martes 9 de febrero de 2010

Yo no sé lo que está pasando, pero desconfío. Desconfío sobre todo del pensamiento único para salir de esta crisis que se vende como inevitable; de los tambores que anuncian el fin del mundo: de eso, más que de nada. Ese miedo al futuro me recuerda lo que se urdió en torno a la gripe A, o la mentira de la guerra de Irak, por citar tan sólo dos ejemplos fabricados con descaro.

Yo no sé que está pasando con las grandes cifras, repito. Pero cuánto más leo, más me enredo; más se me llena la cabeza de análisis sesudos, de números fríos, de pánicos sembrados por economistas con despacho de caoba y largos pasillos silenciosos donde suenan de fondo las suaves melodías de La naranja mecánica.

Y me imagino a estos tipejos tras amplios ventanales de panorámicas impresionantes, las mejores de cada ciudad -precisamente desde donde no se ven los cuatro millones de parados-, con secretarias despampanantes que pisan mullidas alfombras persas y les llevan la agenda para que no se les olvide comer a diario en sus restaurantes favoritos de tropecientos tenedores, junto a otros elementos como ellos que, en su día, fueron también los "números uno" de cada facultad de Económicas.

Y me parece muy bien que la gente de a pie desconfíe. Y además, me encanta.

Codorníu.

domingo 7 de febrero de 2010

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Sé que tardo en actualizar, en comentar,
en corresponder... Pero cuesta tanto seguir
en la brecha tras 42 años de vida laboral...
Que, después del golpe recibido, me estoy
tomando un descanso para encajarlo.

Disculpen.

Codorníu.
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martes 2 de febrero de 2010

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Sin palabras.


Para acceder a una pensión máxima, los parlamentarios sólo precisan de ocho años; el presidente del Gobierno tiene una pensión vitalicia sólo por el mero hecho de serlo, y la mayoría de los presidentes autonómicos también.
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Qué fácil se elaboran leyes cuando no le afectan a uno.
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Codorníu.
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domingo 31 de enero de 2010

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No es esto compañeros, no es esto
por lo que murieron tantas flores,
por lo que lloramos tantos anhelos.
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Quizás debamos ser valientes de nuevo
y decir: No, amigos, no es esto.

No es esto, compañeros, no es esto;
ni palabras de paz con barrotes
ni el comercio que se hace
con nuestros derechos,
derechos que son nuevos barrotes
bajo forma de leyes.

No es esto, compañeros, no es esto;
nos dirán que hace falta esperar.
Y esperamos,
bien es cierto que esperamos.
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Es la espera de los que no nos detendremos
hasta que no sea preciso decir: No es esto.

(Lluís Llach, "Companys, no és aixó")
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viernes 29 de enero de 2010

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Aumenta la edad de jubilación hasta los 67 años y se endurecen los tiempos cotizados para poder acceder a una pensión digna, que cada vez lo será menos; asistimos a un retroceso social sin precedentes, un giro cruel a contramano de la Historia.

Las medidas contentarán a los mercados financieros (los auténticos responsables de este calvario), porque esta Europa hace tiempo que se entregó a ellos y se olvidó de las personas de carne y hueso.
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Qué lástima que esta sociedad no tenga a mano un sueño para seguir avanzando; que no se busquen otras soluciones que no sean mantener a los ancianos en los andamios o a los maestros sirviendo de befa a una juventud desnortada.

Por si había alguna duda, ya queda claro quién va a pagar los platos rotos. Los escritos de Orwell han dejado de ser utopías y en el siguiente paso (con la próxima vuelta de tuerca), tal vez alguien sostenga que es mejor hacer leña de los barcos varados.
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No sé si quiero estar aquí para verlo.

Codorníu.
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jueves 28 de enero de 2010

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El 30 de enero se celebra el Día Escolar de la No Violencia y la Paz (DENIP), en recuerdo de Gandhi.

En los países con calendarios escolares del hemisferio sur la jornada se conmemora el 30 de marzo.

Yo he querido recordarlo con este poema de Bertolt Brech, musicado por Adolfo Celdrán, que podéis escuchar a la par.

En su día, el LP llevó por título: "Silencio", y se publicó en 1969.


Otra vez se oye hablar de grandeza
(Ana, no llores)
El tendero nos fiará.

Otra vez se oye hablar del honor
(Ana, no llores)
No podemos comer ya.

Otra vez se oye hablar de victorias

(Ana, no llores)

A mí no me tendrán.

Ya desfila el ejército que parte
(Ana, no llores)
Ya desertarán.

General, tu tanque es poderoso
aplasta a cien hombres y arrasa el pinar.
General, pero tiene un defecto:
necesita un hombre que lo pueda guiar.

General, tu avión es muy potente
Vuela como tormenta y destruye la ciudad.
General, pero tiene un defecto:
necesita un hombre que lo pueda pilotar.

General, el hombre es muy útil,
puede volar... puede matar.
General, pero tiene un defecto:


puede pensar... puede pensar...


Ana: eran otros tiempos. No sé si este hombre del que se habla, existe ya hoy en día.

Codorníu.

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martes 26 de enero de 2010

Las palabras me dictan su fragancia, oh paradoja, cuando estoy próximo a una languidez anunciada. Las de Adriano (de la mano de la Yourcenar, sentado en aquellas escaleras de piedra, donde de joven mendigué a la guitarra otro mundo posible), se deshacen por convencerme para vivir sin dioses.

(Para no darle la espalda al dolor a pelo hay que estar abierto al blanco y negro y sentirlo. En esta foto de mi amiga Made, por ejemplo, se destila el inmenso vacío de los que no tenemos asas. El espejo húmedo y gris, por único suelo, nos acoje resbalando en la noche...)

La última pulsación, detenida entre tanto silencio y tanta retina, sigue la dirección de una estela menguante que cruza; que le da tiempo al tiempo para ignorar que existe el peligro de desvanecerse y pasar a ser un encuadre fugaz, brotando de un agujero negro y oscuro, misterioso y amargo.

Herederos de sí mismos... por toda respuesta.

Codorníu.

(Falta la música, lo sé; pero hay que acostumbrarse, porque a partir del 1 de febrero Gcast ya no se deja. No obstante, lo sigo intentando)

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sábado 23 de enero de 2010

Abrir los ventanales, esperar un nuevo día... y encontrar otra vez empañados los cristales: estos ojos míos que a menudo olvidan, que aún queda luz para enderezar el rumbo.

Debo borrar las noches de rabia y debilidad. He de borrar el pensar que siempre nos toca perder, mirar mucho más allá de esta niebla espesa, aprender a luchar sin tener herramientas.

Y el paso del tiempo (horas repetidas), van labrando la piel cada vez menos libre.

Sin ganar nada, perder un trozo de vida, e irse a la cama haciendo ver que se sueña. Qué esta silla coja y estropeada, los viejos portalones y la larga escalera han sido la gran mentira que nos llevó a perder la esperanza.

Por eso me levanto ahora que aún puedo.

(Lluís Llach, Despertar)

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sábado 16 de enero de 2010

Banda sonora de lujo para un instante mágico. Bajo los párpados entreabiertos, el asfalto burlón de la noche funde y confunde muchos significados-espejismo que el viento de la irrealidad mece a la comba.

Sobre unos cables colgando entre casas, funambulistas ciegos dibujan olas en el aire al cruzar de fachada a fachada por encima de un callejón de palabras-ceniza y ascuas aún humeantes.

Se va apagando la voluntad cansada de un viernes, se me cierran los ojos bajo un puente de cejas. A un lado, el nacimiento; al otro, la muerte. Nadie que lo transite.

Sencillamente impresionante.

Codorníu.

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miércoles 13 de enero de 2010

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En realidad, esto lo escribí para subirlo el primer día de trabajo después de la "grande bouffe"; tras mirar hacia el patio al terminar las vacaciones, como un abismo, cuando los faros del autobús que me traía mostraban todo su orgullo encendidos de blanco.

Según me acercaba (ya a pie) he notado la energía paralela de los pasos de cebra frente a la puerta de entrada y la del dibujo que hacen –convergentes- los lados de la calle. Como sabes tengo una brecha que me corta el paso a la palabra. Lo suelo insinuar aquí cuando me atrevo. Y tú dirás: Tiene que ser muy crudo recordarlo todo, no ser capaz de olvidar, quedarse callado un rato mirando el techo cada noche, sin tiempo ni ganas para prometer nada...

A la luz, a la Historia... le cuesta tanto alumbrar...

A veces pienso que no cambiará nunca el amarillo de la bombilla en los cristales de cualquier cocina... (nuestro desasosiego o el de otro desconocido, el exterior nevado, los patios interiores desde lo alto, el batir de los huevos, las bolsas de basura...) sin que nos trasladen a otra realidad merecida o inmerecida, o a otra distinta de la que nos dijeron.

No era verdad que fuese a sonar siempre Lluís Llach, o que (en su defecto) el vino no fuera a terminarse nunca; ni que el rojo de los atardeceres, se tornase más suave al soñar con el ocre de la solidaridad sobre un colchón en el suelo si no había para todos.

¿Desde hace cuánto me siento habitante de un empeño absurdo? Son esos mundos -los empeños absurdos- los que me despiertan cada noche. Sin gracia ni sentido. Un territorio a media luz. En penumbra. De nadie. No sabría explicarte lo que pienso mientras deshago esos pasos nocturnos que tú conoces. No te lo puedo explicar, porque lo pienso sin palabras. Y porque la última promesa firme que le hice a la vida fue la de nunca prometerle nada. Aunque lleve escrito en el corazón la imagen de un Prometeo encadenado.

La promesa que me ata -en todo caso- es la del autobús que ilumina la calle, y la de una puerta cerrándose y yo pensando en cómo sería esto sin soñar. Quizá leí en mi cara (en el espejo) que lo mejor sería irse con las décadas y no me fui. Algo así debió ser. Y por eso me di la vuelta y levanté la mano y corrí detrás... No lo sé a ciencia cierta; pero pienso mucho durante todos estos tic-tacs de noche negra y nieve blanca y frío. Y me pregunto qué me impide colocar en el mapa una cruz de pirata, justo ahí donde dice "éste era tu lugar", esta noche... hoy mismo.

Pero luego comprendo que es la incertidumbre (el principio de Heisenberg), por una vez, la que me da esperanza; porque contra esa duda física no se puede nada: tampoco los mercados, que no lo tienen todo atado. Así que recorro otra vez los subterráneos en espirales sin fondo, sin señales concretas, los andenes que no llevan a ningún sitio...

Como mucho a pensar con toda intensidad durante una hora y pico -antes de dormir- lo lejos que ha quedado todo en nuestra vida.

Codorníu.

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domingo 10 de enero de 2010

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Los papeles se vuelan de la mesa. La corriente lo revuelve todo. Como copos de nieve, cada folio va ocupando su lugar en el patio. Ventilar es un dogma que desatornilla la vida según venía de fábrica: tan guapa, tan nueva...

La voz que te llamaba a gritos se torna un hilillo; un carámbano inmortalizado, detenido, inerte. Basta un empujoncito de nada y se parte. Afuera, ese frío... Esa inmutable y tediosa acuarela blanca de helada, vestigio decapitado de un recuerdo que paraliza, que despeña mis pasos vadeando un cauce seco y olvidado. Cosas que hay que aceptar. Semanas, meses, años. Perfectos imperfectos. Mesas sin patas. La actitud de testigo de Heiddegger ('Hay que dejar que las cosas sean') se acopla -invisible- a las corrientes horizontales...
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Según lo pienso, sale vaho de mi boca. No hay sonido. Sólo vaho.

Como a Toro, nadie me oye. La radio no oye tampoco. Acompaña. Pero dice cosas que dejan de existir al instante. Ondas y café en la penúltima curva para mi amiga. Parpadeos testamentales, cada vez más poco frecuentes. Sin respuesta. Si acaso, inesperada.
).
Desde el otro lado del telefonillo, proviene de la calle un ruido sordo... opaco. De pisadas en la nieve. Esta vez con la boca pegada al aparato, me atrevo a decir, a susurrar (voz temblorosa): 'Tengo que cerrar las ventanas'.
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Escucho... No hay respuesta... Afuera, ese frío...
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Codorníu.
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viernes 8 de enero de 2010

El aire le despeinaba los recuerdos dejando tras él –como el destino de un apicultor– un velo ondeado de oscuros desencuentros.

A falta de un mar pegado al pie de la ventana, el ‘Hombre sin móvil’ pedía tan sólo un riachuelo para el último tercio de su vida; pero todo lo más que le dejaban los Reyes (cada año) era una carretera seca a la intemperie. Aún así, al ponerse la tarde, seguía el asfalto hacia el faro e iba extendiendo, a ambos lados, un mantel de campanitas y demás motivos navideños, que centelleaban bajo los rayos oblicuos de un sol imaginario.

Desde abajo, sobre esa hora (más o menos), las monstruosas siluetas de las fábricas de papel donde había trabajado suavizaban su dureza, y hasta se diría que se conmovían en su tamaño de juguete destensando el rayo con que le amarraban a un pasado de esclavo.

Hasta los pies del ‘Hombre sin móvil’, sobre la hierba sesgada de la cima, reptaban las últimas hojas del 2009 recién arrancadas por el viento. Su corazón, apenas del tamaño de una arbequina, ya no traía botellas que cruzasen los mares albergando secretos inconfesos. Únicamente, sílabas perdidas merodeaban sus oídos provenientes de alguna oquedad rocosa, en otro tiempo útil para sus juegos de juventud dorada.

Pero ahora, cuando corría intrigado, en su lugar tan sólo hallaba –diseminadas e insensibles a las caricias del inocente azar– unas rebanadas de pan bimbo y el cobre verdoso de sus actuales circunstancias, que iban tomando ya el color azul de los sueños rotos.

Codorníu.

(Un corazón de arbequina. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")

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jueves 7 de enero de 2010

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Pocos días antes de que diesen comienzo las vacaciones en los colegios, y los niños de San Ildefonso nos bombardearan a bolazos desde el salón de loterías, el gobierno de Dinamarca detuvo a un puñado de activistas de Greenpeace.

Ha pasado el tiempo. Para estos hombres, un tiempo de espaldas: tres semanas que no corren lo mismo en la cárcel que fuera.

No sé si en mi mente queda ya hueco para la decepción. ¿Es ésta la Europa que da lecciones de libertad a otros países, y donde se presume de disfrutar de un sistema de garantías exquisito? La vida cotidiana nos va demostrando que, según qué cosas se cuestionen, ni democracia ni Cristo que la fundó. El caso de Juantxo López, director de Greenpeace España (21 días en la cárcel por desplegar una pancarta), es un ejemplo reciente y descarnado de injusticia y violación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

De ahí que este sistema sociopolítico (llamado por otros el menos malo de los conocidos) no pase de ser más que una dictadura guadianera, donde el que tiene el poder de los dineros cambia las reglas del juego a su puñetera conveniencia. Espera a meterles el dedo en el ojo y verás...

Y si lo hacen a la vista de todo el Planeta, sin sentir vergüenza alguna, que no será... (no sigo)

El grito desesperado de Janis Joplin en los sesenta nos trae hasta el presente el eco de una premonición desgarradora... ¿Cuánta gente se habrá enterado en estos días de vacaciones, villancicos, calles con lucecitas y comilonas de lo que estaba pasando este hombre en una cárcel de Dinamarca?

¿Qué intentaba decirnos aquella generación de poetas y cantantes?

¿...Tal vez que no cayésemos en el opio, en las "flores del mal" del consumo demente que todo lo anestesia?

Codorníu.
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(La foto es de la cárcel de Carabanchel (Madrid), derruida para borrarla de nuestra memoria)
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miércoles 6 de enero de 2010

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Angelina está mirando hacia el puerto por donde transitan las luces de los barcos que comienzan a salir al anochecer. Sentada en la mesa que hay junto a la mejor de las ventanas de la taberna, sigue el compás de la música con un suave balanceo de cabeza: por el aire suena “Mariposita de primavera”, en versión de Omara Portuondo. Las formas de un rostro -donde el tiempo ha dejado las huellas de todas sus ilusiones y todos sus reveses a partes iguales- se reflejan en la pared del vaso.

Ante ella baila la mirada del hombre que empuja la puerta biselada de su memoria. Los sentimientos entre ambos se reconocen sin más vestido que el silencio; son encuentros que nunca fueron de griterío, que pisaron alfombras de gestos y caricias; que vivieron de sonrisas, soledades, recuerdos...

Una vez que se han saludado, tratan de recordar por dónde se habían quedado la tarde anterior. Quizá estuviesen hablando de hombros que nunca dejarían de estar, de manos que nunca se cansarían de volar juntas, de pasajeros con los que contar para todo el trayecto, incluidos los túneles…

Al otro lado de la barra, el vapor pega un prolongado siseo y sale con fuerza hacia la solitaria porcelana del techo. La atención de Angelina queda colgando allí arriba, atrapada por un instante. El reflejo, mientras tanto, sigue bailando en la pared del vaso como una serpiente sin cabeza.

La mujer sonríe para sí. Cierra los ojos. Siente ahora la frialdad de unas manos que cogen las suyas. «Siempre estabas helado», dice con el alma hecha hebras.

(Más allá de la ventana, el verdín se mezcla con la bruma)

Cada tarde, al llegar a este punto, Angelina deja de mirar hacia las barcas a través del corazón que ha dibujado en el cristal empañado. Acto seguido, agita los cubitos del vaso y pega un trago más largo que los anteriores. Allí, en aquella mesa, todo, incluido el tiempo, existe de otra forma en sus adentros; quizá, hasta más verdaderamente…

Codorníu.

(Reflejos en la pared de un vaso. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")

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martes 5 de enero de 2010

Iñaqui Orihuela, a su edad, debería estar harto ya de ruidos y de ruedos. De ruidos, porque cada noche oye un disparo. De ruedos, porque eso que le pasa a él se llama desangrarse; morir cada vez que cierra los ojos. Ésa es la causa que le empuja a salir por las calles vacías. Un caminar difícil, tropezando de una en una con las imágenes de aquel descampado. La más nítida, el sobresalto del disparo, sus propios gritos entrecortados, el descenso lento hasta el coche con Yailene en los brazos... Y al final, el llanto, sólo interrumpido por las bruscas sacudidas de los suspiros cuando vuelve tras sus pasos para recoger uno por uno los folios del maldito relato que el viento ha esparcido por los alrededores.

Hace mucho que sale a pasear por aceras solitarias retardando el momento de meterse en la cama. Cada noche, la bolsa de basura cuelga cual peso muerto de su mano. El corazón, reventado por las arritmias de aquel atardecer, no deja de rastrear conexiones buscando instantes que la memoria se encarga de ocultar por capricho. Al mismo tiempo, su mente balbucea los últimos sustantivos que leyó en labios de su amada. El dolor tan humano que subyace en sus yemas se pega por el día a barandillas y paredes. Hasta gasta guantes de látex, porque sabe que no hay que dejar pistas para no ser alcanzado por la culpa de prestarse a aquel juego que aún le persigue. El futuro se encoge. Empaña ante él su rostro de tanto condensarse: los espejos no mienten. Cada noche, en la mesa, Iñaqui Orihuela repasa los arabescos del hule. Entre migas de pan tiradas a los dados, cena sin apetito mientras soporta el eco de cacharros lejanos.

Al salir del portal, se acopla a las sombras de la pared camino de los cubos de basura de esta ciudad crispada. La lluvia peina la melena de una bombilla rubia; pero él ya no escribe ni está por prestar atención a esas cosas. Tampoco a la oscuridad cribada de jadeos que escapan de los coches aparcados que encuentra a su paso. Aislado de todo, camina indiferente. En la esquina, hay tertulias de bolsas de basura, abandonadas al pie de una farola. Esa es su meta.

Allí, deja la suya, saca un pitillo y escucha el batir de las tortillas mientras lo enciende.

Codorníu.

(Bolsas de basura abandonadas. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")

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sábado 2 de enero de 2010

Aquel lunes por la tarde, a eso de las cinco y media, una mujer se desespera en la única parada de taxis que hay a la salida de la estación de Villaverde Bajo. En la mano, al sol, centellea el plástico de una pequeña botella de agua mineral de la que bebe pequeños tragos. No puede parar quieta: pasea arriba y abajo a lo largo de la acera. A esas horas, la salida de los colegios convierte en un embudo las autovías de acceso; aún así no le queda otra opción, lleva un año comiendo de encargos como el que tiene que entregar esa tarde con la urgencia de siempre.

Para echarle pimienta a la cita, ese lunes (precisamente ese lunes) hay huelga de trenes de cercanías. En medio del atasco le dice al taxista que pare. Sale tan trompicada del coche, que está a punto de meterse bajo las ruedas de un autobús que pasa por su lado. En esta ocasión (a pesar de la prisa) se vuelve para ver la cara del conductor. Si hay una cosa en el mundo que no soporta es que la insulten. Por mucho menos, por una simple mala mirada, más de una vez ha pateado, fuera de sí, carrocerías, puertas y llantas. Lleva la rabia en la sangre desde que la vida la empujó a vivir tan lejos: en este clima y en este ambiente, seco y crispado en todos los sentidos.

Pero en esta ocasión se controla. Tiene tan sólo el tiempo justo para echar a correr y llegar en cinco minutos, los que faltan para que se cierren las verjas del Botánico.

Sin detenerse, desoyendo la voz del funcionario de uniforme, salta por encima del torno. Sus piernas vuelan en el otoño lluvioso de la tarde; se le sale una sandalia, vuelve a por ella, la recoge, se quita la otra; ni siquiera se entera que el suelo está mojado. Cuenta dos, tres, cuatro cruces de parterres gigantes. Gira a la izquierda. Se sabe de memoria el pasillo de las plantas aromáticas: lavanda, romero, tomillo…

Le falta el aliento cuando llega al lugar convenido. En el segundo banco de piedra, al pie de un inconfundible flamboyant caribeño, hay alguien sentado.

–Dios… al fin llegas –dice, nervioso, un individuo desaliñado de unos cuarenta y tantos años.

–Lo siento –susurra ella intentando que no suene a disculpa.

Tras unos instantes de incómodo silencio, el tipo le ofrece un cigarro que ella rechaza. En su lugar, mientras él hace chispear el mechero, bebe un sorbo de la botella de agua; los dos necesitan calmarse. Después, la mujer desliza el sobre a ras del banco hasta el borde del vaquero, donde el muslo del hombre se junta con la piedra.

–¿Está todo?

–Todo –responde de inmediato.

A pesar de haber repetido esa escena decenas de veces, todavía no comprende ese empeño ciego que tienen algunos hombres… esas ganas de ver su dolor reflejado en el espejo de un pozo negro (cada vez más hondo e irreversible) del que ya lo intuyen casi todo.

–¿Dónde las has hecho...? –pregunta el tipo pasando las fotos como un niño que cambia cromos de fútbol repetidos.

–¿Qué más da? –corta la mujer aparentando la frialdad que siempre le falta.

–Conozco este antro –dice él.

Ella se encoge de hombros y hace una mueca de hastío. Enseguida, temiendo que con todo aquel tobogán amargo su esfuerzo sea borrado y olvidado, pregunta con rapidez por lo suyo. La respuesta tarda unos pocos segundos, demasiados para quien vive con lo justo.

–Ya lo tienes en la cuenta que me pasaste –susurra el individuo sin desclavar los ojos de una de las fotos donde un letrero de neón (con la palabra Pul_arcito) brilla, en la noche, con la ge colgando apagada.

A la mujer le importa un pimiento quienes son estos sujetos que llegan hasta ella dejando una voz atormentada en el contestador de su móvil. Pero, como siempre, a la salida de allí, cuando se cruza con las secuoyas y vuelve la cabeza, camina mucho más deprisa… como huyendo. Más deprisa aún que aquella vez en la que tuvo que levantarse como un resorte para que un cliente –en medio de la desesperación– entendiese que había puesto la mano donde nunca sería bien recibida.

Traspasados los tornos de la entrada, el recuerdo reciente de otro rostro desencajado que tampoco pudo con tanta angustia, la hace apretar el paso. Un pálpito –algo que le brinca en el pecho– le dice que ya no está para asistir a determinada clase de finales fatalmente intuidos.

La fatiga asfixiante le llega al cabo de unos metros. Se para. Da un trago de la pequeña botella de plástico y luego va dejando rebotar la mano muerta por los barrotes de la verja en busca de aquellos ojos caídos que ha dejado fijos -del otro lado- en las hojas del suelo. Le tiene pavor a esa expresión que ya conoce de otras veces. Con la práctica, sabe ya mucho de vidas cubiertas de líquenes que, como cipreses solitarios, se citan con ella por esos caminos botánicos que mueren en Atocha.

En esta ocasión, la intuición no le falla. El sonido inconfundible de un disparo la sobresalta al pie de la Cuesta Moyano. Sólo entonces se da cuenta que está cruzando sin mirar. Con el semáforo abierto para los coches.

Se oyen dos o tres pitidos. Alguien saca la cabeza por la ventanilla y le grita algo. «Vete a la mierda», masculla arrastrando la erre entre un rechinar de dientes.

Esta vez, tampoco puede quedarse: sólo desaparecer de allí, cambiar de aires, retorcer con rabia la pequeña botella de plástico hasta volverla un churro...

Codorníu.

(Caminos que mueren en Atocha. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")

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martes 29 de diciembre de 2009

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Ya me iba con Lezama Lima bajo el brazo, cuando una raíz abre el suelo y me engancha de un pie al bajarme del taburete. En un Madrid empapado, echando a las tragaperras en busca de otro lunes que me libre de este batir de tortillas interno, descolocada la gorra por el Havana, mantengo la mirada de perfil, sabiendo que todo ocurre porque sí, como se combinan las frutas de la máquina; pensando mucho en esta biografía que me persigue contraria a las agujas del reloj sin un espacio reservado para el sosiego..

En este no saber qué hacer, muevo la mano picoteando del cesto de patatas fritas, Qué se note que existo, me digo; qué soy algo más que una sombra entre el humo y el jazz que todo lo hilvana en este no-hacer donde me repito, lo sé, incorporando el pecho hacia adelante para no ser menos que la mujer que me devuelve la mirada reflejada a través del espejo, chorreando la boina gris por un inesperado bucle insustancialmente descolgado, la vista en algo detrás de mí, alineando los granitos de azúcar de un café, perímetro entre mi espacio sin énfasis y el suyo, coincidiendo y no coincidiendo, rebuscando en un bolso un mechero desaparecido mientras se seca la cara con la manga y el pasado refulge en mi memoria que mira detenidamente al vacío.
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Por simple curiosidad, tal vez, o por una huella familiar y extraña (nada es contradictorio si uno no quiere), hago por llegar al final de este guión, ya muy cerca de la madrugada.
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Una brizna de luz dulcifica el cristal sin que medie un breve comentario... es una noche sin luna llena afuera y charcos de escaso radio bajo las pirámides invertidas de los paraguas, intermitentes miradas indirectas, únicamente gotas, quizá, o raíces que habrían roto el suelo empujando la alquimia... No puedo precisar, es tarde, son las tantas cuando escribo esto. Sin duda hubo un error que se me escapa sopesando pros y negando los contras en una continua gestación sobre las servilletas que traigo en los bolsillos. Ninguna teoría científica dice nada nuevo, ni rebobina otro desvío a Santiago.
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Tampoco hubo margen para que algo pudiese zarandear las flores del ciruelo en un prado ordenado donde resuenan pentagramas perfectamente colocados durante años. Sólo recuerdo que a nuestro alrededor se percibían oídos que gozaban oyendo nuestros silencios y ojos que se deleitaban persiguiendo nuestras miradas desde que se cruzaron en aquel espejo.
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También pude ver a alguien parado frente a unas tragaperras, de espaldas, ajeno al juego que jugaba la noche…
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Codorníu.
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jueves 24 de diciembre de 2009

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Llegadas estas fechas, quiero tener un recuerdo muy especial para Chumpéter y Saleta, que -durante un tiempo- fueron la encarnación de esas dos maneras de sentir la vida que se cornean dentro de mí.

Todos somos muy esclavos de nuestra historia y del proceso personal que cargamos. Desde nuestra más tierna infancia, hemos elaborado fantasmas, miedos y enterrado semillas emocionales que nos acompañan para siempre sin que seamos conscientes de ello. En este sentido podríamos decir que somos lo que nos han dejado ser; y bajo esa mirada, es cuando sentimos la vida como una carga.
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La de Chumpéter pesaba mucho.

Sin embargo, todas las personas tenemos y podemos desarrollar una vitalidad ascendente, hacer blandas nuestras rigideces y pivotar un poco más ganando espacio. Sé que todos los seres podemos soñar cosas, imaginar, tener proyectos, lanzarnos a realizarlos, asumir las dificultades... Entonces es cuando sentimos que somos lo que hacemos.
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Así era Saleta de leve.

Tal vez en eso consista el baile de la vida, una danza interna entre dos maneras de sentirse tan distintas.

A todos (no os cito uno por uno para no estropearlo) os llevo en mi corazón todos los días del año. En especial, en este solsticio de invierno.
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(Los langostinos son para vosotros. Los he contado y tocamos a tres. Las copas de Codorníu, son barra libre. Espero que no me traicionéis con otras marcas)
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Chumpéter, Saleta y Codorníu.
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jueves 17 de diciembre de 2009

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Me pregunto si aún creo en la belleza de los naufragios, en su temblor en el agua cuando la noche riza de forma plateada la superficie azul oscuro del espejo, en la presión que soportan los cansancios que llevan tu nombre; en la esperanza del otro lado del tapiz, donde hacemos los nudos.
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Me pregunto si aún llegará a tiempo el oxígeno que me dan los besos deseados, o las metáforas de Borges que releo ávidamente para zafarme de la asfixia. Y también, si aún existe el segundo crucial que maneja lo aleatorio, el billete comprado a mis espaldas, o el gusto por la torpeza que tienen los que no saben lo que hacen (o sea, todos nosotros).
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Pregunto, en definitiva, por los horizontes tan lejanos que soplaron las venas de aquel cuerpo que me citaba en plena juventud; incluso pregunto por el áspid sinuoso que frecuentaba los pronombres desaparecidos para siempre. Y sobre todo, pregunto por el sentimiento coral del amor, que saltaba entonces todos los misterios y hoy se abraza con fuerza a los pétalos perdidos.
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Con el tiempo, aún me pregunto si no son un sueño los pistilos que mi danza sobrevoló en su día; o si todavía existe la semilla prohibida, que entonces tuvo el poder de sembrar este cuerpo arado de recuerdos.

Codorníu.
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martes 8 de diciembre de 2009


En mis piernas retumba todavía el hormigón. El puente que atraviesa la carretera de Toledo vibra al paso de los coches y los camiones. Con los párpados entornados me dejo caer en el tresillo a la vuelta del trabajo. Son unos segundos tan sólo. Como cada tarde, enseguida se ponen en marcha páginas y páginas de rutinas milimetradas. Mi pobre Sísifo jamás deja de subir por ellas la bola que colecciona presentes imperfectos…

La mirada como boca de mina abandonada… y los sueños, exiliados en otro lugar por el efecto demoledor de este realismo sucio.

Codorníu.

viernes 27 de noviembre de 2009

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Apenas tengo nada que contar. En otro tiempo, me obligaba a escribir, sacaba petróleo de cosas menores. Como cuando la secadora comenzó a hacer ese ruido de locos, hasta que descubrí que lo hacían las cremalleras de las cazadoras que Saleta se fue dejando en mi casa. Qué nimiedad, ¿a que sí? Otro día, apareció el golpe del toldo contra la barandilla de la terraza. Y otro, la antena repicando en el techo del coche, impredecible y aleatoria.
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Después, vino lo de la tablilla. Una y otra vez pisando por encima de una maderita del parquet que bailaba. Al principio, tan sólo un «clinc» seco, como el que haría la campana de madera de un dojo. Algún día contaré de qué inesperada forma llegó a mi vida esto de colocar la atención en las cosas. Sin embargo, todavía no me explico bien cómo se fue. Percibo, únicamente, la estela de un tránsito borroso y difuminado. Me refiero a borroso en la conciencia; ese logro tan fugaz y tan costoso del "darse cuenta", donde los sonidos demasiado grises no alcanzan a poder ser un ancla y se quedan tan sólo en pobres compañeros de una gestalt que nos rodea desde la sombra. En el fondo, demasiados ruidos cotidianos para retenerlos en el presente. Sobre todo por un corazón -como el mío- con el que juegan tanto los vientos del pasado.

Aunque quién sabe... Tal vez, este ego -que pilota mi ser- esté harto de dar siempre un saltito para evitar el «
clinc»...
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Codorníu.
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sábado 21 de noviembre de 2009

Una mesa detrás de una columna me oculta de las miradas de los que pasan, toman algo y salen al rato. Si ladeo la cabeza puedo ver a los otros, a los que permanecen en la barra por los siglos. La verdad es que hoy no me interesan mucho sus movimientos buscando banquetas vacías ni su charla pegajosa en torno al partido que televisan este fin de semana. Cuando se marchan todos, el tabernero (el pobre tabernero, como gusta llamarse a sí mismo) se acerca a mi rincón, ávido de otras conversaciones, y me pregunta: ¿Qué lees?

Extiendo la mano hacia él y le acerco el libro. "Son rollos filosóficos", le prevengo a la vez que observo como pasa las páginas sin prisa, deteniéndose en el tacto del papel, abriendo lentamente una sonrisa que me intriga porque siempre tiene preparada alguna ironía en la recámara. Al fin, sus labios maldeclaman (como si estuviese leyendo teatro en una tertulia de poetas) unos versos de Taigui que sus ojos "escogen" dejándose atrapar por algunas notas a lápiz que puse por el margen:

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"Vuelan luciérnagas,

y al ir a decir: <¡Mira!>,

estoy yo solo"

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No lee más. Se da la vuelta -a lo torero- y comienza a recoger unas tazas que hay por las mesas. Cuando regresa al otro lado del mostrador, le oigo cacharrear con los vasos. Yo vuelvo a abrir el libro e intento colocar de nuevo la cabeza sobre los hombros de cartoné. Sé que tiene mucho "zumo" ese haiku. Mucho. Pero ya queda poco, es casi la hora de cerrar, y no sé si compensa seguir para dejarlo a medias. Me levanto. Me pongo la chaqueta despacio. Mañana más, digo en voz alta. Él sortea el mostrador y me espera junto a la puerta. Bajará el cierre en cuanto salga. Temo el momento, y me voy acercando de puntillas. Pienso -como cada noche- si podré alcanzar la calle sin que me remate.

Al borde del escalón, cuando ya estaba casi a salvo, recibo en mi espalda el chorro de una manguera de agua helada: "¿Sabes una cosa? Uno nunca está solo; porque por h o por b siempre hay una conciencia perturbadora que lo acompaña"

Qué canalla. ¿Habría leído la dedicatoria del libro, donde Saleta había escrito hace años: P’a ti p’a siempre?

Codorníu.

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sábado 7 de noviembre de 2009

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¿Es posible más locura todavía? Una sociedad que no cuida la enseñanza, que no analiza las causas de su fracaso, que se pierde -a buenas horas- en descargar culpas en espaldas ajenas no necesita que le pronostiquen su futuro, porque su mediocridad ya existe aquí y ahora.

En mi opinión, la derrota de las banderas psicológicas de la Educación de los años setenta y ochenta fue decisiva para lograr la desmotivación del alumnado desde las más tempranas edades. Ahora veo con claridad que se trataba de desactivar aquellos brotes tiernos que todo ser humano tiene de creativo, de solidario y de ético. Un hombre, una mujer así no darían el perfil adecuado que necesita esta fábrica de locos.

Dejo aquí un enlace con aquel sueño que ningún gobierno de la democracia se atrevió a vivir.

Codorníu.
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sábado 24 de octubre de 2009


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Qué cosas tan distintas se esperan del otoño. Para unos es fuego cromático; para otros, frío. A algunos les da alegría y calor, otros sólo suspiran y recuerdan. Unos desean conservar su pasado, otros quieren -como si pisaran sobre brasas- el olvido.
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En otoño se muere y se vive por dentro principalmente. Se quiere compartir con todo el mundo; pero, a la vez, se quiere guardar con avaricia. Hay otoños de todos los colores, para todos los gustos; y seguro que hay alguno que se parece más al que tú sientes. En eso andamos cada uno: pintando nuestro propio cuadro, donde lo subjetivo nos hermana.

Para mí es una burbuja hecha para ser explotada en voz baja, un cigarrillo a solas en un banco con los iguales acogidos a media mirada de distancia; o quizá, una taberna con público invisible. Eso también me sirve. Lo que importa es sacarlo de los libros y decirlo como quien inhala. Escuchar para adentro, porque son muchos los rumores que te contestan si eliges las mejores palabras para nombrarlo, para interpretarlo; para que no se diga sólo de una manera, como quieren algunos, los del pensamiento único y maldito. Aquél que intentó convencernos que el capitalismo era el único sistema viable, el menos malo de todos los posibles. Por el contrario, el otoño -como estado interior que es- lleva metido dentro música, pasmo y ese dudoso titilar que tienen las estrellas.

Porque además de contar palabras que caen de los árboles y pisar hojas secas, resuenan muchas otras cosas.

La canción de Serrat que Saleta adoraba, por ejemplo.

Codorníu.
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miércoles 14 de octubre de 2009

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Me cuesta pronunciar la palabra "cerrar". No me cuadra. Mis amigos se despidieron en otoño. El dolor fue tan inmenso, me lo recuerda tanto, que yo no puedo hacerlo. Siempre, por estas fechas, se me pone amarillo el corazón. Cerrar es como la savia que no llega a las hojas. Dije que no lo haría nunca. Defendí los descansos, las pausas, lo provisional... el cansancio tuyo, el mío, nuestros desalientos comunes compartidos. Hablamos sobre esto. Sobre lo absurdo de lo definitivo, del vacío permanente que deja un portazo. Sólo la muerte nos pone de rodillas. Nos desmonta las suaves transiciones. La muerte, y el desencuentro que hay en la vida real, ésa en la que creo cada vez menos. Por respeto a ti, sé que debía decir algo. Aunque no sé muy bien cómo ni qué. Tal vez, encuentre las palabras deshilachadas en los próximos días, pero nunca de forma inesperada. Eso (lo de irme yendo despacio), sí me cuadra. Agonizar es algo muy fuerte, incluso aplicado a lo virtual. También mueren los blogs según los dueños. Lentamente, en mi caso. Por tanto, no diré nada drástico. Sobre todo, no diré adiós. Además, nunca supe hacer bien eso. Creo (cada vez estoy más seguro) que me moriré sin cambiar bruscamente. Ya es hora que me conozca un poco. En mi vida hay tantos atardeceres... Tantos, como estaciones de trenes. Por eso no puedo evitar que en este momento el alma me resuene a despedidas, a pañuelos, a ventanillas, a andenes... Ahora, por ejemplo, me encuentro en ambos mundos (en el tren y en el suelo): dudando; con un pie en el primer peldaño de la estrecha escalera metálica y con el corazón, dividido, agarrado al acero frío de la barra. Colgando, en la otra mano, la maleta vacía.
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Lo siento.
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Codorníu.
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domingo 4 de octubre de 2009


Hoy, Mercedes se ha fundido definitivamente con su pueblo



En esta época oscura, donde es tan fácil confundirse, perderse y quedarse en el laberinto para siempre... volver a ti, escucharte, aunque sea en el día de tu pérdida, es ver esa luz en la palma de la mano, que unos pocos encendisteis para todos nosotros, los trabajadores del mundo.

Hasta siempre, hermana.

Codorníu.
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jueves 1 de octubre de 2009

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Estoy en una mesa, en un rincón donde sólo mis ojos murmuran frente a un espejo que vuelve profundo lo cercano. Me froto las manos como si las tuviera heladas. Sé que no es el frío del local, sino la ausencia de proyectos.

(El mar, distante como un eco ondulado me dice: Alcánzame mi copa, ¿quieres?)

Para sumirme en el olvido he abandonado las gafas en casa. A veces, no es suficiente para despistar a los recuerdos. Por eso me echo un colirio que agranda mi pupila y entro en tabernas desconocidas donde todo es ajeno. Se trata de una versión adaptada de aquello de vendarse los ojos y jugar a dar vueltas a la gallina ciega.

Es inútil, no obstante. Harto de las mareas previsibles, vuelvo la cabeza hacia el lado contrario: tintineo de estribos que el viento arranca a un galopar sobre las dunas de Corrubedo. Las manos tapando los oídos, aún me llega -desde mi infancia remota- el olor de un candil de parafina. Y con el olor, esa expresión perpleja que me venía en los genes.

Las metamorfosis siempre son lentas.

Codorníu.
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sábado 26 de septiembre de 2009

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Primero los jóvenes trepan, como las viñas, por los melancólicos soportes de sus mayores, que se complacen en sentir sus dedos suaves y tiernos.
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Luego los viejos se apoyan en los hermosos cuerpos de los jóvenes para
descender a sus propias muertes"

Lawrence Durrell, Balthazar.

Amaneceres suaves de otoño junto a los arcenes de la carretera. Silencios y cafés de gasolinera abierta, partidas de ajedrez, de cartas; rostros desconocidos. Palabras sueltas como restos impares de una zapatería de barrio. Monosílabos.

El tiempo simplemente transcurre.

Al regresar a casa me olvido del nombre y el lugar. Me confundo de calle varias veces. Todo a propósito para escapar del joven que trepa por la pared de un pozo. Cada mañana, afeitándome frente al espejo, siento como cae de nuevo abajo, al fondo negro e invisible de los viejos anhelos.

No sé por cuanto tiempo.

Codorníu.

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jueves 24 de septiembre de 2009

Extravío de pálpitos apresurados. Mis dedos ya no cuentan los días que faltan para vernos, ni mi mente imagina tocar los colores azules de tus hierros. Amarga en mi boca el sueño de una posible cita en la estación de Atocha sin ninguna esperanza. Tan sólo llevo cuentas de los insomnios, certidumbres que odio y apago lentamente en el cenicero.

En las camisas de cuadros como aquella, ya sólo veo ventanas cerradas como nichos. Las bandadas de aves, cuando se marchan, me dejan en la ventana un diccionario de silencios inmensos. Me pierdo entre los rostros lánguidos de nuestros amigos comunes en los aniversarios, entre los cuerpos cómplices de un sinfin de emociones subterráneas. Y aún años después, toco mi cuello para escuchar mi corazón, y la yugular acaricia mis yemas como nunca lo hizo.

Me sentaré otro otoño, amigo, en el sillón mencionado por Shiki; donde las agujas de pino esparcidas de aquel haiku dieron tanto sabor a nuestras conversaciones. Y luego me dejaré llevar de tu mano a Cabo Verde; porque sin ti no hubiese conocido a Cesarea Évora, y su música, y las premonitorias saudades que me vaticinaba.

Demasiados recuerdos revueltos, imágenes, añoranzas, amaneceres atrapados por Malasaña recorriendo todo aquello como vagabundos, sin señales precisas, sin rumbo, sin destino. Hoy soy un ángel preso que guarda sus sueños en una caja que pone “Aquel otoño” y los suelta como palomas para que se los lleven hasta sus bolsillos de nidos olvidados aquellos castaños de El Tiemblo que tú tanto amaste. Nidos vacíos de los que hablamos tú y yo tantas veces (mientras pudimos hacerlo), a caballo de palabras transparentes, suspendidas en el eco confidente de nuestras cosas.

Había que darse prisa y lo hicimos. Vinieron a buscarnos -tomaron la calle equivocada en mi caso y pasaron de largo-; pero tú estabas en casa esa noche. Con nostalgia, te extraño, amigo. Porque a veces no sé como soy sin tu espejo. En nuestro camino, la gran suerte de conocernos de corazón a corazón, como dicen los maestros de zazen japoneses; amparados en las sombras lunares de Pink Floyd, por ejemplo.

A veces me despierto -lo confieso- y tengo que escribir. Pero sigo sin saber dónde estoy.

Codorníu.

miércoles 23 de septiembre de 2009

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Otoño en la ventana;
no es que atardezca:
es que la lluvia es noche.

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Le dolía a la altura del esternón, por debajo de la camisa de cuadros. Son los gases, decía. Y se llevaba la mano al centro del pecho, a un lado del bolsillo, donde el paquete de ducados abultaba una tetilla intrusa. De cada cien veces, cien estaba en lo cierto. También, en ocasiones, el brazo izquierdo se quejaba de oficio. Iba, según él, apareciendo con la edad, anticipando el anunciado tema de la artrosis. Tenía buen ojo clínico. O demasiada suerte hasta aquella noche, cuando todos llegamos tarde a sus llamadas.

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Al entrar el otoño, se me empañan los ojos y las palabras mueren. Se vuelven cajetillas crujientes, ruidos de pergamino. Es muy difícil entender estas cosas. Comunicarlas. Mi corazón, que no se cansaba de pisar hojas secas caminando a su lado, siente por estas fechas, desde entonces, una daga de hielo pegada a la garganta…

Codorníu.

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lunes 21 de septiembre de 2009

Fui un privilegiado. A veces lo digo, me lo digo, porque sé que le viene bien a mi mente recordarlo. Nadie estuvo tan cerca. Ni siquiera Chumpéter, que recorrió su cuerpo mientras yo zigzagueaba por su alma como una zarza ardiente para ver como se teñía el pelo de todos los colores. Supongo que hubiera querido ocupar mi lugar (y yo el suyo) sin perder lo que ya por error teníamos como nuestro.

Nada más lejos. Saleta salía y entraba de nuestras vidas sin dar tregua apenas a mis cigarrillos. Entonces yo la criticaba ese encanto burgués, ese limbo donde felizmente fumábamos todos; ese desparrame ideológico, que me hacía libre ya de morir sin complejos, porque ella encantaba mis serpientes y otras cosas absurdas que aún me habitan.

En aquellos momentos -recién llegada de Cabo do Anxo- tomábamos café (ella me inició en el arábica de Costa Rica que le trajo un indiano) a sorbos calientes y sensuales. A mí me parecía un derroche lo que gastábamos en aquella buhardilla imitación Montmartre. Luego, salíamos a la calle, nos enfrentábamos a la cruda realidad de Lavapiés, y nos echábamos miradas escandalosas de mesa a mesa recostados en aquellos respaldos de terciopelos carmesíes del Comercial, a expensas de lo primero que se nos ocurría escribir en servilletas hechas bolas. No nos pedíamos discursos. Bastante nos habíamos estrellado contra el suelo para vendernos motos.

Aunque ya nadie enciende fósforos, entonces sí lo hacíamos. Nos quemábamos las yemas agotando nuestra presencia con los ojos. Por suerte, no sabíamos lo que era un móvil y pasábamos ampliamente de los policías de paisano que ocupaban las mesas de enfrente.

Codorníu.

domingo 20 de septiembre de 2009

Se atribuye a la escuela una culpa que tiene toda la sociedad. Luego, se vuelven los ojos hacia la sociedad para que se diluya toda responsabilidad, y el desastre quede en el anonimato. Se dice que los padres han hecho dejación de sus funciones. Aunque yo sólo veo trabajadores agotados que deambulan al regresar a casa como idos... perdida toda seña y sentido de identidad.

Al parecer, ya nadie quiere señalar al modo de vida que el sistema económico impone a las personas. Eso que eufemísticamente se ha dado en llamar "Los mercados" es el auténtico responsable del naufragio. Inútil análisis éste, y más inútil aún soñar con otro mundo... ¿Para qué hablar de metas imposibles, verdad? Sin embargo, todos sabemos que lo que está fallando es el motor.

La ambición, ese afán de enriquecimiento individual, lo ha impregnado todo con su mugre negruzca. El que pueda, que suba lo que pueda hasta donde le llegue el oxígeno. Ah, eso sí; por favor, cuantos menos mejor. Mientras, abajo, como dice Toro: Nos estamos comiendo los unos a los otros como caníbales.

La solidaridad, la compasión o el amor quedan para cuatro quijotes locos. No es moneda corriente que admitan los mercados para jugar a ser seres humanos.

Codorníu.

sábado 19 de septiembre de 2009

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Estamos ante un problema gordo-gordo: la berlusconización de la vida.

La basura, vende. Las malas noticias, venden. El miedo, vende. Da igual que sea la tele, la prensa o la radio. Todo este veneno hace engordar los medios. Parece una carrera contrareloj contra la ética periodística. La libertad -en este campo- es una irresponsabilidad absoluta, explicable sólo por la vorágine de hacer negocios y amasar beneficios.

No me parece mal que prohíban fumar en los locales públicos. Entiendo ese recorte de libertades en aras del bien común. Sin embargo, es infinitamente más dañino para el ser humano este bombardeo mediático que destruye a diario nuestras mentes.

Los niños crecen en medio de ese estiércol. Nadie corta la pescadilla que se muerde la cola. La empresa que no juegue ese juego, entraría en pérdidas de inmediato. Digamos que la gente ya es adicta al veneno. El famoso tango (Siglo XX, cambalache) se quedó corto hace mucho.

Codorníu.
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Aunque amanezca otoño en los cristales, yo sigo vendimiando. Para algunos quizá sólo sea un verbo. O un sustantivo: septiembre. Para mí es un sinónimo de andar cortando (por unas pelillas) racimos en Francia en los años setenta. Tal vez, como buscar el fuego, la caza, o una cueva al abrigo. ¿O es que ha cambiado algo?

En aquellos momentos, yo no pisoteaba el escobajo. Pisotear es un símbolo que no me gusta ni siquiera de lejos. Un verano trabajé en un chiringuito de playa y ahí comenzó todo. El jefe les despedía el 31 de agosto, y con esas se iban a vendimiar al otro lado de los Pirineos. Me monté en un camión para emigrantes españoles; hoy, olvidados, y no reconocidos en el otro: el boumerang que vuelve.

A lo tonto regresan los recuerdos, junto a las uvas donde salían todo tipo de cantes. Mi mes de septiembre -ése que me iba a Francia- era para mí, el mes de vacaciones en el banco. Yo no iba por las pelas, ya cobraba doce meses de doce.
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Mi juventud se desangraba camino de París, que seguía siendo una fiesta. Qué mierda que todavía alguien me adorne el presente fugitivo donde yo ya no soy nadie.
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Codorníu.
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miércoles 16 de septiembre de 2009

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Septiembre es un mes de transición. Un mes no apto para las prisas. Las ruedas tienen aún algo de cuadradas y los hemisferios cerebrales siguen deshaciendo nudo a nudo los cordones de sus zapatos. Debería ser un periodo suave, sin cambios bruscos, sin carreras. Como cuando atardece por la ventana del parque. Me apetece verlo así. El alma manda sobre el calendario.

Codorníu.



sábado 12 de septiembre de 2009


Azules... Mira que hay azules asomando por encima de tu hombro dorado y del hombro de la montaña, incluso antes y después del horizonte de tus ojos...

Este verano me quedé sin ver el mar, tuve que mirar al cielo de internet, y ahí siempre había alguien. ¿Acaso no es ése el mejor de los azules?

Cuando estaba nublado -con una de esas tormentas de calor-, volvía mis ojos a una piscina que tengo debajo de la ventana. Si estaba salpicada de bañadores chillones y cuerpos color carne (que era lo más normal), entonces miraba un barreño azul de plástico, que utilizo para lavar las hojas de lechuga.

Desde la "intifada" de Pozuelo me niego a ponerme un Lacoste que tengo azul clarito. Igual esta noche lo dejo junto a los cubos de basura para que lo recojan los cascos azules de la ONU, que -dicho sea de paso- tampoco me surlibellan lo más mínimo.

En realidad, me consuelo con mucho menos: los contenedores de papel y cartón también son de ese color tan divino y se llevan lo mejor de mí mismo. A qué nivel han llegado los becerros de oro de esta sociedad cuando a mí me "ponen" más estos ortoedros de papel.

Codorníu.

(Ah, la canción es para dos amigas: Calma e Inuits... Para que vuelvan; porque solos no somos nadie... y lo sabemos)

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lunes 7 de septiembre de 2009

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"Los viejos sueños,

eran buenos sueños.

No se realizaron;

pero me alegro

de haberlos tenido".

Clint Eastwood, Los puentes de Madison.

...Cuando en el fondo de la charca se ve una lata vieja y oxidada, una bota con la suela enseñando los clavos, una llanta de bici abandonada y semihundida en el fango...

(...Aunque uno sabe que también la charca acoge las nubes que pasan por el cielo, las aves que emigran en bandada; el rostro del que mira la lata, la bota, la llanta... y el espejo precioso...)

...Parece llegado el momento de darle un descanso a estos renglones. Poner un poco de paz entre loquesé y loqueveoysiento; recordarle a ese ramillete de yoes que me sueñan, que todo está abierto y disponible como la arcilla sin forma en el taller del mundo; que no es cierto que lo que espera -al otro lado del presente- es predecible por mucho que la rutina mental se empeñe. Que aún existe una mano tendida a la sorpresa, a la equivocación y a la magia.
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Codorníu.
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domingo 6 de septiembre de 2009

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Botellas vacías de albariño casero. Tubos (improvisados al azar) de un órgano tocado por el viento. Eso queda tan sólo.
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Brincando dunas, llegan a mi ventana ideas o palabras similares; sólo similares, nunca iguales.

Por detrás del horizonte, elevándose, un grupo de estrellas anónimas (apátridas del cielo, como fuimos nosotros) se asoman a mirar tímidamente, por si pueden ir saliendo sin peligro.
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Sus ojos alargan un resplandor con vocación eterna de princesas marinas, descuelgan trenzas de plata que iluminan nubes en horas bajas sin forma conocida; nos visitan para invitarnos a trepar aprovechando un parpadeo, un breve acontecer en nuestra vida; algo que, sin embargo, nosotros queremos que cruce muy despacio como los gusanitos de luz en las veredas. Parece que estemos hablando de las mismas emociones de antaño... Pero no.
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Tal vez, si acaso, cuando todo sea del color de los mitos, se atrevan a acercarse. Verán, entonces, que aquí hubo un ruido de fondo del que poco o nada quede ya a esas alturas. Ellas, que duran mucho, quizá contemplen los mismos escenarios…

Pero no.
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Codorníu.
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viernes 4 de septiembre de 2009

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Quién sabe si éramos nosotros.

De aquellos septiembres, apenas quedan hoy reflejos en la loza manchada por el vino. Ni rastro de las rosas.

Unos dedos -que ya han dejado de vendimiar hace décadas- marcan un número donde no hay nadie nunca.

Mi cometa se eleva buscando un ave perdida: alas abanicando el pasado (algo que no es nuestro, sino suyo), ojos que pasan y repasan, labios húmedos, sueños.

Oídos que llevan y traen risas, carreras, música del vecino... o simplemente ruidos, que cambian de sitio en pos de algún recuerdo abuhardillado.

Renglones cansados...

Codorníu.

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domingo 30 de agosto de 2009

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Me despido de las últimas estrellas.
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Es la hora de los faroles,
recortándose -entre lusco e fusco-
contra la mortecina luz del horizonte.
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Con las sandalias en la mano,
voy desandando las pisadas sin rumbo
como si junio jamás hubiera sido.
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Lo que me cabe,
ya sólo cabe en sueños.
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Codorníu.
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domingo 23 de agosto de 2009

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Gastón apuró aquel vaso de agua como si viniera de un desierto. Estábamos en verano, hacía un calor de muerte y salía de una habitación irrespirable. Parece que le estoy viendo con el pelo blanco de yeso, de polvo de la radial, de pintura…

Quién sabe las obras de pladur que habrá hecho después de la mía, los armarios empotrados que habrá vestido, los techos y paredes pintados, los pisos solados, los baños…

Sus hijos ya serán mayores, y la cuna que le pasé para la pequeña habrá cambiado de manos, dando relevos a ese motivo invisible que me surgió de dentro cuando conocí un poco de su vida.

Cada noche, cuando terminaba de trabajar haciendo remates en mi casa, nos sentábamos en torno a una botella de vino a la espera de que aflojase el calor de aquel agosto, perdidos los dos en la década de los ochenta. En seguida me di cuenta que no era un tipo corriente. No lo digo sólo porque hablásemos de Jung, Viglietti, la Gestalt… sino porque me decía con la mirada el resto.

Circunstancias (que nunca salieron en la conversación) le asignaron sin remedio ese papel gris para sacar a tantos hijos adelante por encima de todo, incluso de sí mismo.

El próximo día 24 de agosto, Gastón -ojalá sea en Montevideo-, saldrá a cenar y a bailar y a gozar… esté donde esté.

Y no me cabe la menor duda que al día siguiente celebrará su independencia y la de su país, por derecho propio.

Codorníu.

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viernes 21 de agosto de 2009

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El último día, antes de morir, nos emborrachamos Saleta y yo en un banco de madera del andén. Eran nuestras últimas horas juntos, y los dos lo sabíamos. Cuando llegó el tren, tuvo que cruzar la vía sin billete, deprisa y corriendo.
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Lo que aconteció -no soy muy de pisar uvas- ya está escrito y contado. Las sorpresas, como su nombre indica, me van atropellando. Digamos que tengo los oídos taponados. Que ni siquiera me llegan los potentes pitidos del maquinista, a pesar de que nací en esta estación, y que Buster keaton (el inexpresivo "Cara de piedra"), es testigo de que en ella he permanecido todos los años de mi vida.
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Si al otro lado de la sala de espera hay una carretera que lleva a un pueblo, o las casas y las calles están aquí mismo, es algo que ignoro. Tampoco sé por qué Saleta, en aquella ocasión, se bajó precisamente en esta parada, y no en otra. Por qué estuvo un tiempo (unos cuantos años) a mi lado, en este banco. O por qué tuvo que cruzar las vías (este día del que hablo) para coger un tren que pasaba en dirección contraria, y marcharse del laberinto sin mí. Dan escalofríos sólo de pensar que también yo tendré que irme de este andén de la misma e inexplicable manera.
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Aquí, todo es así: inexplicable. Como un ir y venir de trenes. Un estar, únicamente, para verlos pasar. Como si ésa fuera la función primordial: ser consciente, darse cuenta, conocer... eso es todo.
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... Ver a algunos (muy pocos) detenerse... luego seguir.
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Codorníu.
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martes 18 de agosto de 2009

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Recuerdo el día que fuimos a ver juntos “El pájaro de la felicidad”, un guión de Mario Camus que llevó al cine Pilar Miró.
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En especial, lo recuerdo por la salida del local; Saleta era muy de enmudecer cuando una película la había roto por dentro...
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Esa noche no quise dejarla sola. Al llegar a casa -como me temía- se fue derechita a por el poema de Ángel González con el que termina la última secuencia en aquel rincón apartado de la Isleta del Moro. Lo estuvo buscando en silencio, sin prisa, mientras yo entraba y salía de la estación de su pelo haciendo el menor ruido posible.
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Cuando vio que por fin paraba quieto, cerró el libro, alargó la mano y me lo pasó. No estaba cerrado del todo, me di cuenta al abrirlo. Había dejado de marcapáginas un lápiz de carpintero de los que usaba yo para mis notas de cocina.

"Añorar el futuro que no existe
es aceptar la vida despojada
de sus días mejores,
y vivir es igual que haber vivido
ya, sin que ese haber vivido
suponga -por desgracia- estar ya muerto".

(Hoy me he dado de bruces con la estrofa allí subrayada, porque han vuelto a poner la película por la tele. De aquella noche -como de todo- me quedan ya pocas cosas. Sin embargo, conservo el lápiz -intercalado en esa página- como un recuerdo que aún retiene el polen de sus dedos)
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Codorníu.
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domingo 16 de agosto de 2009

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Cristóbal Colón regateaba con su tripulación cada día. “Tranquilos, que ya falta poco”, era su dribling preferido. También mandaba yo esos mensajes a mis intranquilos mundos internos a lo largo del viaje en tren hasta la Puerta del Sol y la consiguiente subida a la superficie a través de dos tramos altísimos de escaleras mecánicas.
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Cuando al fin crucé la plaza Mayor, me vi recompensado, y así se lo hice saber a mi cuerpo con una limonadita bastante bien lograda que me tomé en la Cava Baja, en un puesto en la calle. Con el vaso aún en la mano, llegué a la carrera de San Francisco justo a tiempo de ver pasar La Paloma (el cuadro). Por cierto, que -con lo bonito que es y el ambientazo que siempre tiene esta procesión- creo que debería llevarse a hombros, no sobre ruedas, que parece que en Madrid vamos de señoritos.
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La imagen iba precedida de un puñado de bomberos en formación, que parecía que los habían escogido. La gente de este barrio, que no se corta un pelo, aprovechaba para decirles de todo. No podría repetir las ingeniosas baterías de piropos que escuché en poco menos de un minuto. “Tío bueno, macizo, guapo” es lo más escueto que les repetían a cada metro que avanzaban. Incluso cuando estaban parados: ahí, más todavía.
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Cuando conseguí pasar al otro lado, recorrí la calle Calatrava y constaté que aún quedaban bares de los de toda la vida donde tomar una segunda limonada. Sin embargo, no hallé ni rastro de aquellos puestos de partidos políticos ni asociaciones de vecinos, etc. que había en mi juventud, y que tanto ambiente reivindicativo daban en la época del alcalde don Enrique Tierno. Eso sí, muchísimos mantones de Manila por los balcones: cada vez nos parecemos más al Corpus de Toledo.
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Dicen que el personal está de vacaciones, pero no se podía dar un paso. Así que tomé por la calle de La Paloma, donde apareció el cuadro, y entré en El Atril, un bar de los de siempre, regentado por un asturiano y un cubano. Como puede deducirse, la limonada hecha por un cubano puede ser de traca en mi caso. No podía dejar pasar esa oportunidad. Claro que tampoco iba a salir de allí sin tomarme un daikirí, cosa con la que rematé y con la que me pilló de nuevo el cuadro de La Paloma que regresaba a su iglesia después de procesionar por el barrio. Desde la puerta del bar, pude comprobar de nuevo que los “piropos” a los bomberos resonaban como trabucazos a medio metro, dado que la calle es más estrecha, y las distancias, cortas.
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De vuelta a Sol miré el reloj y pensé que aún me daba tiempo a pasarme por la calle de la Ternera, por un local llamado “Cuando salí de Cuba”, y allí me dirigí. Dentro había un trío cubano interpretando en directo canciones de la Isla. El ambiente era tan bueno (parecía La Habana). que me sentí transportado, me acodé en un lateral y estuve un rato largo disfrutando.
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El tiempo debió correr a mis espaldas, porque al intentar coger el tren ya estaban cerrados los de cercanías. Me dio igual, hay cosas que te llevas por delante “p’a ti p’a siempre”.
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Que la vida es el único juego donde no se regresa a la primera casilla cuando te comen.

sábado 15 de agosto de 2009

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La receta auténtica de la limoná de La Paloma no es difícil de conseguir. Ésta que os voy a pasar es de primera mano, ése es el puntito que la hace personal y cercana.
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A lo largo de varios años (en la década de los setenta) despaché esta bebida en puestos callejeros por las fiestas. No hace falta concretar más, es de imaginar... eran otros tiempos y el cuerpo parecía de goma. Saleta y Chumpéter andaban por allí, como yo. Sirviendo vasos de limonada sin parar hasta altas horas de la madrugada.
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Équili cua:
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Para un litro de vino blanco se necesitan 4 limones, un palo (o rama) de canela, 4 cucharadas soperas de azúcar y un litro de agua helada (o sea, de hielo, vamos).
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Variantes admitidas: Se le puede añadir una manzana -no muy madura- en trozos, le da su toque. Otras frutas, no: la vuelven más dulzona de lo que tiene que estar.
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(Algunos no se quedan tranquilos hasta que no le echan un chorrito -una copita- de cointreau para dejarla a su gusto. Otros, prefieren poner vodka o, incluso, ron blanco. Uno de los tres; los tres, no. Aunque este detalle del alcohol se puede obviar)

Elaboración: El día anterior se dejan macerar las cáscaras de los cuatro limones, el palo de canela y el azúcar bien disuelto, todo en el vino. Pasadas las 24 horas, se añade el hielo directamente y se agrega el chorrito de alcohol según los gustos.
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Por último, se remueve hasta que enfría bien, y se sirve.
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¡De verbena, oiga!
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Codorníu.
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viernes 14 de agosto de 2009

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Lo de la patrona real de Madrid es todo un caso de implantación popular. Este fin de semana -que me perdone San Isidro, santo donde los haya, labrador y ejemplo de currante humilde, que también cuenta con una romería muy tradicional, así como un amplio repertorio de milagros (toma aire si estás leyendo en voz alta)- son las fiestas más bonitas de la capital. El ambientazo que hay por las calles de este barrio (no me refiero a conciertos u otras actividades colaterales, que eso es otra cosa) es para vivirlo en pleno mes de agosto donde –a pesar de lo vacía que dicen que se queda la ciudad-, sale gente hasta de debajo de las piedras con su vaso de limonada en ristre, su gorrilla de chulapo (a lo Ibrahim Ferrer) y su clavel rojo en la solapa.

Me estoy refiriendo a las fiestas de La Paloma, que sin ser la patrona oficial de la capital le ha quitado el ambientazo popular a la titular, la Virgen de la Almudena.

La Paloma, patrona (esta vez, sí) de los bomberos, es toda una institución en Madrid. Su culto arranca del siglo XVIII, donde -según la tradición- unos chiquillos habrían cogido de un montón de leña de una tahona próxima a su domicilio el cuadro de una Virgen de la Soledad en el que el anónimo artista tomó como modelo a una monja burgalesa. Al parecer este retablo pasó a ser venerado en un portal de la calle de la Paloma, de dónde vino su nombre.

No me atrevo a hacer un análisis del cuadro. Sé quien lo haría mil veces mejor que yo, de aquí a Lima.

Codorníu.
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jueves 13 de agosto de 2009

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Cuando dejó de soplar el viento (perdón: Cuando me enteré que había dejado de soplar), el futuro no tardó en tragarse todo. Maldita calma chicha.

Hasta entonces, hinchaba los “siempres” de mi vida surcando mares sobre un charco, un pilón o un estanque. Mi ombligo dio refugio a las pocas tablas de aquella escuadra invencible que mandé un día para luchar contra las circunstancias naturales.

En una de esas playas (qué más da) arribó un mundo de vaivenes. Milagrosamente, hallé uno que abría para fuera. Lo demás, sólo marcas de labios, sin fregar, abandonadas en la arena; sacadas del mar (una y otra vez, por la misma ola) a pocos metros de la orilla.

Marcas, al mismo tiempo borradas e imborrables.

Como Pessoa, finjo que escribo, finjo fechas, finjo. Todos los veranos emulsiono verbos en una piel a la que siempre llego después que el sol.

Este agosto me propuse deshacerlo al revés. De esta forma me he saltado los renglones peores.
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No hay desolación o desamparo que resista el ritmo de una bossa.

Codorníu.
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miércoles 12 de agosto de 2009

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Cuando entro, el chino de abajo está solo. De fondo se oye muy bajito una tele pequeña que tiene medio oculta en un rincón del mostrador. De espaldas a ella, el chino de abajo fuma pensando en sus cosas: la misma ola rompe una y otra vez contra los acantilados verticales de su frente.
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Hasta la cucharilla con la que da vueltas a la taza se sabe de memoria sus pensamientos. En la calle sigue haciendo calor. Trepa por los dos escalones de la entrada, ni siquiera puede soportarse a sí mismo. Siempre atento, el enorme ventilador le gruñe. Le hace retroceder como a un perro al que le llueven piedras. El chino de abajo no quita los ojos de la puerta, asoman unas voces. Me quedo un rato a mirar cómo le piden chuches los niños y latas de cerveza los trabajadores rumanos de las obras. En verano siempre hay quien aprovecha para cambiar una pared de sitio o hacer un baño más grande mientras se va de vacaciones.
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Los niños se ponen de puntillas para llegar al mostrador. Si yo tuviera su edad me sentiría alto como la Luna. A su edad no se puede, se siente uno pequeño. Los obreros descansan en los escalones y miran al cielo mientras beben en silencio. Si yo hubiera trabajado todo el día bajando escombros, buscaría en que parte de mi vida está el trozo de Luna que falta por la noche.
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Me siento a su lado. Algo ha tenido que fallar en esto... es demasiado tarde para estar en otra parte.
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Cuando se van los niños (sorteando nuestras piernas), veo que uno lleva un chicle blanco pegado en el pelo azabache.
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Codorníu.
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martes 11 de agosto de 2009

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Se supone que los padres estamos para guiar a los hijos: "No hagas daño a nadie, se buena persona; siempre que puedas, ayuda a los demás; aprende inglés e informática; si te pegan, defiéndete, etc. etc."

Cuando yo era pequeño, el día que tuvimos que elegir idioma el asunto me pilló como en todas: mirando al mar azul que se abría como dos alas inmensas que le salían al faro del acantilado… Ya casi ni recuerdo quién estaba a mi lado ese día. Los pupitres eran de a dos; un chico, seguro que era.

Nos dijeron así, de sopetón: O francés o inglés. El noventa por ciento fuimos a francés siguiendo la linde. Sólo los listos (entre comillas) escogieron inglés.

Con esto no quiero decir que me arrepienta de haber hecho francés. Siempre me pareció con diferencia mucho más dulce y sensual para el amor. Además, gracias a ese día hubo y hay una larga lista de satisfacciones en mi haber que me explican como individuo: Brassens, Leo Ferré, Jacques Brel, Moustakí… los impresionistas, los existencialistas, el Sesenta y ocho… Vamos, que yo no sería quien soy… ni sabría que el
bidet venía de un caballito… ni que chandail significaba un jersey utilizado por los vendedores de verdura.

Por otra parte, sin tener ni pajolera idea de la lengua de Francis Drake, he vivido y vivo bien; no me falta lo necesario, y siempre tuve trabajo y corazón, cosas que ahora constituyen casi un milagro.

Abrevio para no cansar: los hijos de los “listos” de hace cincuenta o sesenta años están ahora estudiando chino. Sí, sí: chino. Quien no me crea tiene la posibilidad de tirar del hilo y pensar porqué un idioma como el inglés –sin más defensa posible que la meramente filológica– se ha convertido en el “esperanto” del planeta.

Pues el chino, el idioma, por la misma razón hará el mismo camino. Ya lo está haciendo...

En Bolsa se dice: “
Compra cuando todo el mundo venda, vende cuando todo el mundo compre”. Una lástima que no vivamos cincuenta años más para recoger el dinero de las apuestas.
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Pepe.
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lunes 10 de agosto de 2009

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Todo lo que cuento es cierto. No hubo agosto en mi vida con más postales imaginadas que éste. Sólo se oye el claqué de mis suelas por la casa. Ni siquiera aquella tablilla histórica del parquet pudo mantener su clic hasta finalizar el curso. Tampoco la manivela del toldo ha rozado una sola vez la barandilla. Para eso, para poner en su sitio a un objeto perturbador (un tic tac, por ejemplo), haría falta mucho más que una buena tormenta de verano.

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Ahora que he reparado el ruido de la secadora, la hecho de menos. Siguiendo su ejemplo, es una suerte no tener que llegar a ningún sitio... bastante geografía hay ya dentro de uno. En palabras de Yupanki: "El hombre está donde quiere muchas veces y no lo sabe".

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Según a qué horas, no hay nadie en esta ciudad y hasta parece humana. Qué pena que tenga que desaparecer la gente para que un núcleo pueda recuperar su rostro amable, sin crispación. Sería otra cosa, no hay duda. Estas ampollas que tengo por dentro no las hacen las casas, los edificios, las callejuelas ni los puentes para curzar la carretera...

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La maldita tensión se fue a la playa con todos.

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El híper (las multinacionales) es lo único que resiste. Bueno, y la piscina de abajo, la que abren a las once y media. A esas horas -cuando la miro- me evoca los dos azules, el del mar y el del cielo. Incluso puedo ver las dunas. Luego, ya es otra cosa: hay un crío pequeño que le están obligando a nadar y se pone a morir en el agua. Entonces no me queda otra que estanquear las ventanas para no salir a malas con la madre. Ella no sabe que los gritos de angustia siempre me rajaron el alma.
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Ayer tuve que hacer cosas a media tarde. Crucé y crucé, y todos los semáforos es como si estuvieran en verde. Se han marchado los que pueden hacerlo por motivos dispares. Las tiendas (las abiertas, claro) hacen un horario especial de verano; nunca se sabe cuando abren. Ruleta rusa urbana...
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Con salir a la calle cada día, ya me he ido de vacaciones (con la mente) y he vuelto. Es barato.
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Me van llegando postales como dosis. Tal vez, como mascarillas de oxígeno que no me hacen falta en absoluto. Hoy, sin ir más lejos, recibí una de las de verdad de mi amigo Carlos, de La Paz. La postal -contaba con ello- era del Machu Pichu. No soy adivino, pero lo tenían tan a mano... Están un poco hartos de turistas... la gota del mar un poco harta del mar. Me imagino aquellos caminos del inca como el metro en hora punta... allá arriba... tan alto...
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(Me lo dice ya él... no fuera a pensar yo en un paraíso)
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Hoy estuve todo el día leyendo en mi habitación, que es donde se sueña mejor si uno no está acunado por las olas a la orilla del mar. Sé que no hago daño a nadie por embestir molinos agazapado tras los cristales. Ya el aire acondicionado -como la libertad- se cobrará factura.
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De algo hay que morir, pero esta vez no será de estrés.
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Y desde luego, me alegro que agosto no se acabe.

Codorníu.
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