
ahora nada me obstruye
la visión de la luna.
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(Masahide, l657-l723)
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La muerte de Saleta me ha cogido por sorpresa. Recibí la llamada de Chumpéter una noche para pedirme que le acompañara a llevar las cenizas a la playa de Corrubedo. "Por fin, hemos dejado de jugar al ratón y al gato", fue todo lo que dijo cuando terminó de vaciar la urna. A la vuelta, como a la ida, apenas hablamos. Son momentos en los que uno se hunde; mira desde el fondo del pozo hacia arriba y se da cuenta del absurdo inconsciente en el que vivimos a diario.
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De regreso, la lluvia no dejaba ver los lados de la carretera. El conductor del autocar nos paró en un bar de ésos de camioneros para que fuéramos al servicio. Bajamos a pesar de que caía una lluvia torrencial. Como un autómata, Chumpéter pasó directamente al baño. Yo me acerqué a la barra sacudiendo la gabardina y buscando algo para secarme los goterones que resbalaban por mi frente. Cuando nos pusieron los dos Havanas, vi por casualidad el servilletero. Algunos, todavía tenemos la costumbre de garabatear citas en esas celulosas de papel, porque hay estados que sería un pecado desaprovechar.
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"La felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla", escribí.
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Luego, hice una bola y la dejé allí... por si alguien se la encuentra como una concha en la playa que le ha elegido a uno al verle venir buscando...
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Codorníu
(Creo que le debía una explicación a La Flaca, que compartió mi sufrimiento y supo ver -más allá de lo literario-, el dolor por la muerte de un personaje)
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