12 de marzo de 2016


"El problema no son los pensamientos, sino el hecho de creer que son míos".


El guión ha pegado un volantazo para no salirse de la pantalla. Aún estoy paralizado ante la sola posibilidad de renunciar a mi identidad especial como individuo. 

De la mano de Saletarecorro el dulce laberinto. Se acabó aquello de mezclar extravagancias de la vida secreta, la privada, o la íntima. Aquel "gris pena" que veía en las ojeras de Lavapiés ya no impulsa mis velas en busca de las Ítacas ni proyecta singladuras navegando en lo externo. 

Cada día, un acto tan sencillo como es abrir los ojos supone la entrada a un cine para consumo interno. La pantalla es la misma que en la sesión de noche: la mente impersonal donde todo sucede. Pero, de aquella jaula, aún queda en la pared el clavo inútil; y, en lugar de un personaje del celuloide, sigo creyéndome un espectador sentado en el patio de butacas. Al menos, esos recuerdos me quedan de aquellas últimas charlas con Saleta en la terraza del Achuri, mientras no paraba de hablarme sobre la bondad inocente de lo inesperado, o la "manifestación" global donde encaja el sol de estos inviernos imperfectos. 

No puedo evitar, sin embargo, que un sabor a ceniza y desencanto hormiguee en mis labios desde dentro. A la boca me viene una escena de la película Matrix en la que uno de los protagonistas, Cifra, está comiendo un filete que sabe que no existe

Cifra prefiere vivir en la ignorancia, porque esta es la única felicidad que conoce.
Intento que no sea mi caso.
Codorníu.

16 de febrero de 2016

Pepe, tío Pepe para todos nós.

Teño especial querencia pola xente que naceu en febreiro: Andrea, Iria, Alberte, Pepe, Marisa… as miñas queridas irmás… e naciches ti, benquerido Pepe.

Febreiro é tempo da Candelaria e de San Brais,  desas festas tan propias que poñen o pano ao inverno e abren as portas a unha nova primavera.

Ademais,  Febreiro é un mes máxico para os galegos :
- Os días duran máis e o sol xa quenta un chisquiño.
- Comezan a florecer os salgueiros, as mimosas, os pexegueiros, os loureiros, os toxos…
- Nacen as patacas de cedo. Os fentos (ou fieitos, como dicides pola Terra Chá) botan esporas.
-Os gatos  e os esquíos entran en celo.
-Os paxaros casan.
-Nos ríos aparecen as primeiras troitas.
-Os rapaces atopan os primeiros niños de merlos e pardais.
-Xa se escoitan as rás nas charcas e vanse da Lagoa de Cospeito  algunhas aves que viñeron a invernar.

 Será por iso polo que sodes tan especiais os febreiráns, os nacidos neste mes. Especiais e orixinais coma o propio mes, que como sabes tiña 30 días, pero dous emperadores romanos –os de Lugo diso sabedes moito-  roubáronlle cadanseu día para facer máis potente o mes  que levaba o seu nome: Xulio César para Xullo e Augusto outro para Agosto.
       
Todas estas concorrencias fanvos únicos e inesquecibles. Por iso estamos hoxe aquí para compartir contigo esta data tan extraordinaria.

Querido Pepe, aínda me lembro cando te coñecín. De soldado, eu. De tío de Madrid, ti. Amable, correcto, discreto e servizal. Sempre coa tía Estrella ao teu carón, ensínacheme Madrid nunhas longas andadas. Amena e versada conversa, pero cun ollo posto en min e outro na filla de teus cuñados de Lugo…

Aqueles encontros tiveron outros e, xa na familia, foron moitas as cañas na Cava Baja, nos areais de Alicante e agora nesta paisaxe estraña de Madrid.

Ao longo deste tempo, apreciei en ti os trazos propios da bonhomía: delicadeza no trato, tenrura na proximidade, sinxeleza no comportamento e espírito observador na túa faciana, e por riba de todo fidelidade á terra e á túa xente.

Propiedades Pepe, que te fan merecente dos dous adxectivos máis fermosos que cantamos no noso himno: bo e xeneroso.

Un galego bo e xeneroso pero tamén sabio que, coma aquel Balbino do conto de  Neira Vilas (este ano por certo orfo), fuches un neno da aldea, un neno pobre, un ninguén, para acabar sendo un home rexo e firme coma un buxo... aínda que con raíces  de Pino.

Quixera rematar este enredo no que me meteu o teu fillo, cun verso doutro chairego coma ti, que está de actualidade este ano: Manuel María, o poeta de Outeiro de Rei que describe magnificamente a túa querida terra, pero que, lendo de vagar ben podería perfectamente referirse a ti:

Ollada a Terra Chá dende as alturas,
é semellante a un mar en calma.
Pra medila só valen dúas mensuras:
Ferrados de corazón, fanegas de alma!

Parabéns tío Pepe por esta longa andaina e grazas por deixarnos facer este camiño xuntos.

Emilio Castro Fustes, 13 de febreiro de 2016.

_________________________________________________________________________________Manuel María, sempre nos nosos corazóns.

(Muchas gracias, Emilio. A ti, a toda la familia de gallegos que vinieron al cumple y a todos aquellos que -no pudiendo seguir a mi padre en su longevidad-, estuvieron inequívocamente presentes en este homenaje, participando desde nuestros corazones)

Codorníu.

7 de febrero de 2016

En el centésimo quinto aniversario de Pepe citemos a Shakespeare, trayendo quizás la línea más famosa de Enrique V: “Una vez más en la brecha, queridos amigos”

Pues bien, una vez más en la brecha, queridos amigos, alrededor de Pepe Padre para los que nos movemos por esta turbamulta de Madrid, tan cambiante, tan imprecisa, tan estridente y tan oculta; una turbamulta de tabernas y plazas, de mercados y corros que se resisten a disolverse así lo aconseje la hora, así lo ordene la autoridad, francamente incompetente en la mayoría de las ocasiones. 

Como ya se hizo notar el año pasado por estas fechas, Pepe forma parte ya de este paisaje alegre y desquiciado; es uno más, desde mucho antes de que naciéramos casi todos los presentes, en la lucha por rescatar a Madrid de la barbarie, por reconquistarla para la libertad y la sensatez. No se ha dejado la vida en ello, sino que ha preferido enseñarnos a acaparar vida extrayéndola desde los escombros y la miseria moral que nada en billetes, chanchullos y solares para devolverla a su lugar, a la calle, al mediodía inacabable de vermú y conversación, a las palabras que dicen realmente y a la dignidad de quienes, como él, siempre han levantado la cabeza con firmeza ante tanto retoño de cortesana como pulula, maqueado fetén y apalancado en el asiento de atrás de un buga, de la hostia, eso sí. Lo que quiero decir, estimados allegados venidos de allende internet, es que nos  lo quedamos. Que Pepe es nuestro, vamos. Lo que no le impide ser muy suyo si la ocasión lo requiere. Supongo que todos los asiduos saben que me refiero a esa expresión risueña con la que nos recibe cada vez que rendimos visita; una expresión que denota cariño, ilusión por el encuentro, afabilidad, memoria dispuesta a recoger más sensaciones del momento que se abre… y algo más;  un rasgo intencionado, sutil y malévolo, bienhumorado y esquivo como la finta de un boxeador: Vamos, que una pizca de cachondeo se guarda el bueno de don José en la sonrisa. Que más de una vez me he dado la vuelta para ver si detrás de mí sucedía algo llamativo, o he bajado la mano con disimulo en busca de la bragueta presuntamente abierta. Y no; ni estaban las vergüenzas al aire ni se aparecía la virgen a mis espaldas. Lo único que he constatado de esa sonrisa polisémica es que ser un cachondo (siempre en su justa medida, nobles amigos) es condición indispensable del sabio. Demasiado ha visto y demasiado ha aprendido Pepe para no sonreír ante nuestra prisa, ante nuestras preocupaciones (que nunca desprecia por nimias: más bien las comprende y las hace un poco suyas), ante nuestro aprecio y ante nuestra insana costumbre de saltarnos el régimen y sentirnos culpables. Sé que se ríe de lo segundo, no de lo primero.

Suyo, nuestro, de la meseta, del prado, de la ciudad… ¿De dónde es Pepe, al fin y al cabo? Se atribuye a Richelieu la sentencia que asegura que basta con hacer cónsul a un gallego, pues él sabrá buscarse el consulado. No creo que una representación diplomática haya sido nunca el anhelo de Pepe, porque no creo que pueda ser el anhelo de nadie que se tenga por sensato. Al fin y al cabo, representar a una nación es reconocer que las naciones existen, cuestión sobre la que siempre he tenido dudas mucho más que serias. Nunca he sido capaz de sentirme parte de un lugar, ni he sido capaz de aceptar los honores y deberes que una patria exige. He leído con fruición las memorias de Pepe, que tan diligentemente ha editado su hijo, Codorníu para los de estos andurriales, y he encontrado un sentimiento parejo. Ni se defiende una tierra, ni un nombre, ni una bandera; se defiende la libertad, la dignidad, la honradez, el trabajo y el amor. No es verdadera pasión la que pueda despertar un himno, un idioma, o un escudo, sino la que se siente en una buhardilla, en un baile de domingo, en un bolsillo lleno de esperanzas, en el abrazo de un compañero muchos años después, en una mujer, en un hijo. Pepe, y respondo la pregunta que dejé en el aire, es de aquí (sea donde sea), y de ahora (sea cuando sea), porque es de todos nosotros, que es una forma realmente elegante de ser, como ya se ha dicho, muy suyo.

Por cierto, y para los amantes de las cifras: a los treinta y siete mil novecientos ochenta y seis movimientos de rotación que festejamos el año pasado hemos de sumar otros trescientos sesenta y cinco, por lo que el cómputo total de amaneceres y crepúsculos que ha completado don José asciende a treinta y ocho mil trescientos cincuenta y uno, lo que es muy fácil de decir, pero muy arduo de vivir.

Sólo me queda proponer el brindis de rigor, por Pepe, por supuesto, pero también por todos los que entráis aquí, pues quiero terminar con la misma cita de Shakespeare con que empecé para indicar que cuando este día sea nombrado, todos los que estuvimos aquí, a su alrededor, nos pondremos de puntillas, sabiéndonos honrados.

Álvaro M.R.

(Muchas gracias, cuñao)
Codorníu.

18 de enero de 2016

Somos símbolos, que habitamos símbolos.
            Ralph W. Emerson

La soledad levanta olas enormes, salta distancias infinitas, remueve los fondos limosos del pantano. Hay mucho tiempo para leer y releer esos renglones a mano del corazón, que testifican la insensatez repetida en mil ocasiones, hasta soliviantar emociones que parecían escondidas y olvidadas. A veces no me atrevo a seguir, me muevo por la linde, midiendo mucho; precavido, desconfiado... Consciente que, como decía Saleta en una de esas raras ocasiones en que salía de su mutismo, la verdadera presencia solo se valora a través de la ausencia. Como siempre, la puñetera, pegándose a la piel de mi memoria como el salitre.

Hoy se me empaña la vista ante el retrato sepia de nuestras vidas, cuando ya cada vez va siendo más evidente que no puedo hacer nada. Tampoco antes podía, sin apenas vida real a qué engancharme, como ahora sospecho. La posibilidad de que mi persona se fragua con la misma naturaleza que los sueños es un pensamiento reciente. 


¿Qué puedo hacer ahora salvo entregar mi yo a lo que surja de este lado del espejo donde la existencia es sin forma?                               

Codorníu.

2 de enero de 2016

Han pasado cerca de cincuenta años. Supe de Cortázar por un compañero del curre, el día en que ambos entramos juntos de botones en el sesenta y ocho. Eran otros tiempos, y la memoria no afina tanto como quisiera. Pero las emociones son otra cosa: lo retienen todo, las muy putas. 

Parece que estoy viendo la sonrisa de Charly, este compa del curre, en el momento en que me pasó Rayuela, un día que fuimos a ver “Sacco y Vanzetti” (Giuliano Montaldo, 1971) en una sesión histórica; al menos para mi generación, que se lo leía y se lo veía todo. 

¿Serían las Cuatro y diez de la tarde, aquellas de las que Aute daría fe en su canción? Cada uno tiene un recuerdo singular de aquellos momentos, vaya por delante nuestro respeto. 

Como la mente va sacando de la chistera su irracional secuencia de pañuelos anudados, el día de San Silvestre, viendo la maratón –qué difícil es retener la vida, como decía Heráclito, pero no las imágenes-, me ha venido de golpe este nombre a la cabeza. No, no me refiero al griego. Heráclito fue un cubano con el que conversé, tanto de la vida y la "muelte" como del presente “etelno”, en la barra del Floridita. Qué razón tenía, por cierto. ¡Y cuánto me gustaría que Saleta y él se conocieran! Sin dudar un segundo les estaría mirando (y escuchando) a perpetuidad, ensimismado por el estéreo.

En ninguna foto ha sobrevivido la emoción con que mis ojos acariciaron las fachadas despintadas, las estampas atemporales, la chapa de los coches de los años sesenta, la odisea vital de los transportes, la sangre policramada por la revolución en la mirada acuosa de los ancianos que dormitan nostálgicos en los bancos de los parques...

Ahora -que ya solo puedo contar con palabras los pálpitos vividos- mi piel naufraga en medio de este formidable recuerdo caribeño tan salino, pegajoso y encomiable. 

Espero que me perdonen los que vean que me pierdo. Con un daiquirí en una mano y El siglo de las luces, de Carpentier, en la otra, "todo es más amable, más humano, menos raro...", como dirían los de La Cabra Mecánica. 

Acabo brindando por mis distintos yoes; por los que me comprenden, por los que no y por aquellos que ya no necesitan atribuirse lo que hacen. Y sobre todo, por Saleta, la Maga, que nunca dejará de estar conmigo.

Codorníu.

25 de diciembre de 2015


"Se ha escondido
 en el bosque de bambú
 el viento de invierno".
                  (Basho)

Lleva un tiempo fundido el plafón de la entrada. Apenas se ve por la noche para echar los cerrojos y poner la cadena. Debería tener siempre repuestos de todo porque no sé cuándo podré bajar a la calle. De paso, también necesitaría yogures; el sábado no quedaban en el híper. La realidad se ofrece siempre con un lenguaje simbólico, no sería nada extraño que un día las imágenes de los espejos saltasen a la cadena humana. 

Cada año que pasa me cuesta más trabajo subirme a la escalera de mano. Además he notado cómo se me acorta la vista y veo peor; puede ser que no me guste lo que veo, tal es mi karma. Tendría que recoger las gafas en la óptica; hace poco encargué unos cristales nuevos, aprovechando aquellas monturas de Saleta que siempre aparecían por los cajones inesperadamente.

De esa forma me vendrán mejor a la mente reflexiones como estas: "La ilusión del yo separado está ahí, reclamándose autor de la experiencia. Es un pensamiento, tan solo un pensamiento...  pero firmemente asentado: imagina que la luz del conocimiento, la consciencia, está ubicada en (y limitada a) este pequeño cuerpo-mente". 

Afortunadamente, el ruido de la secadora ha parado. Ya no se oye el molesto "clinc" de las hebillas y las cremalleras contra el bombo de metal. Ahora solo queda el silencio de fondo, la oportunidad de observar al observador hasta que en un futuro pueda estar presente con los ruidos. 

Codorníu. 

21 de noviembre de 2015

El auténtico valor de un ser humano depende, en principio, de en qué medida y en qué sentido haya logrado liberarse del yo.
Albert Einstein, Mis ideas y opiniones.

Fui consciente de lo que llovía cuando estábamos refugiados ya bajo un alero próximo a la entrada del Botánico. Con cada racha de viento, las ramas de los arces más viejos asomaban sus quejidos por entre los barrotes de las verjas puntiagudas. Cuando escampó, caminamos hasta el metro tratando de no pisar los charcos, estorbándonos mutuamente al andar. Esta noche, se nos va a jorobar el paseo, dijo Saleta tras uno de esos "encuentros de cadera". Para reforzar sus palabras, me pasó la mano por el hombro, enseñándome la palma empapada. No se había puesto la capucha, y su pelo brillaba ensortijado en caprichosos bucles. 

Algo, que no terminaba de vocalizar bien, comenzó a vibrar en sus labios cuando le recordé que aún no me había dicho cuándo se iba. No quiero que me tomes por loca, me pareció entender. Pero esta Saleta que ves fuera no pasa de ser un mero pensamiento que está llamando a la puerta de tu corazón desde dentro. Este fue el penúltimo gallardete de palabras que salió de su boca antes de que la lluvia levantara de nuevo un biombo de silencio entre los dos. 

Al llegar al pie de las escaleras del metro, se despidió con un lacónico «La persona solo aparenta ser; pero es absolutamente inexistente». Al alejarse, una sonrisa muy suave bajó de sus pupilas hasta la comisura de unos labios, donde el tiempo había borrado para siempre las huellas de los míos. 
Codorníu. 

29 de octubre de 2015

La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque, aún no ha tocado el suelo.
                     Dylan Thomas
En una de las últimas ocasiones que encontré a Saleta terminamos en la terraza del Achuri. Era un mediodía de otoño con el suelo mojado y los árboles a medio pelar. Habíamos bajado hasta Lavapiés sin escurrirnos y sin sentir el paso del tiempo, como siempre que estábamos juntos.

Aunque nunca me dijo lo más mínimo, ahora, que me van cuadrando las cosas, creo que por aquel entonces ya sabía que se iba. Delante de un gin-tonic, en un momento de intuición, le manifesté mi miedo a encontrarme solo ante el vacío. Desde aquí me parece una charla tan lejana como inexcrutable. 

Aprende a cultivar la soledad, me dijo. Es muy importante aprender a estar solo. Y tras una pausa, como si quisiera explicarse mejor, añadió: Procura pasar el mayor tiempo posible contigo mismo.

Yo no soy un tipo solitario, protesté. No valgo para eso.

Lo que digo no significa que uno deba ser solitario, sino que no debiera aburrirse en su propia compañía, dijo Saleta. En ese terreno es donde tu personalidad tiene miedo. Vaya... la tuya y la de todos.

¿Miedo? ¿Por qué?, pregunté extrañado.

Porque el personaje sabe que va a morir cuando descubra que no tiene ninguna existencia real, ya que todo lo que hay en el mundo manifestado no puede ser más que conceptual. Por eso. 

Se hizo una pausa muy grande. Quizá Saleta esperaba algo de mi parte que le diera pie para entrar en detalles. Yo me deshacía en esfuerzos sinceros por entenderla. Al cabo de un rato dijo que tenía frío, se levantó para pagar en la barra y al salir me tiró un beso desde lejos. 

Codorníu.

22 de septiembre de 2015

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Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
                      Pablo Neruda.

Quiero disfrutar de esta estación que empieza. Temo que se me acabe en un pispás, y la vida me hunda en las noches frías del córtex donde no llega la luz del corazón. Me asalta la tentación de retener el otoño para siempre y por la fuerza; suplicar que no huya de la vida cercana y cálida, de la "Piedra pequeña como tú" de León Felipe; que me mantenga lejos de las casillas infinitas de los conceptos, del fractal despiadado de la autoría culpable. 

No quiero que llegue ese pozo inerte de los inviernos con sus pupilas tristes y su mirada mate. Me chifla ir al puesto del mercado donde me reconocen y reconozco al otro, y dar muchas vueltas a la tarde hasta caer, cual derviche, con los párpados desplomados por el cansancio diario. Y en pleno duermevela, ventear esa hoja que huele a Saleta, sentirla caer a cámara lenta; soñar que me hago uno con ella y me poso cual mariposa en la madera intraducible de aquella taberna que salía en “El lobo estepario” de Hesse, donde ella me enseñó a mirar con ojos de puente que vela un cauce seco.

Codorníu.

8 de febrero de 2015

Ante el 104º cumpleaños... ¡Felicidades papá!


El mundo da muchas vueltas. En ciento cuatro años ha dado, exactamente, treinta y siete mil novecientas ochenta y seis vueltas sobre su eje, si tenemos en cuenta los días veintinueve de febrero, y las obvias ciento cuatro alrededor del Sol. Y todo para acabar en el mismo sitio. Bien podría decirse que el mundo es gallego. Al fin y al cabo, nadie como un gallego puede enseñarnos que no hacemos sino marcharnos sin irnos del todo definitivamente; es decir, que nunca terminamos de regresar, a pesar de que pongamos nuestro verdadero empeño en eso. A la sucesión de tales rupturas incompletas y retornos inacabables hemos dado en llamarle vida. Así que, simplificando los términos de la igualdad, podemos afirmar que nadie como un gallego puede enseñarnos a vivir.

Tenemos el ejemplo claro en mi padre, en cuyo derredor nos reunimos hoy para celebrar no sólo su cumpleaños, sino su presencia y su influjo. Ha abierto los ojos en treinta y siete mil novecientas ochenta y seis mañanas, y en otras tantas noches los ha cerrado. Entre ambos gestos, ha sido testigo de siembras y cosechas, de tormentas y sequías, de la belleza y de, como escribió Rilke, su continuación: lo terrible. Demasiados años de oscuridad, de silencio impuesto y con el puño crispado, dentro del bolsillo, eso sí -no fuera alguien a sacar conclusiones-, ha visto como su Galicia se desgajaba por el mundo, trasterrado también él, y como su nación pervivía en cualquier otro lugar del planeta. Ha conocido la novedad del teléfono, del automóvil, de la radio, del cine y la televisión, del ordenador e Internet; ha levantado la vista para contemplar el vuelo de los aviones, a veces con asombro, a veces con terror, y ha sido testigo de la llegada de un hombre a la Luna. Pero mi padre no ha sido sólo testigo -siendo el de testigo, en mi particular mitología, uno de los más grandes cometidos que un hombre puede afrontar-, sino actor y autor de su tiempo, de los muchos tiempos por los que ha transcurrido y los que aún ha de transcurrir. Ha trabajado cuanto ha sido preciso para sostenerse a sí y a los suyos e intervino en la malsana guerra que aún nos aturde ejerciendo una de las más nobles labores que puedo concebir: la de sanitario restañando las heridas de los combatientes por la libertad. 

Mi padre ha recibido y entregado amor y amistad; ha saludado a los recién llegados con devoción; cuando tocó se ha despedido con dolor, con gratitud, con entereza… y ha caminado; siempre ha caminado. Su figura fue parte importante del barrio en que vivimos durante bastantes años. Un Madrid antiguo sin Pepe andando y observando a su alrededor ha sido tan inconcebible como una muralla que asoma su mampostería sin Lucio o sin El Chotis. Aún recuerdo con cierta prevención (por no decir pánico) aquellos trancos de kilómetros en julio y a mediodía a los que se aventuraba sin que yo tuviera los “argumentos” precisos para acompañarlo. Pero de él no hemos de aprender a caminar, sino cómo caminar: con firmeza y lentitud; con sinceridad y socarronería.

Cierta sentencia muy extendida nos invita a vivir cada día como si fuera el último. Dicho aforismo, además de ser falso y malintencionado, es hortera. Sólo a un tipo de cortas entendederas se le ocurre renunciar al mundo de una sentada. Prefiero la actitud de mi padre: Cada día es el primero, y aún lo es después de treinta y siete mil novecientos ochenta y seis, y a él asiste con curiosidad, con asombro; con el deseo intacto y la inteligencia dispuesta y ávida. No surgen de él comentarios vanos ni preguntas de compromiso; no hay vigilia desaprovechada ni sueño por hartazgo. Ya sabéis que si lo encontramos en una escalera no habrá dios capaz de dilucidar si sube o si baja, pero tampoco nos importará. Lo esencial es que está, que va a estar siempre, enseñándonos lo más importante: que nunca debemos dejar de aprender con una mente de principiante, que es, ni más ni menos, uno de los mejores modos de amar que existen.

¡Muchas felicidades, papá!

Codorníu.