos para mi generación, que se lo leía y se lo veía todo. 

¿Serían las Cuatro y diez de la tarde, aquellas de las que Aute daría fe en su canción? Cada uno tiene un recuerdo singular de aquellos momentos, vaya por delante nuestro respeto. 

Como la mente va sacando de la chistera su irracional secuencia de pañuelos anudados, el día de San Silvestre, viendo la maratón –qué difícil es retener la vida, como decía Heráclito, pero no las imágenes-, me ha venido de golpe este nombre a la cabeza. No, no me refiero al griego. Heráclito fue un cubano con el que conversé, tanto de la vida y la "muelte" como del presente “etelno”, en la barra del Floridita. Qué razón tenía, por cierto. ¡Y cuánto me gustaría que Saleta y él se conocieran! Sin dudar un segundo les estaría mirando (y escuchando) a perpetuidad, ensimismado por el estéreo.

En ninguna foto ha sobrevivido la emoción con que mis ojos acariciaron las fachadas despintadas, las estampas atemporales, la chapa de los coches de los años sesenta, la odisea vital de los transportes, la sangre policramada por la revolución en la mirada acuosa de los ancianos que dormitan nostálgicos en los bancos de los parques...

Ahora -que ya solo puedo contar con palabras los pálpitos vividos- mi piel naufraga en medio de este formidable recuerdo caribeño tan salino, pegajoso y encomiable. 

Espero que me perdonen los que vean que me pierdo. Con un daiquirí en una mano y El siglo de las luces, de Carpentier, en la otra, "todo es más amable, más humano, menos raro...", como dirían los de La Cabra Mecánica. 

Acabo brindando por mis distintos yoes; por los que me comprenden, por los que no y por aquellos que ya no necesitan atribuirse lo que hacen. Y sobre todo, por Saleta, la Maga, que nunca dejará de estar conmigo.

Codorníu.

25 de diciembre de 2015


"Se ha escondido
 en el bosque de bambú
 el viento de invierno".
                  (Basho)

Lleva un tiempo fundido el plafón de la entrada. Apenas se ve por la noche para echar los cerrojos y poner la cadena. Debería tener siempre repuestos de todo porque no sé cuándo podré bajar a la calle. De paso, también necesitaría yogures; el sábado no quedaban en el híper. La realidad se ofrece siempre con un lenguaje simbólico, no sería nada extraño que un día las imágenes de los espejos saltasen a la cadena humana. 

Cada año que pasa me cuesta más trabajo subirme a la escalera de mano. Además he notado cómo se me acorta la vista y veo peor; puede ser que no me guste lo que veo, tal es mi karma. Tendría que recoger las gafas en la óptica; hace poco encargué unos cristales nuevos, aprovechando aquellas monturas de Saleta que siempre aparecían por los cajones inesperadamente.

De esa forma me vendrán mejor a la mente reflexiones como estas: "La ilusión del yo separado está ahí, reclamándose autor de la experiencia. Es un pensamiento, tan solo un pensamiento...  pero firmemente asentado: imagina que la luz del conocimiento, la consciencia, está ubicada en (y limitada a) este pequeño cuerpo-mente". 

Afortunadamente, el ruido de la secadora ha parado. Ya no se oye el molesto "clinc" de las hebillas y las cremalleras contra el bombo de metal. Ahora solo queda el silencio de fondo, la oportunidad de observar al observador hasta que en un futuro pueda estar presente con los ruidos. 

Codorníu. 

21 de noviembre de 2015

El auténtico valor de un ser humano depende, en principio, de en qué medida y en qué sentido haya logrado liberarse del yo.
Albert Einstein, Mis ideas y opiniones.

Fui consciente de lo que llovía cuando estábamos refugiados ya bajo un alero próximo a la entrada del Botánico. Con cada racha de viento, las ramas de los arces más viejos asomaban sus quejidos por entre los barrotes de las verjas puntiagudas. Cuando escampó, caminamos hasta el metro tratando de no pisar los charcos, estorbándonos mutuamente al andar. Esta noche, se nos va a jorobar el paseo, dijo Saleta tras uno de esos "encuentros de cadera". Para reforzar sus palabras, me pasó la mano por el hombro, enseñándome la palma empapada. No se había puesto la capucha, y su pelo brillaba ensortijado en caprichosos bucles. 

Algo, que no terminaba de vocalizar bien, comenzó a vibrar en sus labios cuando le recordé que aún no me había dicho cuándo se iba. No quiero que me tomes por loca, me pareció entender. Pero esta Saleta que ves fuera no pasa de ser un mero pensamiento que está llamando a la puerta de tu corazón desde dentro. Este fue el penúltimo gallardete de palabras que salió de su boca antes de que la lluvia levantara de nuevo un biombo de silencio entre los dos. 

Al llegar al pie de las escaleras del metro, se despidió con un lacónico «La persona solo aparenta ser; pero es absolutamente inexistente». Al alejarse, una sonrisa muy suave bajó de sus pupilas hasta la comisura de unos labios, donde el tiempo había borrado para siempre las huellas de los míos. 
Codorníu. 

29 de octubre de 2015

La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque, aún no ha tocado el suelo.
                     Dylan Thomas
En una de las últimas ocasiones que encontré a Saleta terminamos en la terraza del Achuri. Era un mediodía de otoño con el suelo mojado y los árboles a medio pelar. Habíamos bajado hasta Lavapiés sin escurrirnos y sin sentir el paso del tiempo, como siempre que estábamos juntos.

Aunque nunca me dijo lo más mínimo, ahora, que me van cuadrando las cosas, creo que por aquel entonces ya sabía que se iba. Delante de un gin-tonic, en un momento de intuición, le manifesté mi miedo a encontrarme solo ante el vacío. Desde aquí me parece una charla tan lejana como inexcrutable. 

Aprende a cultivar la soledad, me dijo. Es muy importante aprender a estar solo. Y tras una pausa, como si quisiera explicarse mejor, añadió: Procura pasar el mayor tiempo posible contigo mismo.

Yo no soy un tipo solitario, protesté. No valgo para eso.

Lo que digo no significa que uno deba ser solitario, sino que no debiera aburrirse en su propia compañía, dijo Saleta. En ese terreno es donde tu personalidad tiene miedo. Vaya... la tuya y la de todos.

¿Miedo? ¿Por qué?, pregunté extrañado.

Porque el personaje sabe que va a morir cuando descubra que no tiene ninguna existencia real, ya que todo lo que hay en el mundo manifestado no puede ser más que conceptual. Por eso. 

Se hizo una pausa muy grande. Quizá Saleta esperaba algo de mi parte que le diera pie para entrar en detalles. Yo me deshacía en esfuerzos sinceros por entenderla. Al cabo de un rato dijo que tenía frío, se levantó para pagar en la barra y al salir me tiró un beso desde lejos. 

Codorníu.

22 de septiembre de 2015

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Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
                      Pablo Neruda.

Quiero disfrutar de esta estación que empieza. Temo que se me acabe en un pispás, y la vida me hunda en las noches frías del córtex donde no llega la luz del corazón. Me asalta la tentación de retener el otoño para siempre y por la fuerza; suplicar que no huya de la vida cercana y cálida, de la "Piedra pequeña como tú" de León Felipe; que me mantenga lejos de las casillas infinitas de los conceptos, del fractal despiadado de la autoría culpable. 

No quiero que llegue ese pozo inerte de los inviernos con sus pupilas tristes y su mirada mate. Me chifla ir al puesto del mercado donde me reconocen y reconozco al otro, y dar muchas vueltas a la tarde hasta caer, cual derviche, con los párpados desplomados por el cansancio diario. Y en pleno duermevela, ventear esa hoja que huele a Saleta, sentirla caer a cámara lenta; soñar que me hago uno con ella y me poso cual mariposa en la madera intraducible de aquella taberna que salía en “El lobo estepario” de Hesse, donde ella me enseñó a mirar con ojos de puente que vela un cauce seco.

Codorníu.

8 de febrero de 2015

Ante el 104º cumpleaños... ¡Felicidades papá!


El mundo da muchas vueltas. En ciento cuatro años ha dado, exactamente, treinta y siete mil novecientas ochenta y seis vueltas sobre su eje, si tenemos en cuenta los días veintinueve de febrero, y las obvias ciento cuatro alrededor del Sol. Y todo para acabar en el mismo sitio. Bien podría decirse que el mundo es gallego. Al fin y al cabo, nadie como un gallego puede enseñarnos que no hacemos sino marcharnos sin irnos del todo definitivamente; es decir, que nunca terminamos de regresar, a pesar de que pongamos nuestro verdadero empeño en eso. A la sucesión de tales rupturas incompletas y retornos inacabables hemos dado en llamarle vida. Así que, simplificando los términos de la igualdad, podemos afirmar que nadie como un gallego puede enseñarnos a vivir.

Tenemos el ejemplo claro en mi padre, en cuyo derredor nos reunimos hoy para celebrar no sólo su cumpleaños, sino su presencia y su influjo. Ha abierto los ojos en treinta y siete mil novecientas ochenta y seis mañanas, y en otras tantas noches los ha cerrado. Entre ambos gestos, ha sido testigo de siembras y cosechas, de tormentas y sequías, de la belleza y de, como escribió Rilke, su continuación: lo terrible. Demasiados años de oscuridad, de silencio impuesto y con el puño crispado, dentro del bolsillo, eso sí -no fuera alguien a sacar conclusiones-, ha visto como su Galicia se desgajaba por el mundo, trasterrado también él, y como su nación pervivía en cualquier otro lugar del planeta. Ha conocido la novedad del teléfono, del automóvil, de la radio, del cine y la televisión, del ordenador e Internet; ha levantado la vista para contemplar el vuelo de los aviones, a veces con asombro, a veces con terror, y ha sido testigo de la llegada de un hombre a la Luna. Pero mi padre no ha sido sólo testigo -siendo el de testigo, en mi particular mitología, uno de los más grandes cometidos que un hombre puede afrontar-, sino actor y autor de su tiempo, de los muchos tiempos por los que ha transcurrido y los que aún ha de transcurrir. Ha trabajado cuanto ha sido preciso para sostenerse a sí y a los suyos e intervino en la malsana guerra que aún nos aturde ejerciendo una de las más nobles labores que puedo concebir: la de sanitario restañando las heridas de los combatientes por la libertad. 

Mi padre ha recibido y entregado amor y amistad; ha saludado a los recién llegados con devoción; cuando tocó se ha despedido con dolor, con gratitud, con entereza… y ha caminado; siempre ha caminado. Su figura fue parte importante del barrio en que vivimos durante bastantes años. Un Madrid antiguo sin Pepe andando y observando a su alrededor ha sido tan inconcebible como una muralla que asoma su mampostería sin Lucio o sin El Chotis. Aún recuerdo con cierta prevención (por no decir pánico) aquellos trancos de kilómetros en julio y a mediodía a los que se aventuraba sin que yo tuviera los “argumentos” precisos para acompañarlo. Pero de él no hemos de aprender a caminar, sino cómo caminar: con firmeza y lentitud; con sinceridad y socarronería.

Cierta sentencia muy extendida nos invita a vivir cada día como si fuera el último. Dicho aforismo, además de ser falso y malintencionado, es hortera. Sólo a un tipo de cortas entendederas se le ocurre renunciar al mundo de una sentada. Prefiero la actitud de mi padre: Cada día es el primero, y aún lo es después de treinta y siete mil novecientos ochenta y seis, y a él asiste con curiosidad, con asombro; con el deseo intacto y la inteligencia dispuesta y ávida. No surgen de él comentarios vanos ni preguntas de compromiso; no hay vigilia desaprovechada ni sueño por hartazgo. Ya sabéis que si lo encontramos en una escalera no habrá dios capaz de dilucidar si sube o si baja, pero tampoco nos importará. Lo esencial es que está, que va a estar siempre, enseñándonos lo más importante: que nunca debemos dejar de aprender con una mente de principiante, que es, ni más ni menos, uno de los mejores modos de amar que existen.

¡Muchas felicidades, papá!

Codorníu. 


3 de enero de 2015



"Andábamos sin buscarnos; pero sabiendo que andábamos para encontrarnos."         

(Julio Cortázar, Rayuela)

‘El hombre sin móvil’ se ha preguntado muchas cosas en estas noches de jolgorio, apoyado en la barra del bar de la estación Central de su pueblo. Tiene la costumbre de pasar por allí a tomar la penúltima y, después de tirar la basura en los cubos, hacer algo por sí mismo antes de que termine un día más: las estaciones son lugares que ni pintados para eso. Quién sabe si en el viento, se dice, sigue grabado aquel mensaje de Bob Dylan, que le recordó en el pasado que viajar era también caminar al contrario de toda esta locura.

Y ha sido así, de esta manera tan fortuita, como coincidió en la barra con esa mujer de agua mineral y lágrima –curioso aperitivo para introducir a la portadora de aquella pequeña botella de plástico– que, al igual que él, también hacía garabatos en servilletas.

No era alguien conocido. Ni siquiera era su propio rostro en el espejo como otras noches. Era una persona gris que, pasado algún tiempo, se levantó del taburete y se marchó. Eso (o sea, nada) fue todo lo que pudo retener de su vida; aunque ‘El hombre sin móvil’ –a consecuencia de una cicatriz muy especial que captaba a la perfección ocasiones como ésta– se abalanzó sobre aquellas celulosas olvidadas, antes que el camarero las barriese al suelo con la mano automática y ciega de su oficio de plancha y margarina.

Poca cosa contenían aquellas bolitas arrugadas: sólo dibujos para matar el tiempo. Salvo una, la última, que decía textualmente: "Tienes que aprender a olvidar; pero, sobre todo, tienes que aprender a recordar. Que no te pase como a mí: que no he sabido hacer bien ni lo uno ni lo otro"

¿Quién era? ¿A quién se lo decía? ‘El hombre sin móvil’ no pudo preguntárselo. Pero sabe de sobra que hay circulando por ahí una literatura que no acepta las normas. Que no pasa por las editoriales, porque está convencida que no hay semillas que puedan engañar al cuervo en su sabiduría. Este, al menos, sigue confiando en que nunca consigan los cubos y los cepillos suficientes para borrar ese dolor pintado por todas las paredes, tapias y servilletas de tantos mundos internos ignorados.

‘El hombre sin móvil’ espera, además, que quede todavía algo de tiempo antes que a tipos como ellos les encalen los morros, o les pongan servilletas de esparto por los mostradores, o se den cuenta de lo peligrosa que puede ser su memoria.

Y, por último, aunque no cree, reza porque esto sea un tiempo circular, como el de los estoicos; para que la esperanza de volver a encontrarse con aquella mujer de la botella de agua mineral que escribía en servilletas de papel, nunca se pierda...

(Servilletas de Nochevieja -un cuento de Navidad recuperado.)
Codorníu.

13 de abril de 2014



Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron 

aquellos sueños…

Invado las alcobas vacías
de mi memoria 
para recoger aquellas palabras
tan lejanamente idas.

Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, 

amarillentas fotografías;
estilográficas desusadas 
y textos desgajados 
de la enciclopedia Álvarez… pero nadie, 
nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican 

dónde fueron mis minutos.

Y aunque torturo los espejos 
con peinados de quince años,
con miradas lejanas de cinco años
o quizá de ahora, 

muerto…
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió aquella sombra mía militante,
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de infancia y pelotas de trapo por las eras;
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los ángeles
nuestros restos de nieve atormentada?


¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?


¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los domingos,
cuando el violento secreto de la vida
era tan sólo una dulce campana enamorada…?


Registro los bolsillos desiertos y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos que me diga… 

quién 
fui
yo.
                                (Miguel Labordeta)

Pues este que veis en la fotografía soy yo cuando era hippye, jaja.
En serio.

Codorníu.


10 de febrero de 2014


Al fin llegó el día. Temo quedarme sin palabras, porque apenas encuentro algo que no le haya dicho. Me pasa como cuando estás ante un espectáculo de la naturaleza, y tan solo aciertas a quedarte boquiabierto ante sus 103 años y su buena salud. 

Mi padre encarna la prueba de que lo difícil no siempre es imposible. 

Como él dice: La clave es resistir, esa es la actitud.

Estuvimos comiendo en un restaurante gallego. Él, encantado... como se puede ver en la foto. No es todo lo buena que me hubiera gustado; pero de todas las que hicimos he escogido esta, porque parece invitar claramente a una tacita de queimada a cuantos amigos y amigas entren en esta página.


Codorníu.

30 de enero de 2014


Un paso a continuación de otro, un día después del anterior y antes del siguiente. Así va jugando su partida al tran tran, sin órdagos; compañero con la vida, que le lleva en volandas año tras año. En su mirada guarda las preguntas que todos nos hicimos cuando niños, cuando jóvenes… Las mismas que no fueron respondidas, que están ahí, que siguen ahí...  en un rincón secreto donde siempre habrá misterios de esos que no se desvanecen ni aunque los interrogues bajo los focos más potentes.

Lo único que ha perdido es algo de oído en este camino de regreso. Pero las voces cotidianas, esos sonidos familiares de siempre ya no necesitan precisión; sobre todo de vuelta, cuando uno busca en los que suben tan solo un eco de lo sembrado por sus labios. Eso le basta para orientar la fuerza de voluntad que tiene, el tesón, la lucha por ser autosuficiente, el afán por dar la mínima guerra posible…

Publiqué en este blog las memorias que escribió a mano, con su letra de autodidacta y sus faltas de ortografía, mientras se recuperaba de aquella fractura de cadera hace ahora cuatro años. Nada sustancial ha cambiado: por sus santas narices, este año pasado continuó saliendo a pasear cerca de una hora todos los días (menos los periodos muy fríos), marchando a un paso difícil de creer en su edad. Un cuerpo guiado por una cabeza que funciona perfectamente; como su ánimo, sus ganas de vivir y sus expectativas de futuro. La gente del entorno se asombra del vocabulario fluido que maneja, no saben que sigue leyendo un libro cada quince días, más o menos.

Dice que no ha sido feliz, si por felicidad se entiende un estado permanente. Dice haber experimentado etapas, momentos importantes, instantes hermosos; según él, los menos. Quizá por eso, rara vez habla de ellos. De ahí el valor de aquellas memorias, donde se fue soltando por escrito, donde sostenía con orgullo que fue a este dolor de la existencia, a este cuesta arriba de la vida, a lo que le debe la supervivencia y lo que le ha ayudado a llegar hasta hoy. Esa ha sido la clave de su larga vida: la resistencia psicológica ante lo adverso.

Y esto no es una sensación subjetiva mía, porque tengo el mejor certificado: la iluminación de sus ojos. Hay vidas tan planas y lineales, tan simples y predecibles, que se enmarcan en un lugar, encuentran un trabajo, se casan o no, y con todo eso siguen y siguen hasta sus últimos días. Ni se imaginan que la existencia de algunos seres con los que se cruzan es más bien lo contrario. Mi padre es uno de estos. Sirva este texto, a muy pocos días ya de su 103 cumpleaños, para homenajear el pulso singular que nos trasladan los latidos de un corazón que vivió la vida por el lado nudoso del tapiz con una serenidad y sencillez encomiables. 

Para él, ya no hay duda de que todo pasó como debía; y, como dice, En el fondo existe una sola certeza: haber vivido. 

Codorníu.

13 de enero de 2014


Tras encerarla con parafina, la mecedora se detiene varias veces sin que la madera deje ya ningún quejido. Cada descanso en ella se convierte entonces en un breve paréntesis que deja en mis atardeceres el sueño de todo eso que no somos. 


Mi pensamiento se posa en el respaldo como ave recién llegada, sacude sus alas y parte hacia una ramita próxima. Las gotas más finas persiguen los haces de sol que no tardan en hallar los charcos plateados. Desde un canalón lejano, un goterón solitario se descuelga hasta mi frente arrastrando con sus ruedines un irreal currículum de yoes.

Codorníu.

2 de enero de 2014


Estoy aquí. 
La brisa acaricia mis cabellos,
y yo voy a tientas en la  noche 
porque he perdido mi hilo; 
ese que te di a ti, Teseo"
.
Antonio Tabucchi,  Se  está haciendo cada vez más tarde.
.
Yo nunca creí en las rayas, tanto si eran paralelos y meridianos, como si eran fronteras con pedestal o fechas como éstas, por ejemplo, que separan un año del siguiente.

Me pregunto si creo en algo más que en la noche, cuando riza de forma plateada la superficie azul oscuro del espejo, o en la presión que soportan los cansancios que llevan tu nombre; o en la esperanza del otro lado del tapiz, donde hacemos los nudos.
.
Me pregunto también si aún llegará a tiempo el oxígeno que me devuelva los besos deseados, o las metáforas de Borges que releo ávidamente para zafarme de la asfixia, si es que aún existe el segundo crucial que maneja lo aleatorio, la lotería comprada a mis espaldas, o el gusto por la torpeza que tienen los que no saben lo que hacen (o sea, todos nosotros).
.
Pregunto, en definitiva, por los horizontes tan lejanos que soplaron las velas con que se hacía la piel de aquel cuerpo que me citaba en plena juventud; incluso me remonto al áspid sinuoso que frecuentaba los pronombres desaparecidos para siempre. Y sobre todo, echo en falta el sentimiento coral del amor, que saltaba entonces por encima de todos los misterios y hoy se abraza con fuerza a los lejanos pétalos perdidos.

Codorníu.

22 de diciembre de 2013




¿Estáis oyendo la bocina de un faro? La noche polar se produce en fechas próximas al solsticio de invierno, cuando el Sol no llega a asomar por el horizonte en todo el día.

Pasado el sobresalto, me remuevo produciendo un crujido de maderas viejas que no viene de los muebles ni del parqué. Tampoco de mis huesos.

Es algo que tiene un descenso sutil como la niebla: son los miedos. Inútil forcejear con ellos; por eso dejo que vayan reposando en el suelo de la jaula, mientras miradas de archivo caen descolgándose por las lianas del silencio. La involución que padecemos va cercenando tantas esperanzas que, cada año que termina, nos aparecen apiladas -cual cabezas cortadas- formando un enorme montón junto a un charco sospechosamente oscuro.

A la historia le toca lidiar en la actualidad con este vómito de aguas negras. No es de extrañar que se maree: barrotes por doquier la separan del horizonte y carámbanos sin entrañas la desgarran como alambre de espino. Una ceguera insaciable galopa a su grupa por todo el planeta: el big bang económico se les ha ido de las manos.

Pero en lo personal, en la corta distancia, hay que subir a la superficie, boquear y sonreír. Sólo así, solidarios, cálidos, tiernos y cercanos (con todo y con todos) a nuestro alrededor, seremos y nos sentiremos guardianes protectores del fuego que ilumina nuestra naturaleza como humanos. Gracias a esos rescoldos, lo veamos o no, sin duda llegará un nuevo día.

Mientras tanto, en estas fechas, os deseo mucha salud y suerte, amigas y amigos. 

Un abrazo entrañable.
Codorníu.

7 de diciembre de 2013





“Porque los que aún estamos

 ya no estamos del todo,

 y aún siguen estando vivos

 los que ya no están”


A mis amigos  Paco y Baltasar,  maestros y mutuos compañeros de nivel durante muchos años. Investigadores, fundadores y divulgadores de las técnicas Freinet a través del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular. Ambos fallecidos en el otoño del  2006, dejando una larga estela con su trabajo, su lucha y su sonrisa. 


Hace un año subía esta entrada con la misma foto y parecida cita, porque dicen (y yo así creo) que mientras que los seres que tanto les quisieron les recuerden, seguirán vivos y presentes. 

En estas fechas que se ensalza la vida de Nelson Mandela, la mirada de mis amigos me lo dice todo.

Codorníu.

28 de septiembre de 2013

  
“Quien ve hacia afuera, sueña;
quien ve hacia adentro, despierta”


Carl Young

Para el hombre-otoño, los recuerdos se agolpan en esta época del año. Aquel tatuaje aún le altera el ritmo cardíaco desde su singular ubicación, equidistante entre la cadera y la ingle. Justo ahí evoca la magia sobre estos pálpitos, dándoles caña sin tregua ni cuartel alguno. 

Las intensas emociones vividas con Saleta desestabilizan la superficie lisa de un viejo espejo (ya más parecido a un charco) donde se reflejan los pájaros que emigran. Más adelante, como pasa todos los años, cuando el desencole de los guarismos se acerque a lo insoportable, el hombre-otoño encargará al viento que organice las cifras en espirales siguiendo una secreta ley repetida en los girasoles. 

Y cuando el suelo se cubra de hojas secas, el hombre-otoño regresará junto a los pronombres desaparecidos a cotillearles con tristeza lo que se han perdido por irse antes de tiempo. Ellos, rumbo a las Itacas, no sentirán la culpa de pertenecer a estas generaciones que llevarán el estigma del deshonor, si es que los futuros libros de Historia no censuran los hechos o inventan eufemismos que difuminen este dejarse quitar -sin mover un solo dedo- lo que con tanto esfuerzo arrancaron nuestros padres y abuelos a la negra noche donde cumple condena la Humanidad.

Codorníu.