15 de febrero de 2009

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Querido Codorníu:

Sabes que he buscado refugio muchas veces en esta playa de mi noroeste que serpentea emboscada frente a la inmensidad del Atlántico a la caída de un arenal abierto al que me gusta venir en pleno invierno a contarme cosas a mí misma y a mirar para atrás siguiendo las huellas de mis pasos hasta donde me deja alcanzar la vista.

Lo ideal, ya digo, es venir en invierno juntando las dos fechas: la de ayer, por Chumpéter; la de hoy, todos los 15 de febrero, por ti. Aunque, cada uno de nuestros encuentros me cobran ese doble manjar más caro por muchas razones... cada vez por una distinta. Así que tengo que venir cuando puedo, consciente de que siempre, siempre, este refugio mío está ahí alargándome la mano con algo nuevo y sorprendente, como una madre generosa. El mejor de mis recuerdos contigo: una paella de pulpo que nos comimos en un chiringuito, en el puerto; una paella amarilla (como esas del Levante, o esas otras de los domingos familiares ya cuarteados). Preguntamos allí mismo, al terminarla: Se hace con la mitad del agua de cocer el pulpo, nos dijeron, y lleva rodajas del mismo pulpo en lugar de cigalas, chirlas, pollo, etc. Una paella atlántica, un sueño con el que tropezamos juntos; un regalo que nos hizo la playa por sorpresa; con broche y todo... Premonitoriamente, como un cierre de dominó, si se pudiese hablar así... Si se pudiese hablar...

En aquella ocasión había llegado a mi maravilla particular del mundo a eso de las once de la mañana, en pleno domingo, sin muchas esperanzas de soledad (que es lo que me gusta de ella) dado el día que era; pero, en cambio, con una chispa de confianza para con la sorpresa, para con el asombro, siempre ocultos los rescoldos de la hoguera de la vida, siempre retenida su chispa para volver a dejarme en la boca alguno de sus frutos aleatorios. No eran buenos momentos: Madrid, sabes que no es lo mío. La vida, juega mucho al Guadiana...

Bueno, sigo: el coche se puede dejar en un aparcamiento que hay a unos doscientos metros, y luego echarse a andar por unas tablillas de madera hasta tropezar con un promontorio de dunas que los organismos de la Xunta tratan de proteger de las pisadas incontroladas de las personas que andamos inconscientemente a nuestro aire. Tal vez, inconscientes como yo haya más de las que una se piensa...

Pues bien, a la salida de esas explanadas desérticas “debería” estar la playa que tantas veces había recorrido en citas anteriores conmigo misma; ocasiones especiales como ésta, desencolados los ojos y las piezas del alma. En mi mente, ya dije, no cabía la sorpresa. Tan sólo, una mínima dosis para no desorientarme definitivamente. Sin embargo, las cosas de la Naturaleza: una bruma espesa, un blanco manto sufí lo cubría todo, absolutamente todo, de forma que era imposible distinguir la línea donde se juntaba el oleaje con la arena y, mucho menos, intuir siquiera el horizonte.

Recuerdo que eché a andar, impresionada, en dirección a lo que debería ser el borde del agua. Unos metros antes de lograr ver nada, pude distinguir el murmullo del arrastre de las piedras y las conchas, borrando mis propios pasos.

Permanecí así, atravesada por un rumor intensamente sordo, los pies contra la espuma retozona, dejando que el agua enredara mis tobillos, mientras, con la mirada, buscaba –en el horizonte oculto tras una pared de algodón espesa y gris– las muchas Américas y los muchos Atlánticos de mi vida...
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(Todavía creo en ellos; pero hay que tantear a ciegas... )

Al cabo de un rato sin medida, en que tuve la suerte de vivir sintiendo lo que de atemporal tiene el propio tiempo, comencé a andar muy despacio por la orilla de esa playa ciega, y al mismo tiempo tan luminosa, tan clara, tan omnisciente. Así me fui cruzando con otros seres humanos que -de forma esporádica- surgían de la niebla a pocos metros de mí. Pude ver de cerca sus ojos iluminados por la fortuna, impresionados por el gozo. No olvidaré la expresión de las caras de esos desconocidos; tampoco la tuya... Aunque supongo que yo también llevaría garabateado el mismo mensaje que tú supiste verbalizar tan acertadamente cuando nos detuvimos al pie de la silueta borrosa del islote de Ferreira:

«Si esto existe, Saleta, nadie nos engañó. Y si en el mar hay días así, en la vida puede haber días así. Y siempre podemos contar con que, momentos similares nos estén aguardando»
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No creo que hayas olvidado ese día, a mí me ha ayudado a mantener la esperanza.
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Saleta, una carta al azar.
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11 comentarios:

Lena dijo...

ay...

Ladrón...

¿qué me haces en el pecho...adentro tan adentro?

Leerte y sentir tantas cosas.

(estoy que no me aguanto)

Emocionada.

Muy mucho.

Besos, de cuenta regresiva.

FLACA dijo...

Pepe:
Acabo de leer hasta la última línea con una emoción rara, desde adentro como dice Lena. Sé que me agrada encontrarme con Saleta. Esta vez se define ella a través de la carta,y lo que se ve del personaje me agrada mucho, me toca hondo, como si se tratara de una persona. Me gusta asomarme a sus abismos; me gusta esa forma que has encontrado de crearla y definirla, aún más ahora que no está presente. Me gusta esta Saleta que has hecho volver a la playa y que se define a la orilla del mar no a través del diálogo o de la acción, sino a través de sensaciones, de sentimientos, de reflexiones.
En cuanto a la forma y al estilo, me siento una privilegiada de encontrar textos así con sólo apretar un botón.Y, más aún, cuando esos textos son creados por un amigo.
Un abrazo, que tengas un día lindo de domingo.

alfaro dijo...

...qué coincidencia ayer escribí un comentario, "eres un meandro libre", y hoy veo reaparecer el Guadiana en Madrid, y lo veo desde el Norte, y al final la orilla de la playa está ciega...
y algo más significará porque al lado está "luminosa", "iluminados"...
Me gusta este banco frente al mar, está libre..., si me canso ya sé dónde sentarme.
Besos.

calma dijo...

Cómo me gusta Saleta Pepe, cómo me gusta la cadencia de estas letras, la mezcla de sabores a esa paella que imagino distinta, de los colores de ese mar, de la esperanza de ese final que augura todavía un "es posible", en el que yo no creo.
Gracias amigo mío porque en ti si creo, en Saleta... también.
Te abrazo muy tierno esta triste tarde de domingo en el que Marta, ya no está.

TORO SALVAJE dijo...

Podría estar en ese banco siempre.

Creo que es el mejor banco que he visto en mi vida.

Saludos.

marisa dijo...

Pues yo tengo una ceteza, que siempre que llegue a quí me estarán aguardando tus palabras como agua de lluvia y me enredaré en ellas y me dejaré calar.Besos emocionados.

marisa dijo...

Pues yo tengo una ceteza, que siempre que llegue a quí me estarán aguardando tus palabras como agua de lluvia y me enredaré en ellas y me dejaré calar.Besos emocionados.

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Maravillosos texto, que arroja una luz especial... como la foto.
Un besote

lys dijo...

Una carta al azar, dices: es muy tierna muy personal, oír los rumores sordos no es fácil.

Te dejo un beso.

mangeles dijo...

AINSS, a mi lo de paella de pulpo, me ha llegado al alma, o mejor dicho a la papilas gustativas...¡Tiene que estar buenísima¡ ...AINSS estos galleguiños...

BESOS PEPE

Inuit dijo...

Hola Saleta,
Soy Inuit que vive en el Mediterráneo dónde los pulpos son más pequeños y los peces más salados.
Mi mar es tranquilo, la mayoría de la veces, pero sufre de temporales del levante y de pocos naufragios, de arenas removidas y de conchas rencontradas. Mi arena, que no compré, pero que amé desde que el mar me abrazó a los dos años, es gruesa, hace cierto cosquilleo y masaje en los pies.
¿Sabes Saleta?, yo fue niña del mar, niña de temporal y niña de agua...decía mamá que mis lágrimas eran más saladas de lo normal por culpa del abrazo del mar a tan temprana edad...... lo siento y lo entiendo, desde lejos, por su olor, y ,para mí, la primavera empieza cuando el mar me avisa, cierro los ojos, lo respiro y somos primavera o invierno o temporal y resaca, azul o luz o sal.
Un beso Saleta.
Inuits