16 de julio de 2018


No hay mundo, no hay tierra, no hay nada... En el fondo es eso, al final todo es mentira. El único sitio donde existes es en tu cabeza...
"Paul Auster, "El palacio de la luna".

Me quedé solo  apoyado en el aféizar de la ventana. Muchos kilómetros por encima de mi cabeza, la luna, en retirada, arrastraba por los cielos las conchas, las piedras y los cuarzos recordados de alguna playa del pasado. Movido por un resorte, abrí la puerta y bajé los escalones de dos en dos. Incluso estuve a punto de despeñarme a trompicones.

Unos segundos antes, alejándose cada vez más, me había parecido oír el taconeo de sus camperas al atravesar el portal de mi vida. 

Me lancé alocadamente escaleras abajo y llegué justo en el instante que el muelle de la puerta cerraba la hoja. La espesa niebla de la madrugada entraba en el interior y me hizo retroceder hasta hincarme el pasamanos en la espalda. El puré plateado escondía los buzones, trepaba por las paredes, amenazaba con envolverme... 

Regresé a la ventana; aún no sé bien si abstraído o deshecho.  

7 de mayo de 2018

En un campo 
soy la ausencia de campo.
 
Así sucede siempre.

Donde quiera que esté
soy aquello que falta.
 
(Mark Strand, 26 poemas tempranos)


Cuando oí que me dijo «Donde siempre», por un momento se me fue la mente a mi Achuri. Pero enseguida me di cuenta que se refería a mucho antes, cuando yo volvía de Santiago y el 27 me dejaba cerca de Argumosa.

Cruzando el semáforo, sentí su voz que añadía: «En el octavo banco de piedra». Con esto último, aunque lo decía todo, no me decía tampoco mucho. 

Entre Saleta y yo las palabras se empleaban, únicamente ya, para concertar una cita muy especial, porque nadie me esperaba en el banco bajo ninguna forma física. 

Recuerdo aquellas veces que hablábamos en sueños en la plaza de Agustín Lara. Entonces me dijo que tenía que aprender a conocer lo desconocido, «lo que, siendo tú, no se conoce de sí mismo; aquello que no se puede definir de ninguna manera y bajo ningún formato».

Para nosotros -en este sueño que llamamos 'mundo'- lo que llamamos conocer es hacerle un traje individual a algo o a alguien. Ahora, eso ya no tenía sentido; aunque sí otro significado, el verdadero: sentir la Presencia consciente, sentir al Ser consciente de ser. Sentir que existes y que eres el espectador sin forma ni identidad propia.

Codorníu

5 de marzo de 2018

El gozo del Ser es la alegría de ser consciente.
              Eckhart Tolle. 



Aquellos susurros  caminando por Lavapiés caen como una piedra en un pozo al que no se le ve el fondo. Solo se escucha ese plof en el agua cuando se produce el  insight.

Es grande Saleta. Realmente me siento afortunado sabiendo que me lleva de la mano. Hoy, por ejemplo, me estuvo explicando con mucha paciencia las tareas para aumentar la devoción por el Yo Soy -esa sencilla Existencia sin forma- para que la sabiduría no se quede en algo meramente intelectual. 

- La sensación de ser no es un objeto de conocimiento -me dijo caminando por Argumosa-. No es algo a experimentar, pues ello exigiría un conocedor. La sensación de ser solo puede Ser. Te lo diré de otra manera: Solo 'podemos' Ser la sensación de ser, y Eso es lo que somos. Todo lo demás es ilusorio.

Codorníu.

25 de febrero de 2018

Mi padre cumplió 107 años el día diez de este mes. 

Sopló las velas y 'escuchó' algo del Cumpleaños feliz

Desde hace un año por estas fechas, se puede decir que ha perdido casi todos los sentidos.

Pero no me cabe la menor duda de que la vida es vida hasta el último instante.
Pepe.

19 de octubre de 2017

Cortado por obras.
El semáforo cambia sus luces
inútilmente.


No había nada que hacer por el lado de la postura de zazen. Cortada esa calle, pude seguir en el budismo gracias al aspecto gradual de las enseñanzas tibetanas, que recibí de los lamas que andaban desde la década anterior por Madrid.

De la mano de Saleta conocí a Lobsang Tsultrin, un hombre ya mayor por aquel entonces, que ahora será muy anciano. Fue el primer lama con el que tomé refugio, rebautizándome como Lobsang Tsondru. El primer nombre siempre es el de tu maestro; el segundo, lo que este ve en ti, me dijo Saleta. Y añadió: Tsondru significa «perseverante» en tibetano. Al final, este lama terminó residiendo en Barcelona; aunque hacía frecuentes viajes a Madrid para no dejarnos sin norte.

El centro tibetano de Madrid se llamaba «Nagarjuna». Pertenecía a la tradición Gelugpa; la misma que la del Dalai lama, más conocida como la de los gorros amarillos. La sede había pasado antes por varias localizaciones. Cuando yo fui con más frecuencia, estaba muy próximo a plaza de España. Era un piso enorme, cedido por Nacho Cano, el de Mecano.   

Allí estuve recibiendo diversas enseñanzas e iniciaciones tántricas, trabajando con mantras y visualizaciones. Este periodo abarcó la década de los noventa, un ciclo en el que devoré todos los libros de budismo tibetano que pude adquirir. Algunos, sobre todo los que tratan sobre la comprensión de la vacuidad, los tengo subrayados hasta el límite.  Aunque creo que Saleta también hacía sus rayitas a escondidas.

Voy a citar aquí dos. El que leí en mis inicios se titulaba "La energía de la sabiduría". Lo habían escrito dos lamas pioneros en la divulgación del budismo mahayana, Thubten Yeshe y Thubten Zopa; el primero, ya fallecido.

Con especial cariño, guardo un ejemplar de Gueshe Kelsang Gyatso, gran pedagogo y difusor del budismo Kadampa, que me pareció que explicaba el tema de la Vacuidad, detallado con sumo magisterio. Se titula "Corazón de la sabiduría". 

He citado el primero y el último de esta etapa tibetana. No tiene objeto extenderme mucho más, porque esto no es una página de divulgación de textos. Cuando Saleta conoció mi biblioteca con 500 ejemplares de literatura oriental, me preguntó con ironía «si me los sabía todos de memoria». No se me olvidará cuando giró la cara hacia mí, dejó aflorar un hoyuelo en su mejilla derecha y sentenció: 

- Con todo esto has llevado la vaca a beber al río; pero, no te engañes:  nadie va a beber por la vaca.

Su mirada de ardilla sigue intacta, mientras traza un helicoide por la corteza de mi corazón... Y hasta me sonríe cuando me paro a recordar cuánta razón tenía.
Codorníu.

23 de agosto de 2017


"Dulce fragancia.
  Mi cuenco de mendigar
  acepta hojas caídas".
               (Taneda Seisaku) 
            
Una alegría me llegaba desde el otro lado de la línea telefónica: Saleta volvía a Madrid. A partir de ese día, el yoga dejó de ser lo mejor que me había pasado en mucho tiempo.
 
La fui a recoger a la antigua estación del Norte. En torno a un café logré convencerla de que se quedase el tiempo necesario en mi buhardilla de Lavapiés.

Gracias a nuestras conversaciones de almohada, entró en mi vida algo nuevo, el budismo Zen. Al principio empecé a leer por curiosidad algunos libros. Luego me volqué y lo devoré todo. Su impecable "gancho" intelectual me atrapó totalmente, porque yo soy más de no "tragar" con nada si no pasa por el dedo que señala a la Luna.

Recuerdo que leía como una máquina todo lo que Saleta me recomendaba en aquellas charlas nocturnas. Una librería, próxima a la Puerta del Sol (Bohindra), podría dar fe de mis visitas cada dos o tres días, tal era mi ritmo de lectura; la mente debía estar absolutamente predispuesta a chupar literatura Zen como una esponja. Ahora sé que los itinerarios no los escoge uno, sino que todo conspira para que algo cuadre. Aún conservo de aquel periodo alrededor de cien libros.

Otra cosa fue cuando comencé a practicar la concentración en la postura. Después de intensas sesiones de meditación, mi cuerpo hizo ¡crash!; pero no fue el satori -del que tanto hablaban los maestros- sino el ciático.

A raíz de aquello tuve que recibir ultrasonidos y todo un largo etc. de reparaciones. La rehabilitación duró unos seis meses hasta dejar el cuerpo como estaba. Pero no fue un tiempo perdido, nada más lejos. Saleta me dio a entender que, de seguir esa vía con la actitud de quien persigue un logro, algo de mí rompería los puentes. Algo me faltaba, y debía adquirirlo.  No me dijo qué.

Esto del ciático debió suceder hacia mis cuarenta y pocos años. No recuerdo con exactitud, pero sería a finales de los ochenta o muy al principio de los noventa.
Codorníu.

30 de julio de 2017


Somos lo que pensamos; aunque uno nunca es lo que piensa que es, piense uno lo que piense.

Tras la decepción del conductismo, permanecí algún tiempo flotando en alta mar por los bares de Lavapiés. Fueron unos meses desnortado a tope. Hasta que un día -¿casualidades de la vida?- leí algo sobre bioenergética, y comencé a buscar un terapeuta. La metodología me gustaba: se trabajaba el yo a través del aparato muscular. 

Recuerdo que estuve yendo con uno por Arturo Soria. Durante este periodo releí con pasión a Wilhem Reich y descubrí las enseñanzas de Alexandre Lowen; sobre todo, sus teorías acerca de la «coraza muscular». Sin embargo, tampoco terminé de engancharme; en este caso, no sé bien por qué. Quizá ya me había entrado el gusanillo de que el cuerpo era muy importante para integrar la estructura psicológica de la persona y necesitaba ahondar más con otro método que me diera más profundidad. Tal vez el recuerdo de Saleta ya me fuera pesando con su ausencia de plomo. No sé...Hasta que un día me decidí, la llamé a Santiago y le puse al día de mis "picoteos" psicológicos.  También le dije que estaba buscando un centro de yoga que tuviese reconocido prestigio: pensaba pagar el primer mes, a ver qué tal me iba.

Le comenté que había oído hablar muy bien del de Ramiro Calle; pero ella, en el último momento, me recomendó otro por Goya que se llamaba Sivananda. Por supuesto, su opinión se llevó el gato al agua, y allí empecé. 

Recuerdo una sensación -qué pequeño se ve todo, perdido a lo lejos en el tiempo-, destacando entre las nieblas: cuando cogía el metro de regreso, me sentía cambiado. Miraba a la gente y todos me parecían gente buena; que todo estaba bien y en su sitio. Esto me sucedía todos los días que iba por allí; pero luego se me terminaba pasando, después de llegar a casa y quedarme con las ganas de contárselo a alguien.

Y ese "alguien", una noche me llamó por teléfono.
Codorníu.

20 de julio de 2017


"La tierra estaba seca. 
 No había ríos ni fuentes.
 Y brotó de tus ojos 
 el agua, toda el agua".

(Luis Alberto de Cuenca)


Se podría decir que comencé mi camino interior con veinticuatro años. Por supuesto, aún no era capaz de comprender ni rastrear los orígenes del sufrimiento que iba aflorando en mi vida. 

Había logrado cierta lucidez para evitar cargarle la culpa a alguien; y, como no veía más allá, terminaba atribuyendo todos los desastres a mi personalidad: otra manera de proyectar la culpa tan irreal como la anterior, pero bastante más dolorosa.

La terapia con Saleta tuvo dos fases muy bien diferenciadas. La primera -muy intensa, hasta mis treinta años-, constituyó el tramo más largo. En su mayor parte, fueron interpretaciones de sueños donde, aparentemente, fue todo bien. Al salir me sentía más o menos "reparado", o eso supuse por lo menos.

Sin embargo, hube de volver unos pocos años más tarde, ante la evidencia de que los mismos problemas -con otro disfraz- seguían repitiendo su esquema, con terquedad, en el día a día.

Esta segunda fase fue más corta, apenas duró un par de años. En paralelo, fui devorando todos los libros de psicología, de autoayuda, etc., que me permitía el tiempo libre. El diván de Saleta se iba llenando de limitaciones para mí. 

Salí de allí con treinta y cuatro años, y menos convencido del "alta" que la vez anterior. Recuerdo que ya tenía un recambio pensado: presentía la certeza de que toda curación era un proceso inacabable, un último delirio que la mente conceptual perseguía. Y algo me decía que este sendero interior no había hecho más que empezar. 

Tal vez por eso, tras despedirme de Saleta regresé a Madrid y busqué el mejor centro de psicólogos conductistas que había en la Capital por aquel entonces. Y, aunque me atendió una profesional de gran prestigio que dirigía el gabinete, duré poco: no estaba acostumbrado a parar los pensamientos de ataque sin indagar. 

Por aquel entonces, ya intuía que mi camino se dirigía más a cavar y cavar que a protegerme del granizo bajo el cielo plateado de un invernadero.
Codorníu.

12 de julio de 2017


"Caeremos en las cerradas y espejadas catacumbas del sueño, y allí, a la pálida luz, descubriremos la osamenta y el polvo, los tristes restos de alguien que habría podido existir si no hubiésemos ocupado su lugar". 

                         (Mark Strand, Tormenta de uno)


Después de cursar un año en la Escuela de Ingenieros de Caminos, pasé los siguientes cuatro años matriculado en Económicas, concretamente en la rama de Econometría. 

Estando en primer curso, conocí a Saleta; aunque solo de vista, claro.

Todos los lunes nos veíamos sin mirarnos en el andén del metro de Sevilla; fueron cuatro años apasionantes... 

A punto de empezar mi quinto curso se produjo su detención. 

No tuve valor para quedarme en Madrid. El juicio salió al año siguiente, y por la prensa me enteré que le pedían un montón de años. 

Desconozco cuánto me pudieron condicionar estos hechos; pero el caso es que lo dejé todo: mi buhardilla en Lavapiés, mi trabajo en el banco, mi facultad de Somosaguas... y empujado por un no sé qué, marché a Santiago a terminar la carrera y vivir de los gráficos, que no se me daban nada mal. 

Necesitaba emborracharme para olvidarme de ella, y el camino que elegí fue el juego. La suerte hizo que juntase una pequeña fortuna aprovechando mis conocimientos sobre los recuentos de la Onda de Eliot y las series de Fibonacci. Sin embargo, como era de prever -por todos menos por mí-, en una de esas jugadas bursátiles "brillantes" terminé corneado por los mercados. El revolcón fue de tal magnitud que lo perdí casi todo. 

Me quedé con lo puesto: unos pequeños ahorros para vivir modestamente durante algunos meses, y una depresión de campeonato por toda compañía.

Por un anuncio en el tablón de los comedores de la facultad de Psicología -donde iba a comer-, empecé a recibir ayuda en la consulta de un gabinete psicoanalista donde consiguieron "estabilizarme". El Centro se llamaba "Almiya" (Una mirilla para observar el alma, decía el subtítulo) y estaba en una zona de chalets, por la salida a Lavacolla, donde acudía dos tardes a la semana.

En términos económicos, se trataba de una terapia que me podía permitir por los pelos, una vez recortada de mis ingresos la parte para comida y alquiler, conceptos en los que gastaba lo mínimo. Sabía de sobra que dedicaba el principal a algo radicalmente distinto a lo que lo hacía la gente de mi edad, que andaba en otras cosas. Y así me dispuse a sobrevivir a la década del desencanto: los patéticos ochenta. 

Mi vida transcurría sin mayores sobresaltos; había aprendido a graficar con red, a controlar la ambición y a saber mantenerme con lo justo. Hasta que una tarde me informaron en Almiya que mi psicoanalista había obtenido una cátedra en la Universidad de Salamanca, y que la carpeta de mi terapia pasaba a una mujer recién incorporada que, a partir de ahora, iba a ser la terapeuta encargada de sacarme a flote.

Aunque llevaba otro corte de pelo y otra ropa, reconocí de inmediato su mirada. Aún se me pone la carne de gallina cuando me dio paso a la modesta habitación que -como correspondía a la última en llegar- tenía como despacho. El corazón me pegó un vuelco: en cuestión de segundos luché lo indecible y a punto estuve de rechazar el cambio; todo inútil: la tentación fue irresistible.

Para Saleta, la Psicología -entendida como el estudio de sí misma- se había convertido en una pasión sin medida desde su entrada en la cárcel de mujeres. Según deduje, tuvo que trabajar muy duro sobre su historia personal durante los largos años de reclusión. Yo, al menos, la veía perfectamente formada a mis ojos, repito, que no dejaban de ser los de un profano en la materia; pero que no podían evitar echarle unas miradas que se la comían cada tarde, antes de tumbarme en el diván. 
Codorníu.