11 de febrero de 2008

Nuestra memoria...

¿Qué es lo que se revela con tanta nitidez desde las soledades veteadas de un mostrador de mármol, mientras las lágrimas de todo un hombre caen en un vaso de cerveza semivacío?
.
Me he hecho esta pregunta esta noche -que he visto algo así en un bar- a la salida de la estación Central de mi pueblo. Y es que, a veces, cuando salgo a pasear, después de tirar la basura, doy la vuelta por delante de esa estación, porque quién sabe si en el viento sigue habiendo un mensaje que nos recuerda que viajar también es caminar al contrario de toda esta locura.

Ha sido así, de esta manera que cuento, como he coincidido en la barra con ese hombre de caña y lágrima (curioso aperitivo para un tipo que ni siquiera respondía al textil del sesenta y ocho) que, sin embargo, tenía para mí todo el crédito del Banco Mundial de mi corazón, porque garabateaba en una servilleta de papel algo de lo suyo... eso sí: mal controlado por su mirada húmeda.

No era alguien conocido; no penséis. Ni siquiera era mi rostro en el espejo, como otras noches. Era un corazón gris que, pasado algún tiempo, se levantó del taburete y se marchó. Eso -o sea, nada- fue todo lo que pude retener de su vida; aunque yo -a consecuencia de una cicatriz muy especial que capta a la perfección ocasiones como ésta- me abalancé sobre sus celulosas olvidadas, antes que el camarero las barriese al suelo con la mano automática y ciega de su oficio de plancha y mantequilla.
.
Poca cosa contenían aquellas bolitas arrugadas: sólo dibujos para matar el tiempo. Salvo una, la última, que leo textualmente: "Tienes que aprender a olvidar; pero sobre todo tienes que aprender a recordar. Que no te pase como a mí: que no he sabido hacer bien ni lo uno ni lo otro"

¿Quién era? ¿A quién se lo decía? ¿Tal vez a un hijo, a un amigo, a sí mismo...?

No pude preguntárselo. Confío -ya que sólo eso me queda- que mientras la semilla engañe al cuervo, no todo estará perdido. Por ahora, los mercados aún no han decidido si ocultarnos o no a la vista de los consumidores. Nos toleran -a este hombre, por ejemplo, y a mí- e incluso saben sacar rentabilidad a nuestras singladuras. Pero... ¿tendrán los cubos y los cepillos suficientes para borrar nuestro dolor pintado por todas las paredes, tapias y servilletas del mundo que yo conozco?

Esperemos que no; o que quede todavía algo de tiempo antes de que nos encalen los morros, o nos pongan servilletas de esparto por los mostradores, o se den cuenta de lo peligrosa que puede ser nuestra memoria.

Yo rezo para que nos quede, al menos, un tiempo circular como el de los estoicos; y que la esperanza de volver, nunca se pierda...

20 comentarios:

calma dijo...

Se me olvidó mencionara la canción de Procol Harum, una de las canciones más bonitas que se han compuesto, me voy invadida de sensaciones, gracias. Descubrir tu blog, es una de las mejores cosas que me han sucedido este año.

ANA dijo...

La vida gira en torno a las estaciones,
en la barra del bar, con las servilletas de papel como cómplices, y la caña de cerveza como único acompañante de la noche,
las almas solitarias que no logramos eso tan difícil de aprender a olvidar y mucho menos aprender a recordar,
somos pasto de miradas solidarias unas veces, curiosas otras, y de la indiferencia casi siempre.
La memoria no es peligrosa,
qué quieres? estar condenado a repetirlo?
un abrazo,
desde la estación del Norte.
ana

Rabel dijo...

...qué situación tan inmensamente real. Y tan bonita. Tanto tanto...

Hoy sólo eso. Me voy envuelta en tu narración, en las palabras de la servilleta, en el corazón gris que rescatas para todos nosotros.

Poca coherencia soy capaz de organizar en palabras. Esta vez me marcho con sonrisa feliz, casi absurda... No habrá cal suficientemente agresiva. :) Abrazo fuerte.

Fermina Daza dijo...

No sé como tengo valor... Siempre salgo de tu casa con el corazón encogido. No, no siempre es tristeza, o ausencia, o nostalgia, o soledad. A veces es simplemente el estremecimiento propio de quién siente que le han tocado el alma. ¡Jo! Ahora tendré que sacudirme esta congoja y beber un poco de agua para pasar el nudo y pintar de nuevo la sonrisa. Y, sin embargo, sé que mañana volveré a entrar buscando, otra vez, tu maravillosa melancolía.

Un beso (con mucho sentimiento)

Irene

ANA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ANA dijo...

Ahhhhh! Veo que ya has dado con el café de los años 50!
vamos acercándonos...
Bien podría ser el Café de La Marina, donde entre más de 100 veces de pequeñina a buscar a mi abuelo que jugaba con sus amigos al dominó, mientras tomaban su cortadito y su Veterano...
Cuero rojo a un lado y sillas estilo "tonet" al otro.
Barra de mármol y barandilla dorada, camareros con pajarita y chaquetilla blanca.
Y aquel olor, mezcla de tabaco y café, anís y Varón Dandi flotando en el aire.
Un beso,
ana.

Frabisa dijo...

Séneca, el maestro de la resistencia estoica, lo ha preconizado y su filosofía está de eterna actualidad. Nadie sabe lo que le deparará el mañana, cuantas veces añoraremos momentos, lugares, personas, cuantas lágrimas se asomaran a nuestros ojos, cuantos papeles emborronaremos con garabatos húmedos. Fuerza para esos momentos, ánimo para sobrellevarlos y esperanza por días mejores. Un beso

Ispilatze dijo...

Un tiempo circular...
olvidar...
recordar...

las cargas de profundidad de tus textos consigue que una se quede sumergida en ellos un tiempo sin medida después de leerlos...

-Pato- dijo...

No sé si esta historia es real, tanto que parece inventada o de tan bien inventada que fue, es que parece real. Lo cierto es que ese hombre escribió una frase al borde del llanto, vos la recogiste y la dejaste aquí.
Esa frase que no supimos para quién fue escrita y que está a salvo de la mano del camarero y de los marcados, termina de ser leída por mi.

Yo la estaba necesitando.

Me la repito para no olvidarla:
"Tienes que aprender a olvidar; pero sobre todo tienes que aprender a recordar. Que no te pase como a mí: que no he sabido hacer bien ni lo uno ni lo otro"

Gracias Pepe, por salvar historias a punto de morir en un tacho de basura.

Besos

Dédalus dijo...

Una de las principales funciones de la memoria es el olvido. Yo suelo decir que tengo tan buena memoria, que me olvido de lo que me tengo que olvidar. Y eso me sirve; es decir, sirve, de algún modo, a mi bienestar.
Creo que el recuerdo, con ser bello, a veces nos produce dolor... y supongo, como he escrito en alguna ocasión, que "cuando se trata de sobrevivir, si no se puede pasar página, entonces, hay que arrancarla".

Un abrazo, Pepe. Un gustazo leerte.

Maria Coca dijo...

Llorar por no saber olvidar ni recordar lo suficiente... Uff!! Ese hombre anónimo te dejó con sus letras un testamento de vida emocional. Gracias por compartirlo y por saber ver más allá.

Besos desde mi orilla.

Amélie Poulain dijo...

Están llenas las papeleras del mundo y de los bares de garabatos que cuentan lo importante.

ANA dijo...

De alguna hoja de tu álbum, he arrancado un cromo que me gustó,
en realidad solo lo he tomado prestado. para enseñárseloa alguien,
prometo devolverlo.
es ese que mostraba un perfil de alguien que no sabía recordar ni olvidar,
que no había hecho bien ni lo uno ni lo otro.
No me siento en el banco con Penélope, ella dejó pasar demasiados trenes.
El mundo está lleno de historias de Penélopes y Muelles de San Blas.
Yo, me monto en el tren y que me lleve a donde sea,
Un abrazo,
ana.

ANA dijo...

Anda, abandona el barco, digo el banco, y vente hasta la proóxima parada, será un sitio donde "P" y tú podáis disfrutar, paseos y conversación, os acompañaré.
A la vuelta el banco seguirá en su sitio esperando tu compañía y la suya.
Leerte es un placer, comentarte divertido, y una tentación seguirte en este viaje.
un abrazo,
ana.

PIZARR dijo...

Me gusta eso de aprender a recordar, porque no todo el mundo recuerda adecuadamente.

A menudo en ese aprender a olvidar, olvidamos las cosas a medias y despues cuando las recordamos tienen ese toque nuestro, que hace que las mismas no sean lo que deben de ser, sino que aparecen adulteradas y modificadas.

Quizás son mecanismos de defensa que utilizamos para no volver a sufrir con ciertos recuerdos y por ello los volvemos a la vida modificados.

Está claro que te gustan y te inspiran los cafés...el marmol... los espejos...

UN BESO

María Jesús Lamora dijo...

A veces se recuerda demasiado.
abrazo

María Jesús Lamora dijo...

A veces se recuerda demasiado.
abrazo

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Buenos días mi Pepe querido... he disfrutado mogollón con este escrito. Gracias, chaval.

calma dijo...

Vengo en busca de más letras, a falta de ellas de momento, te dejo un beso y una sonrisa, y un gracias, también...
Buena semana Pepe.

María Manuela dijo...

Eres un magnífico espía de vidas y ladrón de minutos.

He tenido una suerte incríble: poder leerte despacio (estoy de baja)...

PD: Por cierto, no comas yogures con gastroenteritis (tú, no ellos jeje)!!!