20 de julio de 2017


"La tierra estaba seca. 
 No había ríos ni fuentes.
 Y brotó de tus ojos 
 el agua, toda el agua".

(Luis Alberto de Cuenca)


Se podría decir que comencé mi camino interior con veinticuatro años. Por supuesto, aún no era capaz de comprender ni rastrear los orígenes del sufrimiento que iba aflorando en mi vida. 

Había logrado cierta lucidez para evitar cargarle la culpa a alguien; aunque como no veía más allá, terminaba atribuyendo todos los desastres a mi personalidad, otra manera de proyectar la culpa tan irreal como la anterior, pero bastante más dolorosa.

La terapia con Saleta tuvo dos fases muy bien diferenciadas. La primera -muy intensa, hasta mis treinta años-, constituyó el tramo más largo. En su mayor parte, fueron interpretaciones de sueños y, aparentemente, fue todo bien. Al salir me sentía más o menos "reparado", o eso supuse por lo menos.

Sin embargo, hube de volver unos pocos años más tarde, ante la evidencia de que los mismos problemas -con otro disfraz- seguían repitiendo su esquema con terquedad en el día a día.

Esta segunda fase fue más corta, apenas duró un par de años. En paralelo, fui devorando todos los libros de psicología, de autoayuda, etc. que me permitía el tiempo libre. El diván de Saleta ya se iba llenando de limitaciones para mí. 

Salí de allí con treinta y cuatro años, y menos convencido del "alta" que la vez anterior. Recuerdo que ya tenía un recambio pensado: presentía la certeza de que toda curación era un proceso inacabable, un último delirio que la mente conceptual perseguía. Y algo me decía que este sendero interior no había hecho más que empezar. 

Tal vez por eso, tras despedirme de Saleta regresé a Madrid y busqué el mejor centro de psicólogos conductistas que había en la Capital por aquel entonces. Y, aunque me atendió una profesional de gran prestigio que dirigía el gabinete, duré poco: no estaba acostumbrado a parar los pensamientos de ataque sin indagar. 

Por aquel entonces, ya intuía que mi camino se dirigía más a cavar y cavar que a protegerme bajo el cielo plateado de un invernadero.
Codorníu.

12 de julio de 2017


"Caeremos en las cerradas y espejadas catacumbas del sueño, y allí, a la pálida luz, descubriremos la osamenta y el polvo, los tristes restos de alguien que habría podido existir si no hubiésemos ocupado su lugar". 

                         (Mark Strand, Tormenta de uno)


Después de cursar un año en la Escuela de Ingenieros de Caminos, pasé los siguientes cuatro años matriculado en Económicas, concretamente en la rama de Econometría. 

Estando en primer curso, conocí a Saleta; aunque solo de vista, claro.

Todos los lunes nos veíamos sin mirarnos en el andén del metro de Sevilla; fueron cuatro años apasionantes... 

A punto de empezar mi quinto curso se produjo su detención. 

No tuve valor para quedarme en Madrid. El juicio salió al año siguiente, y por la prensa me enteré que le pedían un montón de años. 

Desconozco cuánto me pudieron condicionar estos hechos; pero el caso es que lo dejé todo: mi buhardilla en Lavapiés, mi trabajo en el banco, mi facultad de Somosaguas... y empujado por un no sé qué, marché a Santiago a terminar la carrera y vivir de los gráficos, que no se me daban nada mal. 

Necesitaba emborracharme para olvidarme de ella, y el camino que elegí fue el juego. La suerte hizo que juntase una pequeña fortuna aprovechando mis conocimientos sobre los recuentos de la Onda de Eliot y las series de Fibonacci. Sin embargo, como era de prever -por todos menos por mí-, en una de esas jugadas bursátiles "brillantes" terminé corneado por los mercados. El revolcón fue de tal magnitud que lo perdí casi todo. 

Me quedé con lo puesto: unos pequeños ahorros para vivir modestamente durante algunos meses, y una depresión de campeonato por toda compañía.

Por un anuncio en el tablón de los comedores de la facultad de Psicología -donde iba a comer-, empecé a recibir ayuda en la consulta de un gabinete psicoanalista donde consiguieron "estabilizarme". El Centro se llamaba "Almiya" (Una mirilla para observar el alma, decía el subtítulo) y estaba en una zona de chalets, por la salida a Lavacolla, donde acudía dos tardes a la semana.

En términos económicos, se trataba de una terapia que me podía permitir por los pelos, una vez recortada de mis ingresos la parte para comida y alquiler, conceptos en los que gastaba lo mínimo. Sabía de sobra que dedicaba el principal a algo radicalmente distinto a lo que lo hacía la gente de mi edad, que andaba en otras cosas. Y así me dispuse a sobrevivir a la década del desencanto: los patéticos ochenta. 

Mi vida transcurría sin mayores sobresaltos; había aprendido a graficar con red, a controlar la ambición y a saber mantenerme con lo justo. Hasta que una tarde me informaron en Almiya que mi psicoanalista había obtenido una cátedra en la Universidad de Salamanca, y que la carpeta de mi terapia pasaba a una mujer recién incorporada que, a partir de ahora, iba a ser la terapeuta encargada de sacarme a flote.

Aunque llevaba otro corte de pelo y otra ropa, reconocí de inmediato su mirada. Aún se me pone la carne de gallina cuando me dio paso a la modesta habitación que -como correspondía a la última en llegar- tenía como despacho. El corazón me pegó un vuelco: en cuestión de segundos luché lo indecible y a punto estuve de rechazar el cambio; todo inútil: la tentación fue irresistible.

Para Saleta, la Psicología -entendida como el estudio de sí misma- se había convertido en una pasión sin medida desde su entrada en la cárcel de mujeres. Según deduje, tuvo que trabajar muy duro sobre su historia personal durante los largos años de reclusión. Yo, al menos, la veía perfectamente formada a mis ojos, repito, que no dejaban de ser los de un profano en la materia; pero que no podían evitar echarle unas miradas que se la comían cada tarde, antes de tumbarme en el diván. 
Codorníu.

2 de julio de 2017


«Sentir el "Yo" desnudo, sin atributos, es la salida del laberinto. Por él se entra y por él se sale». 
             (Ramana Maharshi)

En ocasiones, Saleta aparece en una forma distinta a como yo la recuerdo de nuestras andanzas de juventud. Sin embargo, la mayor parte de las veces únicamente siento su presencia con absoluta certeza, aunque a mi alrededor no haya nadie. En estos casos, ella aguarda a que yo diga algo. De sobra sabe que la ando buscando... incluso sabe el motivo...  

- Me cuesta contemplar las experiencias sin juzgarlas. En general, esto no pasa de ser un pensamiento; pero, otras veces, la cosa va más allá y siento cómo me cambia el carácter.
 
- Todo juicio -dijo Saleta- está basado en la creencia de un yo permanente... una persona a los mandos de la experiencia. Pero tal persona separada es absolutamente inexistente. Ten en cuenta que el individuo solo aparenta ser; pero sostiene la creencia en su falsa identidad a base de diferenciarse. ¿Y de qué manera se diferencia?

- No me lo digas -respondí-.  Juzgando a diestro y siniestro.

- Así es. Fíjate en los niños y adolescentes. Construyen su identidad por diferenciación. En algunos casos se vuelven tan estrictos que rayan la crueldad y al final no conocen otra forma de ver el mundo. Sin embargo, hay a su disposición otra manera de ser: por inclusión. Ese camino es el bueno.
  
A partir de ahí estuvimos un buen rato en silencio, sentados en uno de los bancos solitarios del Retiro donde nos hemos encontrado otras veces sin habernos citado previamente. Cualquiera que nos mire no verá dos personas. 

Al levantarme para volver a casa, fui consciente de que llovía. Me giré un instante y eché una mirada de reojo al espacio seco que mi cuerpo había dejado en el asiento. El resto del banco estaba vacío y humedecido por los goterones... 

Me permití el lujo de decir en voz alta:

- Cuando juzgo, incluso me olvido de ti. Y mira que no hay nada que desee más en la vida que estar contigo para siempre. 

- Di más bien que cuando juzgas pasas por alto tu verdadera identidad. En realidad, yo nunca dejo de estar presente.

Supongo que Saleta no quiso añadir nada más sobre esto último. O si lo hizo, no la oí, porque tenía la atención puesta en el aguacero. 

Bajando ya a toda prisa por la cuesta Moyano, calado como una sopa, me refugié de la lluvia delante de la única caseta con toldo. Un breve puñado de monosílabas atraparon mi atención nada más llegar. Se apiñaban ante mí en la portada de un libro formando el título: «Yo-sé-que-yo-soy». 

Las palabras son símbolos, solo el significado profundo de lo que transmiten es cierto. A pesar de que son ilusorias, de ellas sale una campanada: su verdadero significado.

En ese momento, supe que los dos estábamos mirando lo mismo.

Codorníu.