
Enero tiene una luna triangular que nos cornea incompleta. Nuestro corazón: intenso, tierno, grande, que debería estar lleno de paz y quietud, se columpia de ella compungido. En su edad plateada, se resiste al olvido: sólo es eso, y ya es mucho. Se abraza inmensamente por doquier, quiere vivir, goza, recuerda. Deambula pensativo por calles mal adoquinadas y no bien iluminadas con un caminar difícil, que tropieza con baldosas levantadas y nota como el viento helado seca sus ojos, mientras lágrimas de recuerdos caen lentamente -como copos- revoloteando hacia atrás por las patillas blancas. Hay que meterse en casa sin demora, ¿o tal vez más adentro?
.No soy muy optimista, lo sé. Y menos por la acera solitaria cargado con la bolsa de basura cada noche. De una estación que usa lentes de vieja y siempre tiene frío no espero nada bueno. Como Machado, amo la primavera. Este corazón lleno de costurones colecciona minutos, subraya instantes sin desperdicio y aprovecha para no derrochar los sustantivos que le quedan sin olvidar aún: lluvia, neblina, humedad. El calor tan humano que subyace en sus yemas se pega a sillas, mesas y paredes, y usa guantes de látex porque sabe que no hay que dejar pistas para no ser alcanzado por el olvido. Enero se encoge, y nos encoge. Empaña espejos de tanto condensarse ante ellos, y repasa las geometrías de los hules cenando entre migas de pan tiradas a los dados.
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Mientras el invierno duerme soñando o duerme despierto en el hemisferio norte, las ilusiones de los que resistimos -fuera del alcance de los mercados- deambulan por las calles vacías, usando gabardinas y paraguas confiscados a Bogart. Las noches, llenas de coches aparcados, aunque llenas aún más de sentimientos, terminan en esquinas donde hay tertulias de bolsas de basura abandonadas.
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Yo he salido a tirar la mía. Con un par.