9 de octubre de 2012


Pasado algún tiempo, cuando ya había terminado de ordenar y publicar estos folios, osé abrir la mochila que se hallaba en la taquilla de la estación de Atocha. Allí estaba, perfectamente guardada y conservada, toda la ropa que Saleta utilizó en sus fantasías: el uniforme de cartera de Correos, la minifalda de cuero, el smokin de caballero, la casaca de yóquey, las medias negras, la pajarita...

Contarlo no se ajusta ni de lejos a lo vivido. El tiempo, según iba sacándolo todo, trepaba las paredes de la habitación en la que escribo, al ritmo de aquel sigilo familiar de sus pasos de cisne.

[Intento beber sin mancharme, pero los cubitos se descolocan solos. Se estorban entre el cristal del vaso y mis labios, poniéndome perdidos los Martinelli que llevé durante tantos lunes en el andén del metro de Sevilla. En mi nostalgia sigo limpiando a diario estos zapatos, en una versión personal del mito de Sísifo. Cuando contemplo las manchas, etiqueto "mancha" y las gotas secas surgen desde fuera, como con vida propia, aunque carecen de verdadera existencia. Ni un ápice de sustancia real hay en ellas. Un auténtico disparate convencional que todo el mundo considera creíble.]

Codorníu.

21 de septiembre de 2012




Debo confesar que la capacidad predictiva de Chumpéter me asusta. El 5 de agosto del 2009, me decía: En qué fase de la crisis nos encontramos, es algo a lo que se apuntará más de un listo a posteriori. Me temo que con el siglo comenzó una onda larga, terrible. Dentro de unos años, te lo confirmo. 

Recientemente, salió de su mutismo cuando le escribí –cómo me arrepiento, ya que teníamos que ir a Corrubedo dentro de poco. Se acercaba otro aniversario, y cometí el error de contactar con él antes de tiempo, pidiéndole consejo para ver qué hacíamos con el dinero que le dieron a Saleta por la venta del faro.

«Ahora ya está claro que nos encontramos en un ciclo largo. A los más cortos (de Juglar o de Kitchin) se les ha pasado el arroz. Esos no pueden ser, sólo nos queda aceptarlo. En el verano del 98 intuí que el subidón había terminado: el temible invierno de Kondratieff se confirmó en Econometría diez años después. Ya nadie se enfrenta conmigo o lo pone en cuestión... tengo el culo pelado de interpretar gráficos»
Sabéis que no hago literatura con esto, que no miento. Una y mil veces me pregunto qué veía Saleta en Chumpéter. El error es preguntarme eso mismo cada vez que cierro los ojos después de estar con él. Lo sé, porque nunca encuentro respuesta. O mejor dicho, como somos gallegos encuentro una en forma de pregunta: Entonces, ¿qué veía en mí Saleta?
Porque las dos maneras de ver la vida no se llevan bien

(Por cierto: hace mucho que no hablo contigo. Me pregunto por dónde andarán tus cenizas. Tal vez por Malpica de Bargantiños se habrán dado la vuelta y chapoteen  corrientes abajo ante las miradas cónicas del castro del monte Tecla. Quién sabe. ¿Acaso los mortales tenemos algo de naturaleza divina como Chumpéter? Porque no sé si te dije que yo, por más que miro al mar, tan sólo veo a lo lejos una mancha gris que viaja toda junta; algo que da que pensar cuando la noche acecha y el islote es sólo un peñón negro y lejano. Claro, que la primera vez que fui contigo allí, no estaba todo tan atado por la ecología (ni tampoco por la vida y la muerte, hay que decirlo), y pudimos acampar frente a él, al pie de las dunas. 

Por aquel entonces la vida nos mimaba, ¿te acuerdas?... La primera mañana, descorrimos la cremallera, salimos de la tienda y, sin desayunar, subimos como locos sin notar como se dislocaban los tobillos sobre la arena fina. Luego, bajamos rodando hasta la orilla; por aquellos años, no veías a nadie por allí en todo el día. Recuerdo que nos bañamos desnudos,  que leímos juntos el Principito, que recogimos conchas hasta el atardecer (aún conservo varias -las mejores- de aquel día). Otro recuerdo: comimos una empanada de zamburiñas entre los hombros de las dunas. Allí sopla bastante el viento y la garganta se pone rasposa, con arena...  Mira de qué me acuerdo -qué tonto-: me decías que mi voz te recordaba a la de Marlon Brando en "El último tango". ¡Cuánto sabemos tú y yo de mantequillas!

El puerto de Corrubedo, sigue; y el faro, anda como un chaval... de lúcido y vertical. En eso no se parece a mí, por desgracia. 

Quiero decirte otra cosa que me da mucha vergüenza: se me han quedado olvidados unos poemas que metí en aquellas peñas del islote de Ferreira, esas que tus cenizas  conocen mejor que tú misma, las que hay delante de la laguna de agua dulce. Te lo digo, por si en una de estas subidas de la mar impredecible, te pasas y te llevas lo que es tuyo.

Ah, y si me lees -que sé que sí-, escúchame bien: es cosa de que me vayas haciendo un guiño, como los faros, y pronto... Porque mi vida -que no yo- es una estrella que lleva mucho encendida y emite ya una luz anaranjada que indica transición, me temo hacia dónde) 
Codorníu.

16 de septiembre de 2012


Hace mucho que salgo a pasear por calles irreales evitando las otras, las que dicen que existen. Cada noche, la papelera de reciclaje del escritorio cuelga, cual peso muerto, buscando una mano que la baje a los cubos de basura de la esquina. Su corazón, no deja de producir conexiones tejiendo instantes que la memoria se encarga de rastrear por capricho. No paran de aflorar burbujas en la mente, balbuceos con Saleta, imágenes. Las estampas se pegan y despegan en espejos que tacho cada noche con el dedo, buscando una lacería que tenga algo de extraordinario, por diferente. 

¿Me engaño? Bastante sé que sólo repaso aquellos arabescos de antaño a la luz de una bombilla rubia, que peina su melena un metro por encima de míNi siquiera el batir de tortillas de entonces cruza ya por las cuerdas de ropa de ventana a ventana. Cierro los ojos; camino contando pisadas virtuales, eso es todo. 

Codorníu.

        

27 de julio de 2012


Llegan las vacaciones; otra rutina más junto al mar, sin caminos ni mapas, donde los días se irán sucediendo, sólo en la medida que uno se encuentre ahí para saberlo. De guardia queda un latido muy débil, no es necesario más; quizá estar alerta para evitar caer en la tentación de volver al pasado a buscar explicaciones arqueológicas. Mucho menos a esta absurda película chinesca de sombras proyectadas, en la que uno intenta cambiar la misteriosa telaraña del destino. 


Es una oportunidad de oro. Los espejos –que fueron colocados al azar, uno frente a otro, para que reflejasen su propio vacío–  se encuentran deshabilitados, disuelta la angustia en la bruma de los atardeceres. 


Todo lo que sucede aquí, junto al mar, constituye una especie de niebla como decía Unamuno, que va vistiendo nuestras desnudas existencias. 

Codorníu.

30 de junio de 2012


A quien corresponda: 


Ha sido muy bonito. Me hubiera gustado poder decir esto -en presente- cada día de los treinta y cinco años que han pasado.

Si no lo hice, fue porque el guión retenía este momento hasta el final, en un intento loable de mantener enfocado mi corazón. De ahí que galopase las horas y los días, corriendo de clase a clase, y de clase al recreo, y vuelta a correr a clase, y reuniones, y correcciones exprés, y vacaciones, y mil rutinas y ritos más...  Ufff...

Comprenderéis mejor lo que he sentido, si os leo una cita breve del capítulo XXI de “El Principito”, que dice así:

«Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; así descubriré el precio de la felicidad. Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Por eso es bueno que haya ritos».

Debido al enorme montón de vivencias acumuladas, no es posible -al menos a mí me  resulta complejo- detallar la gratitud que siento por este trabajo.  

Soy consciente que he sido un privilegiado; que he tenido la fortuna de disfrutar -en primera fila- de un periodo muy hermoso de la vida de nuestros chicos y chicas; y que lo he podido repetir y repetir una infinidad de ciclos, para así mejor  comprender de ellos lo obvio y lo menos obvio. Gracias, pues, a las diez mil causas por tantas y tantas señales vitales de las que he sido testigo cada día.

Han sido unos años magníficos donde ha funcionado todo esto de que os hablo, ya que la química ha sido muy generosa conmigo. Por eso, en esta tarea maravillosa el trabajo ha sido fácil; lo complicado, sencillo. Y el día a día: la realización de una película (o muchas) con todo su encanto. 

Haber disfrutado en el mundo laboral ha sido todo un lujo; un salario emocional impagable (no al alcance de la mayoría, por desgracia) que, allá donde vaya y siga por donde siga este río que me lleva, siempre permanecerá en mi memoria, con mi más sincero agradecimiento a quien corresponda.

Gracias de corazón…  por todo lo que he recibido.

Codorníu.

17 de junio de 2012


Dentro de quince días mi vida cambiará. Por fortuna, no será un giro brusco, las vacaciones de verano harán que los cambios cotidianos se aplacen. Tal vez, si me hago el tonto, hasta puede que me crea el engaño. ¿No es eso lo que nos interesa muchas veces? Tan sólo el mudo inquilino del inconsciente sabrá lo que sucede... Esperemos que deje sus rebotes en el cuerpo para más adelante. La otra parte, la que suele jugar a hacerse la sueca, no reconocerá nada nuevo hasta septiembre. Entonces, cuando llegue ese momento, os contaré cómo se vendimia de jubilado. Por ahora, acepto el autoengaño. Es lo mejor, y lo más práctico.


Ya ha llovido desde aquel día que empecé a trabajar en un banco a la edad de dieciséis años. No cuantificar con exactitud ese periodo es una forma de difuminar un trabajo que me asqueaba. Sólo la juventud dorada y la etapa histórica que me tocó vivir, hace que ahora recuerde esa década de mi vida con el cariño que no se merece la empresa que me explotó miserablemente. 

Mi pasión por las matemáticas me llevó a comenzar una ingeniería, cosa de la que no me arrepiento, aunque sólo pude llegar hasta segundo curso. Allí se cortó mi camino, ya que en adelante no había clase por la tarde, y era impensable que yo pudiera dejar de trabajar dadas las rentas familiares. Ese camino cerrado fue un revés que me impactó.

Con un verano por medio (el verano del 71) me recompuse y pasé a Económicas, donde me convalidaron varias asignaturas. Ahí hice hasta cuarto de Historia Económica. Aprendí mucho. Viví mucho. Tengo gran cantidad de recuerdos, porque era una facultad muy vital, política y socialmente hablando. Bastante distinta al mundo de las escuelas de ingenieros.


¿Por qué no terminé la carrera a falta de un curso? Eso se debe estar preguntando aún mi madre, que en paz descanse.

Mi vida era un tiovivo que seguía dando muchas vueltas a causa de una pulsión que me torturaba; que me exigía desde lo interno, en grandes titulares, salir del banco cuanto antes. Digamos que el terreno estaba abonado para que algo cruzase el cielo y sembrara un cambio de rumbo radical.

En medio de aquellos momentos desnortados, pero sumamente fértiles, aprendí por experiencia que ni mucho menos es imprescindible mirar hacia Perseo para ver las Perseidas. Las estrellas fugaces pueden aparecer, de forma inesperada, por cualquier rincón de la bóveda particular de cada uno. Únicamente hace falta que sea de noche por dentro. En mi caso, me dejaron un polvillo de plata en los labios; un nombre, una contraseña maestra con la que abrir todas las puertas: Saleta.

Codorníu.


3 de mayo de 2012


Me meto en la noche hasta la rodilla,  mientras las estrellas bucean bajo la espuma batida del ruido diario.  

Los recuerdos me asaltan como una zarza ardiente, donde aún se queman en el cielo, dolorosos, los peces plateados de antaño. 


Hablo de cuando en cuando con Saleta en mis sueñosMe basta ver como se tiñe el pelo de todos los colores con ese toque burgués que encanta mis serpientes y aquieta otras cosas absurdas que me habitan cuando cierro los ojos. 


- Bastante nos hemos estrellado ya para vendernos motos -me dice.

Pero nadie enciende ya fósforos ante las mesas de mármol en aquellas cafeterías antiguas. Entonces sí lo hacíamos: nos quemábamos las yemas, agotando nuestras miradas frente por frente. Y a la vez, sin saberlo, nos jugábamos cuál de los dos dominaría al otro al llegar a casa: así de sencillo era lo inmediato. 

En nuestra ingenuidad, pasábamos ampliamente de los mirones que ocupaban las mesas contiguas.  Íbamos hacia adelante, sin miedo. Ella, con su poderosa minifalda que precedía a los tiempos; yo, con mi estigma de inconformista en mitad de la frente para que no se me fuera a olvidar nunca de dónde venimos ni -sobre todo- a dónde vamos. 


Por supuesto, no sabíamos lo que era un móvil.

Codorníu.


26 de abril de 2012

Piénsatelo un instante...




Cuando leas o escuches algo despectivo acerca de los temas políticos y la Política recuerda esto:
La etimología de la palabra "Político" es de lo más curioso y, al tiempo, de lo más importante a reflexionar:
 "Polítikós", para los griegos, significaba todo aquello que concernía a la "polis", al estado, a los ciudadanos como colectivo. Un asunto "político" era todo aquello que tenía que ver con la ciudadanía, con el bien público.
Para diferenciar los asuntos de todos ("polítikós"), de los que no lo eran, utilizaban la palabra "idiotikós", que significó en un primer momento algo así como "personal o privado".
Con el tiempo, a todos aquellos ciudadanos que no querían saber nada del estado o del bien público y común (o sea, de la "polis"), se les acabó llamando "idiotes"; y esta palabra terminó por ser lo que nosotros entendemos por "idiota": tonto de baba, leño; persona “sin luces”; alguien que no ve más allá de sus narices...
En resumen, que para aquellos griegos de la Antigüedad -donde nació la Cultura con mayúsculas- todos aquellos ciudadanos que despreciaban o no se esforzaban por el bien público, eran unos i-dio-tas. Sí: no te asombres, has leído bien: ¡¡Unos auténticos idiotas!!
Y ahora, dime: Si Platón y Aristóteles –nuestros admirados padres de la Civilización Occidental- levantasen la cabeza y se empadronaran en Getafe o en Moratalaz... 


¿Qué dirían al ver esta sociedad idiotizada?


Codorníu.

19 de abril de 2012

Depende de los momentos, no soporto la vida que me ha tocado. Supongo que os ha pasado en alguna ocasión sin fecha. Miradme a los ojos; al final he llegado a algo claro: es difícil enfocar el mundo con objetividad. Si miro por la izquierda, no veo el Sol, ese corazón tan importante. Por el Norte, la brújula ha perdido el imán desde hace tiempo; son los pollos sin cabeza, que corren y corren sin saber a dónde. Por el Sur, solo veo decepción, desánimo, apatía… Lejos quedan los jornaleros andaluces. Por la derecha, ya no miro; la conozco de sobra (no perdamos el tiempo). El Este me desconcierta sobremanera, lo reconozco; los chinos son algo impredecible: ¿Dónde están los principios?

Pero, sobre todo, lo que más me hunde, lo que me duele "de adentro" son los amigos; porque nunca supuse que estaban en los puntos cardinales, sino más profundo.

Vuelvan, regresen...  Miren la foto...
Es tal cual.


Codorníu.



2 de abril de 2012

"Los viejos sueños,
eran buenos sueños.
No se realizaron;
pero me alegro
de haberlos tenido".

(Clint Eastwood,  Los puentes de Madison)

Lo que soñé que haría y lo que hice en realidad son dos calcetines impares colgados, esperando que unas manos vengan un día a recogerlos y quitar las pinzas ennegrecidas que los sujetan a la misma cuerda

Ni el viento los junta. ¿Para qué, si todo lo que tenía que pasar ya ha pasado? Tan sólo cantan, desafinando en falsete, cuando empiezan por el patio las riñas de otros y no quieren oír ni de lejos algo que les recuerde sus viejas heridas… 

Prefieren esnifar el olor de alguna comida que les gusta… humm… O escuchar el batir de los huevos en los platos a la hora de la cena, o el chirriar nocturno de las garruchas al tender, o algún miau en celo que araña la noche haciendo rappel por las bajadas de zinc...  Lo que sea; pero algo que les acune hasta que se oigan de nuevo los saltitos de los gorriones taconeando por los canalones cuando ya se aproxima el alba.

Codorníu.