Pasado algún tiempo, cuando ya había terminado de ordenar
y publicar estos folios, osé abrir la mochila que se hallaba en la taquilla de la estación de Atocha. Allí estaba, perfectamente
guardada y conservada, toda la ropa que Saleta utilizó en sus fantasías: el
uniforme de cartera de Correos, la minifalda de cuero, el smokin de caballero,
la casaca de yóquey, las medias negras, la pajarita...
Contarlo no se ajusta ni de lejos a lo vivido. El tiempo, según iba sacándolo todo, trepaba las paredes de la habitación en la que escribo, al ritmo de aquel sigilo familiar de sus pasos de cisne.
[Intento
beber sin mancharme, pero los cubitos se descolocan solos. Se estorban entre el
cristal del vaso y mis labios, poniéndome perdidos los Martinelli que
llevé durante tantos lunes en el andén del metro de Sevilla. En mi nostalgia
sigo limpiando a diario estos zapatos, en una versión personal del mito de Sísifo. Cuando contemplo las manchas, etiqueto "mancha" y las gotas secas surgen desde fuera, como con vida propia, aunque carecen de verdadera existencia. Ni un ápice de sustancia real hay en ellas. Un auténtico disparate convencional que todo el mundo considera creíble.]
Codorníu.








