4 de diciembre de 2010



Explotamos indignados por la pobre gente, que se iba tan contenta de vacaciones y se las han chafado...

Explotamos indignados por las pérdidas ocasionadas en hoteles, compañías aéreas, restaurantes... 

Explotamos indignados por el daño a la "marca España", a la imagen de nuestro país en el exterior...

Pero no hemos explotado indignados por ese 40% de parados que se van a quedar sin unos míseros 426 euros para sobrevivir sin tener que robar. Ni siquiera hemos hecho el cálculo de cuántos seres humanos son el 40% de todos los parados... ¿Dos millones tal vez? 

. Yo también estoy indignado con esos 2.500 crápulas, que han hecho ese repugnante intento de chantajear al Gobierno. Por eso, y por joder de rebote las vacaciones de mucha gente. 


(Por cierto: ellos, los controladores, no han conseguido poner al Presidente de rodillas como nuestros prestamistas. Obsérvese: todavía hay mucha diferencia entre los gusanos y las serpientes)

No sé si se me nota. Estoy indignado con que la opinión pública no se haya rebotado -de igual manera o más- por lo de los 426 euros de los parados. A fin de cuentas lo de los controladores ha dejado a varios miles de personas sin vacaciones; pero lo de los 426 euros va a dejar a dos millones de personas al borde del hambre. 


Todavía hay diferencia entre la pobre gente y la gente pobre. Estos últimos, está claro que no nos dan la misma pena.

(Ah... y no tengo ningún amigo, ni conozco a nadie, que sea controlador; que conste)
Codorníu.

28 de noviembre de 2010

Un sobre grueso y sin remite. Dentro, aquellos renglones en tinta verde y los siete folios incompletos, irregulares. En cuatro de ellos el texto no pasaba de la mitad; algo más había en otros dos, y apenas media cuartilla en el último. Como si el resto de cada uno, guardase el sitio a algo desconocido que habría de escribirse más adelante. Cuidada, eso sí,  la letra; como dibujada por un devoto de las bellas artes. Sin firma. Sin más pistas que el papel de barba tan propio de quien valora el tacto del detalle en sus obras.

Después de comer, mientras Xéxpir trazaba aquellas líneas con ayuda del ProRealTime, volví a darle vueltas a un rostro... algo tan imposible como modelar humo inútilmente.

Decidí no enseñarle la carta. Había tantos datos de los dos que sentí que mi secreto se quedaba sin suelo; como si todo lo que habíamos vivido en aquellos días, no nos perteneciera ya a nosotros.

Sin duda nuestras vidas habían sido observadas igual que dos minúsculas gotas de agua en el portaobjetos de un microscopio. Quien fuera tenía en su mano el poder inmenso de revolverse contra los hechos, interpretarlos, tal vez volverlos a crear de manera caprichosa.

Cimbreando su corola sobre ese prado de tinta verde, quien quiera que fuese se atrevía a colocar -cual llamativas amapolas rojas- comentarios que iban desde las conversaciones apasionadas que Xéxpir hacía sobre los gráficos de octavas, hasta las pausas que yo aprovechaba para expresar mi entusiasmo por regresar a Madrid con él para vivir en la buhardilla de Lavapiés. 

Los papeles de Saleta.
Codorníu.

20 de noviembre de 2010

Las propiedades mágicas de los números aparecen por todas partes en la naturaleza. Lo nuestro no había de ser una excepción; porque, en el mayor de los secretos, la música que rellena el espacio que separa las almas destinadas a juntarse canturrea una geometría áurea, imperceptible para los amantes.

Una vez que el mar consintió que ganásemos la playa, la fiesta comenzó para nosotros al abrigo de unas rocas anaranjadas donde el sol dormitaba arrullado por la bajamar. Sólo había algo que me mantenía en guardia: aún ignoraba su nombre; un detalle importante, ya que me había propuesto no tener más relaciones con nadie de suma seis. Eso era más esencial que saber por qué Xéxpir mantenía aún la mirada perdida.  O ver como las marcas del oleaje se disponían en bellas y sorprendentes pautas de remolinos espirales. 


En seguida me di cuenta que su verdadera naturaleza era la de un tipo observador y cauto. En absoluto se atrevió a preguntarme sobre aquel tatuaje (a medio camino donde se junta la cadera con el muslo) por el que otros hombres se habían mostrado intrigados a la primera. Tan sólo lo miraba de vez en cuando, de reojo, con disimulo... sin saber que la frecuencia de vibración de su corazón era inversamente proporcional al escaso valor que le quedaba. No me dio pena, no era el único. Claves tan esenciales como los números que gobiernan los sentimientos se escapan al común de los mortales. Por eso cuando un quinto musical de su angustia regresó al dolor original ocho octavas más arriba, apenas percibió la secuencia ascendente de la escala espiral, cual sucede con la disposición de los remolinos del girasol. Sin saber la causa, sólo pudo notar cómo una sombra le velaba de nuevo el presente. 

Le salvó que para entonces ya había regresado yo del faro con una botella de albariño. 

Los papeles de Saleta.
Codorníu.
. .

12 de noviembre de 2010

Una dulce nostalgia había venido con él hasta la orilla... a despedirle... como si  allí se terminase la película común que habían rodado juntos durante más de medio siglo. No hay duda que algunas personas nacen de serie con esa pareja, y  nunca les oirá nadie quejarse de sentir un vacío aquí, por dentro del cuerpo. Aunque, cuando llega el momento, estas separaciones son, precisamente, las más dolorosas sin duda.

Xéxpir miró el reloj y se levantó las solapas de la chaqueta. Serían poco menos de las seis cuando tomó la decisión de avanzar con la mirada puesta en el horizonte. La dura arena del fondo daba estabilidad a sus pisadas; aunque no creo que fuese consciente de tantos detalles en aquellos momentos. Como mucho, lo más probable es que sintiera la frialdad del agua, tras el golpe que recibía al chocar cada ola contra sus muslos. Después, ni siquiera se daría cuenta del espectáculo en torno suyo; esa danza alrededor y por medio de sus piernas. Desde la orilla, con ayuda de la cámara, sí se captaba todo. Incluso como, a cada paso, le seguía una parada despeinando las aguas en remolinos cadenciosos: siempre la penúltima. Y esto ya es un adivinar; pero intuyo que, con  el compás de la marea, escucharía un tañido acoplado a su pulso; una señal que aún le anclase a la vida. A sus labios salinos, subía (eso no lo supongo, porque se lo oí contar en más de una ocasión) un hálito que, sin querer, musitaba una súplica. Eran unos versos del portugués Pessoa, que había cogido la costumbre de decir a diario, en voz baja, antes de salir por la puerta:

                                   Cuando uno está a la escucha,
                                   el desierto urbano se cubre de signos:
                                   las piedras dicen algo,
                                   el viento dice,
                                   la ventana iluminada,
                                   el árbol solo de la esquina dice,
                                   todo está diciendo algo,
                                   no esto que digo sino otra cosa,
                                   siempre otra cosa,
                                   la misma cosa que nunca se dice.

Cuando Xéxpir recuerda ese momento crucial de su vida siempre me habla de que tenía la sensación de estar rezando sin ser creyente. Y que esa cosa a la que se refiere el poema llegó a su manera, inesperadamente, en forma de grito, cuando alguien rompió el silencio a su espalda. Era yo, y ésa fue la vez que escogió el destino para presentarnos. Al volverse hacia mí, cuenta que encontró en mis ojos un brillo alquilado... como de haber sido feliz tan sólo en las fugacidades. Y en el fondo de la mirada, emergiendo -como a través de un periscopio- la imagen cuarteada de un corazón aplastado, el mío, yo también con el agua hasta la rodilla y la cámara colgando en el pecho, frente a frente, envueltos ambos en un silencio estoico y circular, que sólo se rompería cuando algo desatascó el cuello del reloj de arena de nuestras vidas y él accedió a desandar las olas de mi mano.

Los papeles de Saleta.
Codorníu.
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8 de noviembre de 2010

En el fondo sabemos todos que cada vez que se mira al pasado, sólo puede regresar de allí una voluta de humo. El día que conocí a Xéxpir en… bueno; qué más da... El caso es que Xéxpir ha sido uno más de los “personajes” que hace muchos años dieron vestido, casa y comida a mis mundos internos. Si decide replicarme al leer por aquí estos renglones que salpican su nombre lo comprenderé perfectamente. Hasta hoy, a mi Xéxpir, al holograma, no quise sacarle de la tranquila oscuridad del inconsciente. El otro, el de carne y hueso, existe en ese otro escenario que llaman la realidad los que buscan objetivar las cosas. Está ilocalizable, pero existe. Quizá abriendo los ojos de sorpresa en algún cíber perdido del mundo... si es que me lee. 
Aquel Xéxpir que yo recuerdo amaba la intriga, el velo, los disfraces, lo oculto: tal vez por eso escoge seguir agazapado. Un tipo impredecible, desconcertante... Incluso de sí mismo, que es como se está "fuera de control" de verdad. Fijarle unas coordenadas sería algo tan inútil como tener localizada en qué parte del cuerpo está el alma. Saleta seguro que coincide conmigo y sonríe desde sus nuevas praderas de caza. Como sabéis, Chumpéter y yo fuimos solos a llevar sus cenizas a Corrubedo. No sé cómo se enteró; pero allí estaba Xéxpir, sentado a cierta distancia, manteniéndose a raya claramente al abrigo de una pequeña duna, fumando. Como esos indios que seguían a las caravanas, desde lejos, en las películas del Oeste.
Codorníu
Codorníu..

15 de octubre de 2010

Según los datos estadísticos, los planes de pensiones acumulan una ganancia media del 0,09% en los últimos 12 meses, cuando la inflación actual -en ese mismo periodo- se encuentra en el 2,1%. Sólo hay que hacer la resta para ver que los ilusos que metieron su dinero en el último año en un plan de éstos pierden el 1,2% en términos reales. Aunque, en períodos más largos, el panorama es todavía más desolador: en los últimos tres años pierden el 0,99% anual. Y tendríamos que  remontarnos a 10 años para ver rentabilidades positivas; aunque de carcajada...  sólo ganarían el 0,73%. Conclusión: habrían logrado mucho más comprando bonos del Estado a 10 años, que ofrecen el 4%. 

Para más INRI, está el tema de la liquidez: estos productos sólo se pueden rescatar en caso de paro prolongado o enfermedad grave. O sea, no se puede sacar el dinero con el argumento de que el plan vaya mal. Si a eso unimos las elevadas comisiones y una gestión tan poco acertada, es lógico que los que aún tenían alguna duda hayan huído de estos inventos financieros como de la peste.

La reforma del sistema de pensiones en que está obsesionado el Gobierno continúa suscitando miedo en la gente corriente. El temor a que el modelo actual quiebre en el futuro debería traducirse en una suscripción masiva de planes privados. Pero no es así, porque la rentabilidad conseguida por estos encantadores de serpientes queda lejísimos de la que ofrece hoy la deuda pública o los depósitos.

Y ése es el drama. El drama de los bancos. Un suculento negocio de miles de millones, ahí a sus pies… que no convence a nadie...  De risa.

Y a la vez, qué pena. Porque ya que no hay alternativas, deberíamos defender con uñas y dientes el sistema público de pensiones.

Ahí están los franceses, luchando como en el 68.

A ver si lo consiguen.

Codorníu.

11 de octubre de 2010


En esta década que comienza, más de 400 millones de jóvenes se incorporarán al mercado laboral. La economía global -ese invento de los mercados- se enfrenta con sus propios monstruos: la crisis fiscal, la de la deuda, la de las pensiones… Y la peor de todas: un bajo crecimiento (o un estancamiento) que nos corta los caminos para crear empleo.

No me invento nada. Se pongan como se pongan, el desempleo está muy relacionado con el hecho de que no nos permitan apartarnos a los que ya peinamos canas para dejar sitio a nuestros jóvenes. 


Hoy en día se habla de lo bien que estamos físicamente a los sesenta o sesenta y cinco años. Pero lo que habría que cuestionarse es en qué trama de relaciones laborales se pudre nuestra vida, que hace que una persona a los 60 años esté físicamente perfecta para hacer casi cualquier trabajo, pero llevando en su interior muchas papeletas para sentirse destrozada psicológicamente…  

No me invento nada. A la vista de todos está lo que sostengo. Basta con salir a la calle, ver la crispación de la gente, observar el consumo de alcohol... Ni siquiera es necesario pasar por la farmacia del barrio para que le den a uno las estadísticas mensuales de ventas de prozac y similares. Ni que le den en el Ministerio de Trabajo el registro evolutivo de las bajas por depresión, que seguro que las tienen todas recogidas en un gráfico. 

Somos meros supervivientes en medio de una paradójica situación: la salvación de las entidades financieras está más que garantizada; sin embargo, nadie da un duro por la de quienes han hecho los sacrificios para rescatarlas del desastre que ellas -con su avaricia- han provocado. Todo esto es de locos... Como si en la Antigüedad Clásica, para terminar con la injusticia, se persiguiese con saña a los esclavos.

No me invento nada. Sólo me asombro de que a esto se le siga llamando aún Progreso y Civilización.


Codorníu.

8 de octubre de 2010

Recortes.

En este otoño tan hermoso, el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, ha vuelto a insistir desde su púlpito (por enésima vez... ya he perdido la cuenta) en la necesidad de aplicar recortes económicos a la gente corriente por el bien de la salvación del estado del bienestar.

En la mente de todos están esos hachazos que nos van desnudando de progresos y derechos. A la vez que las hojas de los árboles, sentimos como se cae también lo que con tanto esfuerzo hicieron crecer otros en el pasado. Este otoño, el viento seguirá arrancando de nuestras vidas lo que empezó a brotar -radiante de esperanzas- en aquella primavera del siglo XIX.

El señor Ordóñez no desconoce (es imposible) que el salario mínimo que alfombra de hojas los suelos es de 633 euros al mes. Tampoco ignora que muchas personas en nuestro país andan muy cerca de ese suelo. De sobra sabe que, incluso el doble, no deja de ser una miseria... de "privilegiados".

Poca gente puede presumir de haber contado las hojas del árbol salarial del señor gobernador. Tampoco yo sabía de ellas. Pero hoy he leído en el diario "Público" lo que gana, actualmente, en este otoño tan bonito y tan suave. Gana 194.148 euros anuales, que si lo dividimos en catorce partes, nos salen 13.868 euros al mes.

Entre 13.868 y 633, hay por medio un barranco de escalones profundos; veintidós, para ser exacto. Veintidós veces más uno que el otro son una pendiente de esas que dan miedo y escalofríos. Un abismo inmenso, negro, insalvable... que nos separa a nosotros, los que sufrimos los recortes, de ese señor y esa gélida élite dirigente a la que pertenece.

Aunque esto no sería importante si no formara parte del grupo selecto de los que legislan y gobiernan. Eso es lo que es obsceno y, más que grave, gravísimo. Me refiero a que esta clase dirigente goce de emolumentos tan siderales; cuando deberían tener un cinturón muy parecido al de los ciudadanos para que no se les cayese la cara de vergüenza. Para eso y para que se lo pensaran dos veces, cada vez que les sube a la boca esa ácida letanía macabra de apretárselo y apretárselo y apretárselo...

Mientras eso no suceda, los que hacen las leyes y las ejecutan no serán los representantes del pueblo. Al menos por mí parte no serán considerados como tales, mientras gocen de tan privilegiada situación económica, impropia de servidores del Estado.

Por más que lo digan las urnas y nos lo envuelvan todo con un hermoso vestido de seda llamado Democracia.

¿Cómo van a representarnos si no pueden saber lo que sentimos?

Codorníu.


4 de octubre de 2010

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Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran

ahora que aún calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda

aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelva escarcha.

Otoño, Mario Benedetti.

(De “Insomnio y duermevelas”)

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20 de septiembre de 2010

Los recuerdos suelen venir en ramos. El tuyo, traído al presente por la muerte, duele cual pedazo de vida que me arrancan. Aún estoy conmovido por el impacto emocional que supone escuchar la noticia de tu viaje definitivo. Con esta despedida te llevas un trozo de mi corazón, aquel corazón juvenil del que ya otros adioses se llevaron su parte.

Y ya no sé si lo que queda de él es más que lo que falta, José Antonio. Digamos que, a mi edad, se vive bastante de recuerdos que cada vez tienen más peso en lo que queda de ese órgano que late todavía. Pongamos que ahora mismo habrá ya un cincuenta por ciento de vida que son eso: recuerdos.

(Igual, hasta me quedo corto...)

Tu muerte me ha hecho sentir, una vez más, dos dolores parejos ya familiares. El primero es el bocado directo, el hueco abierto en la manzana roja del pecho. El segundo, notar cómo se incrementa en la composición de mi ser esa otra parte que ya no es regada por la sangre de la realidad; cómo sube la proporción de ramas mutiladas en esta vida mía, otra vez hoy hendida por el rayo como escribió el poeta centenario...

José Antonio Labordeta, no se me ocurre mejor despedida que hacer mías las palabras de Sabina a ti dedicadas:

Gracias, por tu ejemplo

Codorníu.