28 de diciembre de 2016


«Imagínate que vas en una barca, avanzando tranquilamente por un río sereno, dejándote llevar sin prisa. De pronto, otro bote, arrastrado por la suave corriente, se acerca al tuyo. Intentas alejarte de él para evitar el choque; pero no lo consigues. El bote, que se ha soltado de alguna amarra, golpea tu barca y hace unos buenos rasponazos en la madera brillante, recién pintada. Te vuelves, buscando a alguien ávidamente; mas no hay nadie en ese bote. Gruñes por dentro. No te gusta el incidente; pero aunque lo lamentas, no te enojas. Con quién habrías de hacerlo»         
                                                         (Chuang Tzú)

Nada más comenzar los setenta, Saleta y yo (cada uno por su cuenta) habíamos desembarcado en Santiago, en una de esas locas ideas del destino que hicieron converger nuestras vidas, aparentemente irreconciliables.
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Aquella pensión de la rúa del Franco, a un paso de la facultad y las tabernas, terminó de juntarnos. Los dos, por separado, debimos encontrarle algún encanto, porque nos quedamos sin dudarlo. Ella no sé qué vería; pero mi habitación era amplia y tenía una envidiable galería acristalada llena de potos, con el piso de madera barnizada y calentita, además de unas vistas ideales para colgar, definitivamente, el recuerdo de las fachadas grises y desconchadas de mis mundos internos.
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El roce es la prueba del algodón de todos los acoplamientos; y, aunque al principio supimos que éramos muy distintos, con el tiempo sentímos el magnetismo de todo lo contrario. Mientras yo engullía las teorías de Keynes, Samuelson y Schumpéter (como si en su mano hubiera estado alguna vez resolver los ciclos históricos del capitalismo), Saleta no dejó ni las raspas de aquellos autores orientales que luego yo habría de vaciar por las servilletas de los mostradores de las tabernas de Lavapiés.

Ninguno de los dos aguantamos los cinco años preceptivos. Ya en el primer curso, llené nuestra relación de gráficos, tertulias literarias, viajes a Portugal... y cine, mucho cine. Algún fin de semana pacté con Saleta, a regañadientes, unas escapadas al galope, cámara al hombro, por los puertos y acantilados que surgían entre aquella bruma nada más abrir el suplemento de la Voz de Galicia. En mi caso, buscaba rincones mágicos para llevarlos a revelar; sin saber entonces el porqué de esa carrera que llenaba de un retumbar de cascos mi interior, persiguiendo la foto que abriría el corazón de la princesa, como en los cuentos de Andersen. Ella, por el contrario, aprovechaba cualquier remanso en el día para repetirme: Deja de buscar. Aquí mismo -estés donde estés- hay Presencia presenciando. Y lo que sea que conoce a esta Presencia es la Presencia misma.  


La magia acabó un día en que Saleta sintió agotada -por el momento- su relación conmigo. La hora llegó en las escaleras de la iglesia de San Martiño Pinario, al abrigo de una barandilla curva de piedra. Allí me puso la mano en la boca cuando la acercaba a la suya y volvió a insistir en que somos tan solo mente, una mente viendo películas. <La misma consciencia asumiendo innumerables formas>, dijo. También me explicó que nuestro gran error había sido identificarnos con un personaje y creer ciegamente en las cosas que vemos con los ojos de este cuerpo. Una vez que nos hemos imaginado a nosotros mismos siendo una entidad separada, el peregrinar en busca de la felicidad a lo largo y ancho de la película (el mundo exterior) es inevitable.

A partir de ahí, estuvimos callados unos minutos. Por mi parte, necesitaba absorber el impacto de su rechazo; de esa manera lo vivía yo, mientras sonaban las campanadas de la Berenguela. Tras la última, se levantó como impulsada por la impresionante sonoridad del silencio, me ofreció su mano para hacer lo propio y tiró de mí. 

Ya no la solté. Esa noche cruzamos la plaza de la Quintana así, como si fuéramos una pareja de enamorados. Pero a la mañana siguiente, cuando me desperté, ya no estaba.
Codorníu.

1 de noviembre de 2016

¿Qué nos queda por hacer?
Tan solo las maletas,
ir a la estación sin ellas,
subir al tren...
y despedirnos 

de nosotros mismos.

Esa es la única práctica, 

si es que hay alguna. 

                              Wei Wu Wei
        

He necesitado décadas para comprender la relación que guarda lo percibido con el testigo; lo que hay entre la imagen en el espejo y el espejo en sí mismo. La mera comprensión por inferencia lleva toda la vida: ahí está Sísifo para atestiguarlo. Pero si lo que se pretende es ir más allá y conocer la realidad cara a cara, como ha de ser (prescindiendo de los conceptos que se interponen, deshaciendo los nudos que trenzaron símbolos sobre símbolos), ya no se le puede poner una fecha al momento final.

Cuando ya tenía una idea de lo que era el camino espiritual, Saleta me cambió el contenido y me fue rellenando por dentro con otros materiales, sin saber ni cuáles ni cuántos ni hasta cuándo. Esto que hizo conmigo se parece mucho a subir sacos de cemento, obrar las rozas, meter los cables, instalar lámparas, bombillas, interruptores, darse de alta en la compañía; resolver imprevistos a ciegas sin saber lo que va a tardar la negra oscuridad en ceder... 

En esta época del año, no solo aparecen por los cajones sus gafas redondas de espejo al ir guardando la ropa de verano... ahora también se me va la tarde por los bares leyendo renglones en servilletas arrugadas y hechas bolitas, que recojo disimuladamente al pie de las barras para completar un puzzle con todas las pistas que Saleta me deja. 
Codorníu.

10 de abril de 2016

Esa consciencia es la respuesta al "Quiénsoyyo" que estás buscando. Tú Eres esa consciencia; pero nunca puedes verte, porque no es algo que está separado de ti. 
                                    Annamalai

Dos años y unas dunas pueden alzar suficientes barreras. En eso ando pensando hoy, que me he atrevido a subirlas y plantarme delante del Atlántico para releer los renglones a mano de una de las cartas de Saleta; una que aprieto con fuerza para que no me la quite el viento del pasado. 

Todavía no termino de atreverme a dar el salto que me pedía en aquellos momentos; aún me muevo «tocando las cosas con los ojos», como decía ella, burlándose de mí en buen plan. Soy consciente que, como reza en su carta, algo, ante mis narices, se me escapa; algo de lo que no percibo la más mínima comprensión directa. «No hay un mundo externo a ti, no hay un mundo fuera de tu mente»,  repetía cada dos o tres párrafos.

El recuerdo de tamaño disparate hace que las líneas de mi mente dividida sean lo más parecido a una ría donde se cornean el agua dulce y la salada como en una melé de rugby. Mientras quede un objetivo por lograr, el grosor de un pelo será un océano muy ancho, imposible de achicar; porque la energía agotadora de las mareas se va en la persecución de fines. 

La carta terminaba diciéndome: «Ahora que estás frente al mar, sigue mirando olas, es una buena práctica; solo has de admitir, a la vez, la posibilidad de que, aunque miras, no eres tú el que mira».

Codorníu.

12 de marzo de 2016


"El problema no son los pensamientos, sino el hecho de creer que son míos".


El guión ha pegado un volantazo para no salirse de la pantalla. Aún estoy paralizado ante la sola posibilidad de renunciar a mi identidad especial como individuo. 

De la mano de Saletarecorro el dulce laberinto. Se acabó aquello de mezclar extravagancias de la vida secreta, la privada, o la íntima. Aquel "gris pena" que veía en las ojeras de Lavapiés ya no impulsa mis velas en busca de las Ítacas ni proyecta singladuras navegando en lo externo. 

Cada día, un acto tan sencillo como es abrir los ojos supone la entrada a un cine para consumo interno. La pantalla es la misma que en la sesión de noche: la mente impersonal donde todo sucede. Pero, de aquella jaula, aún queda en la pared el clavo inútil; y, en lugar de un personaje del celuloide, sigo creyéndome un espectador sentado en el patio de butacas. Al menos, esos recuerdos me quedan de aquellas últimas charlas con Saleta en la terraza del Achuri, mientras no paraba de hablarme sobre la bondad inocente de lo inesperado, o la "manifestación" global donde encaja el sol de estos inviernos imperfectos. 

No puedo evitar, sin embargo, que un sabor a ceniza y desencanto hormiguee en mis labios desde dentro. A la boca me viene una escena de la película Matrix en la que uno de los protagonistas, Cifra, está comiendo un filete que sabe que no existe

Cifra prefiere vivir en la ignorancia, porque esta es la única felicidad que conoce.
Intento que no sea mi caso.
Codorníu.

16 de febrero de 2016

Pepe, tío Pepe para todos nós.

Teño especial querencia pola xente que naceu en febreiro: Andrea, Iria, Alberte, Pepe, Marisa… as miñas queridas irmás… e naciches ti, benquerido Pepe.

Febreiro é tempo da Candelaria e de San Brais,  desas festas tan propias que poñen o pano ao inverno e abren as portas a unha nova primavera.

Ademais,  Febreiro é un mes máxico para os galegos :
- Os días duran máis e o sol xa quenta un chisquiño.
- Comezan a florecer os salgueiros, as mimosas, os pexegueiros, os loureiros, os toxos…
- Nacen as patacas de cedo. Os fentos (ou fieitos, como dicides pola Terra Chá) botan esporas.
-Os gatos  e os esquíos entran en celo.
-Os paxaros casan.
-Nos ríos aparecen as primeiras troitas.
-Os rapaces atopan os primeiros niños de merlos e pardais.
-Xa se escoitan as rás nas charcas e vanse da Lagoa de Cospeito  algunhas aves que viñeron a invernar.

 Será por iso polo que sodes tan especiais os febreiráns, os nacidos neste mes. Especiais e orixinais coma o propio mes, que como sabes tiña 30 días, pero dous emperadores romanos –os de Lugo diso sabedes moito-  roubáronlle cadanseu día para facer máis potente o mes  que levaba o seu nome: Xulio César para Xullo e Augusto outro para Agosto.
       
Todas estas concorrencias fanvos únicos e inesquecibles. Por iso estamos hoxe aquí para compartir contigo esta data tan extraordinaria.

Querido Pepe, aínda me lembro cando te coñecín. De soldado, eu. De tío de Madrid, ti. Amable, correcto, discreto e servizal. Sempre coa tía Estrella ao teu carón, ensínacheme Madrid nunhas longas andadas. Amena e versada conversa, pero cun ollo posto en min e outro na filla de teus cuñados de Lugo…

Aqueles encontros tiveron outros e, xa na familia, foron moitas as cañas na Cava Baja, nos areais de Alicante e agora nesta paisaxe estraña de Madrid.

Ao longo deste tempo, apreciei en ti os trazos propios da bonhomía: delicadeza no trato, tenrura na proximidade, sinxeleza no comportamento e espírito observador na túa faciana, e por riba de todo fidelidade á terra e á túa xente.

Propiedades Pepe, que te fan merecente dos dous adxectivos máis fermosos que cantamos no noso himno: bo e xeneroso.

Un galego bo e xeneroso pero tamén sabio que, coma aquel Balbino do conto de  Neira Vilas (este ano por certo orfo), fuches un neno da aldea, un neno pobre, un ninguén, para acabar sendo un home rexo e firme coma un buxo... aínda que con raíces  de Pino.

Quixera rematar este enredo no que me meteu o teu fillo, cun verso doutro chairego coma ti, que está de actualidade este ano: Manuel María, o poeta de Outeiro de Rei que describe magnificamente a túa querida terra, pero que, lendo de vagar ben podería perfectamente referirse a ti:

Ollade a Terra Chá dende as alturas,
é semellante a un mar en calma.
Pra medila só valen dúas mensuras:
Ferrados de corazón, fanegas de alma!

Parabéns tío Pepe por esta longa andaina e grazas por deixarnos facer este camiño xuntos.

Emilio Castro Fustes, 13 de febreiro de 2016.

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(Muchas gracias, Emilio. A ti, a toda la familia de gallegos que vinieron al cumple y a todos aquellos que -no pudiendo seguir a mi padre en su longevidad-, estuvieron inequívocamente presentes en este homenaje, participando desde nuestros corazones)

Codorníu.

7 de febrero de 2016

En el centésimo quinto aniversario de Pepe citemos a Shakespeare, trayendo quizás la línea más famosa de Enrique V: “Una vez más en la brecha, queridos amigos”

Pues bien, una vez más en la brecha, queridos amigos, alrededor de Pepe Padre para los que nos movemos por esta turbamulta de Madrid, tan cambiante, tan imprecisa, tan estridente y tan oculta; una turbamulta de tabernas y plazas, de mercados y corros que se resisten a disolverse así lo aconseje la hora, así lo ordene la autoridad, francamente incompetente en la mayoría de las ocasiones. 

Como ya se hizo notar el año pasado por estas fechas, Pepe forma parte ya de este paisaje alegre y desquiciado; es uno más, desde mucho antes de que naciéramos casi todos los presentes, en la lucha por rescatar a Madrid de la barbarie, por reconquistarla para la libertad y la sensatez. No se ha dejado la vida en ello, sino que ha preferido enseñarnos a acaparar vida extrayéndola desde los escombros y la miseria moral que nada en billetes, chanchullos y solares para devolverla a su lugar, a la calle, al mediodía inacabable de vermú y conversación, a las palabras que dicen realmente y a la dignidad de quienes, como él, siempre han levantado la cabeza con firmeza ante tanto retoño de cortesana como pulula, maqueado fetén y apalancado en el asiento de atrás de un buga, de la hostia, eso sí. Lo que quiero decir, estimados allegados venidos de allende internet, es que nos  lo quedamos. Que Pepe es nuestro, vamos. Lo que no le impide ser muy suyo si la ocasión lo requiere. Supongo que todos los asiduos saben que me refiero a esa expresión risueña con la que nos recibe cada vez que rendimos visita; una expresión que denota cariño, ilusión por el encuentro, afabilidad, memoria dispuesta a recoger más sensaciones del momento que se abre… y algo más;  un rasgo intencionado, sutil y malévolo, bienhumorado y esquivo como la finta de un boxeador: Vamos, que una pizca de cachondeo se guarda el bueno de don José en la sonrisa. Que más de una vez me he dado la vuelta para ver si detrás de mí sucedía algo llamativo, o he bajado la mano con disimulo en busca de la bragueta presuntamente abierta. Y no; ni estaban las vergüenzas al aire ni se aparecía la virgen a mis espaldas. Lo único que he constatado de esa sonrisa polisémica es que ser un cachondo (siempre en su justa medida, nobles amigos) es condición indispensable del sabio. Demasiado ha visto y demasiado ha aprendido Pepe para no sonreír ante nuestra prisa, ante nuestras preocupaciones (que nunca desprecia por nimias: más bien las comprende y las hace un poco suyas), ante nuestro aprecio y ante nuestra insana costumbre de saltarnos el régimen y sentirnos culpables. Sé que se ríe de lo segundo, no de lo primero.

Suyo, nuestro, de la meseta, del prado, de la ciudad… ¿De dónde es Pepe, al fin y al cabo? Se atribuye a Richelieu la sentencia que asegura que basta con hacer cónsul a un gallego, pues él sabrá buscarse el consulado. No creo que una representación diplomática haya sido nunca el anhelo de Pepe, porque no creo que pueda ser el anhelo de nadie que se tenga por sensato. Al fin y al cabo, representar a una nación es reconocer que las naciones existen, cuestión sobre la que siempre he tenido dudas mucho más que serias. Nunca he sido capaz de sentirme parte de un lugar, ni he sido capaz de aceptar los honores y deberes que una patria exige. He leído con fruición las memorias de Pepe, que tan diligentemente ha editado su hijo, Codorníu para los de estos andurriales, y he encontrado un sentimiento parejo. Ni se defiende una tierra, ni un nombre, ni una bandera; se defiende la libertad, la dignidad, la honradez, el trabajo y el amor. No es verdadera pasión la que pueda despertar un himno, un idioma, o un escudo, sino la que se siente en una buhardilla, en un baile de domingo, en un bolsillo lleno de esperanzas, en el abrazo de un compañero muchos años después, en una mujer, en un hijo. Pepe, y respondo la pregunta que dejé en el aire, es de aquí (sea donde sea), y de ahora (sea cuando sea), porque es de todos nosotros, que es una forma realmente elegante de ser, como ya se ha dicho, muy suyo.

Por cierto, y para los amantes de las cifras: a los treinta y siete mil novecientos ochenta y seis movimientos de rotación que festejamos el año pasado hemos de sumar otros trescientos sesenta y cinco, por lo que el cómputo total de amaneceres y crepúsculos que ha completado don José asciende a treinta y ocho mil trescientos cincuenta y uno, lo que es muy fácil de decir, pero muy arduo de vivir.

Sólo me queda proponer el brindis de rigor, por Pepe, por supuesto, pero también por todos los que entráis aquí, pues quiero terminar con la misma cita de Shakespeare con que empecé para indicar que cuando este día sea nombrado, todos los que estuvimos aquí, a su alrededor, nos pondremos de puntillas, sabiéndonos honrados.

Álvaro M.R.

(Muchas gracias, cuñao)
Codorníu.

18 de enero de 2016

Somos símbolos, que habitamos símbolos.
            Ralph W. Emerson

La soledad levanta olas enormes, salta distancias infinitas, remueve los fondos limosos del pantano. Hay mucho tiempo para leer y releer esos renglones a mano del corazón, que testifican la insensatez repetida en mil ocasiones, hasta soliviantar emociones que parecían escondidas y olvidadas. A veces no me atrevo a seguir, me muevo por la linde, midiendo mucho; precavido, desconfiado... Consciente que, como decía Saleta en una de esas raras ocasiones en que salía de su mutismo, la verdadera presencia solo se valora a través de la ausencia. Como siempre, la puñetera, pegándose a la piel de mi memoria como el salitre.

Hoy se me empaña la vista ante el retrato sepia de nuestras vidas, cuando ya cada vez va siendo más evidente que no puedo hacer nada. Tampoco antes podía, sin apenas vida real a qué engancharme, como ahora sospecho. La posibilidad de que mi persona se fragua con la misma naturaleza que los sueños es un pensamiento reciente. 


¿Qué puedo hacer ahora salvo entregar mi yo a lo que surja de este lado del espejo donde la existencia es sin forma?                               

Codorníu.

2 de enero de 2016

Han pasado cerca de cincuenta años. Supe de Cortázar por un compañero del curre, el día en que ambos entramos juntos de botones en el sesenta y ocho. Eran otros tiempos, y la memoria no afina tanto como quisiera. Pero las emociones son otra cosa: lo retienen todo, las muy putas. 

Parece que estoy viendo la sonrisa de Charly, este compa del curre, en el momento en que me pasó Rayuela, un día que fuimos a ver “Sacco y Vanzetti” (Giuliano Montaldo, 1971) en una sesión histórica; al menos para mi generación, que se lo leía y se lo veía todo. 

¿Serían las Cuatro y diez de la tarde, aquellas de las que Aute daría fe en su canción? Cada uno tiene un recuerdo singular de aquellos momentos, vaya por delante nuestro respeto. 

Como la mente va sacando de la chistera su irracional secuencia de pañuelos anudados, el día de San Silvestre, viendo la maratón –qué difícil es retener la vida, como decía Heráclito, pero no las imágenes-, me ha venido de golpe este nombre a la cabeza. No, no me refiero al griego. Heráclito fue un cubano con el que conversé, tanto de la vida y la "muelte" como del presente “etelno”, en la barra del Floridita. Qué razón tenía, por cierto. ¡Y cuánto me gustaría que Saleta y él se conocieran! Sin dudar un segundo les estaría mirando (y escuchando) a perpetuidad, ensimismado por el estéreo.

En ninguna foto ha sobrevivido la emoción con que mis ojos acariciaron las fachadas despintadas, las estampas atemporales, la chapa de los coches de los años sesenta, la odisea vital de los transportes, la sangre policramada por la revolución en la mirada acuosa de los ancianos que dormitan nostálgicos en los bancos de los parques...

Ahora -que ya solo puedo contar con palabras los pálpitos vividos- mi piel naufraga en medio de este formidable recuerdo caribeño tan salino, pegajoso y encomiable. 

Espero que me perdonen los que vean que me pierdo. Con un daiquirí en una mano y El siglo de las luces, de Carpentier, en la otra, "todo es más amable, más humano, menos raro...", como dirían los de La Cabra Mecánica. 

Acabo brindando por mis distintos yoes; por los que me comprenden, por los que no y por aquellos que ya no necesitan atribuirse lo que hacen. Y sobre todo, por Saleta, la Maga, que nunca dejará de estar conmigo.

Codorníu.