
Se cuenta que la mujer despreció en vida el amor de un barbero mulato muy humilde al que prodigó todo tipo de desplantes y repulsas para casarse con un oficial español, de bastante prestigio por aquel entonces, que falleció a los pocos años.
Poco le duró, por tanto, su único matrimonio. De vuelta al anonimato (pasado algún tiempo), el despechado barbero dio con Dolores -pobre y enferma de muerte por el mal contagioso- y se hizo cargo de ella hasta sus últimos momentos.
Cuenta la leyenda que, tras su entierro, encargó aquella singular lápida con esta reflexión en forma de poema:
“Aquí Dolores Rondón/ finalizó su carrera, / ven mortal y considera/ las grandezas cuales son: / el orgullo y presunción/ la opulencia y el poder, / todo llega a fenecer/ pues sólo se inmortaliza/ el mal que se economiza/ y el bien que se puede hacer”.
Camagüey, cuna de poetas.
Codorníu.
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