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Con la dignidad que me quedaba, rodeé la girola de alguna religión donde encontré, calcificadas, las cagadas de las palomas que nunca irían a la guerra del Golfo con mi voto. De inmediato, me acoplé a ese rastro que acababa ante un letrero de neón, arrinconado por aquella negrura del presente. Se trataba de una pequeña palabra en mayúsculas: “PULGARCITO”. Debajo, mucho más reducida, me costó leer otra línea: "Sólo para quien recuerde las pinturas Alpino".
Entré enseguida, apartando una cortina de terciopelo escarlata que separaba los miedos de los mitos. Un barman (no sé si se dice una barman) vestida con un smoking negro con pajarita, el pelo brillante de fijador, una bandeja bajo el brazo y una sonrisa única en los labios me recordó a Elke Sommers por un instante breve. Consideré la posibilidad de irme cuando me temblaron las piernas al mirarnos. Si me quedé fue porque sabía que no iba a encontrar otro local abierto a estas horas de la vida, que tuviese servilletas de papel en la barra y una Caperucita disfrazada de negro.
No sé si te preguntas algo. Quizá yo también me pregunté lo mismo aquella noche.
Entré enseguida, apartando una cortina de terciopelo escarlata que separaba los miedos de los mitos. Un barman (no sé si se dice una barman) vestida con un smoking negro con pajarita, el pelo brillante de fijador, una bandeja bajo el brazo y una sonrisa única en los labios me recordó a Elke Sommers por un instante breve. Consideré la posibilidad de irme cuando me temblaron las piernas al mirarnos. Si me quedé fue porque sabía que no iba a encontrar otro local abierto a estas horas de la vida, que tuviese servilletas de papel en la barra y una Caperucita disfrazada de negro.
No sé si te preguntas algo. Quizá yo también me pregunté lo mismo aquella noche.