
Habibi, este vocablo árabe tan hermoso que repite Carlos Cano en esta canción, significa amado, querido, añorado. Una palabra que desaparecerá no tardando mucho, porque nuestra sociedad irá perdiendo todo vocabulario que no esté ligado al individualismo, arrastrada por un plan diseñado a la perfección por eso que llamamos (en un abandono de frivolidad) “los mercados”. Y es que el amor, eso que nos aproxima a la divinidad, no debería terminar -como no termina el color azul con el tono celeste o marino- en la relación objetal con la pareja, ni con el nido familiar.
Hay en nuestro interior un reclamo de amor social, un sentimiento de solidaridad, llamémosle X, del que de sobra sois conscientes sin que me extienda. Sin esa emoción, sin ese proyecto de que progresamos, sin esa construcción de futuro, uno no llega -ni de lejos- a la categoría de hormiguero o enjambre. Y sabe que sus días, su sociedad, están contados sin su esencia.
Su dolor al abandonar Sevilla (la canción lo refleja) no era por la ciudad, yo estoy convencido. Era el desconsuelo al ver como se pierde la vida, los avances de la civilización, la esperanza de un mundo más libre, su Ítaca: un trágico calco del momento que vivimos ahora. Pienso -salvando las distancias históricas- en los obreros del XIX, en los años de cárcel, en la muerte que les rodeó luchando; en la jornada de ocho horas, en los sufrimientos de los seres humanos por tantas y tantas conquistas; en los innumerables avances arañados en la sanidad, en el descanso necesario, en la Educación, en el salario justo, en las pensiones de nuestros mayores…
En Saleta, en Chumpéter, en mí mismo... .
Codorníu.
.









