29 de diciembre de 2007

Tengo el tiempo justo

No sé cuando voy a morir. Tal vez sea longevo como mi padre, que tiene noventa y seis años. O tal vez no. Cada día que pasa pongo una raya. Una raya y relaciono algo de lo que hago. Que no se me pase que hoy, por ejemplo, he comprado cedés vírgenes: una quesera grande antes de que le apliquen el cánon dichoso. Ningún día se me olvida el periódico, los periódicos. Ni el pan. Sin embargo, ayer se me olvidaron los cedés. Pudo ser con el ruido de la secadora. Hace ruido y aturde. Como si tuviese algo metálico dentro de mi cabeza, que se golpea contra las paredes al dar vueltas. Tal vez las cremalleras, las cazadoras de los chandals, algo por el estilo. Algo... Aunque no estoy para arrimarme más al tema ni para hacer análisis sesudos. Bastante tengo con el estruendo, el cisco, la zarabanda montada por la máquina. Antes, las cuerdas chirriaban en los patios, se oían como los ejes de la carreta de Atahualpa Yupanqui. Y la gente se asomaba, se veía, estaba. Los mercados, ya se sabe, dejan huellas indelebles a su paso. ¿Lo notan ustedes?

3 comentarios:

Inuit dijo...

De momento no te ha pasado (no te has muerto),lo pongo entre paréntesis para que se convierta en talismán. Te acabo de descubrir, poco a poco,claro, y nunca del todo.

alfaro dijo...

En mi patio aún chirrían algunas cuerdas.

Una Tortuga por la VIDA dijo...
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