
Aunque quién sabe... Tal vez, este ego -que pilota mi ser- esté harto de dar siempre un saltito para evitar el «clinc»...
Una mesa detrás de una columna me oculta de las miradas de los que pasan, toman algo y salen al rato. Si ladeo la cabeza puedo ver a los otros, a los que permanecen en la barra por los siglos. La verdad es que hoy no me interesan mucho sus movimientos buscando banquetas vacías ni su charla pegajosa en torno al partido que televisan este fin de semana. Cuando se marchan todos, el tabernero (el pobre tabernero, como gusta llamarse a sí mismo) se acerca a mi rincón, ávido de otras conversaciones, y me pregunta: ¿Qué lees?
Extiendo la mano hacia él y le acerco el libro. "Son rollos filosóficos", le prevengo a la vez que observo como pasa las páginas sin prisa, deteniéndose en el tacto del papel, abriendo lentamente una sonrisa que me intriga porque siempre tiene preparada alguna ironía en la recámara. Al fin, sus labios maldeclaman (como si estuviese leyendo teatro en una tertulia de poetas) unos versos de Taigui que sus ojos "escogen" dejándose atrapar por algunas notas a lápiz que puse por el margen:
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"Vuelan luciérnagas,
y al ir a decir: <¡Mira!>,
estoy yo solo"
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No lee más. Se da la vuelta -a lo torero- y comienza a recoger unas tazas que hay por las mesas. Cuando regresa al otro lado del mostrador, le oigo cacharrear con los vasos. Yo vuelvo a abrir el libro e intento colocar de nuevo la cabeza sobre los hombros de cartoné. Sé que tiene mucho "zumo" ese haiku. Mucho. Pero ya queda poco, es casi la hora de cerrar, y no sé si compensa seguir para dejarlo a medias. Me levanto. Me pongo la chaqueta despacio. Mañana más, digo en voz alta. Él sortea el mostrador y me espera junto a la puerta. Bajará el cierre en cuanto salga. Temo el momento, y me voy acercando de puntillas. Pienso -como cada noche- si podré alcanzar la calle sin que me remate.
Al borde del escalón, cuando ya estaba casi a salvo, recibo en mi espalda el chorro de una manguera de agua helada: "¿Sabes una cosa? Uno nunca está solo; porque por h o por b siempre hay una conciencia perturbadora que lo acompaña"
Qué canalla. ¿Habría leído la dedicatoria del libro, donde Saleta había escrito hace años: P’a ti p’a siempre?
Codorníu.
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