10 de enero de 2010
8 de enero de 2010

El aire le despeinaba los recuerdos dejando tras él –como el destino de un apicultor– un velo ondeado de oscuros desencuentros.
A falta de un mar pegado al pie de la ventana, el ‘Hombre sin móvil’ pedía tan sólo un riachuelo para el último tercio de su vida; pero todo lo más que le dejaban los Reyes (cada año) era una carretera seca a la intemperie. Aún así, al ponerse la tarde, seguía el asfalto hacia el faro e iba extendiendo, a ambos lados, un mantel de campanitas y demás motivos navideños, que centelleaban bajo los rayos oblicuos de un sol imaginario.
Desde abajo, sobre esa hora (más o menos), las monstruosas siluetas de las fábricas de papel donde había trabajado suavizaban su dureza, y hasta se diría que se conmovían en su tamaño de juguete destensando el rayo con que le amarraban a un pasado de esclavo.
Hasta los pies del ‘Hombre sin móvil’, sobre la hierba sesgada de la cima, reptaban las últimas hojas del 2009 recién arrancadas por el viento. Su corazón, apenas del tamaño de una arbequina, ya no traía botellas que cruzasen los mares albergando secretos inconfesos. Únicamente, sílabas perdidas merodeaban sus oídos provenientes de alguna oquedad rocosa, en otro tiempo útil para sus juegos de juventud dorada.
Pero ahora, cuando corría intrigado, en su lugar tan sólo hallaba –diseminadas e insensibles a las caricias del inocente azar– unas rebanadas de pan bimbo y el cobre verdoso de sus actuales circunstancias, que iban tomando ya el color azul de los sueños rotos.
Codorníu.
(Un corazón de arbequina. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")
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7 de enero de 2010
6 de enero de 2010
Angelina está mirando hacia el puerto por donde transitan las luces de los barcos que comienzan a salir al anochecer. Sentada en la mesa que hay junto a la mejor de las ventanas de la taberna, sigue el compás de la música con un suave balanceo de cabeza: por el aire suena “Mariposita de primavera”, en versión de Omara Portuondo. Las formas de un rostro -donde el tiempo ha dejado las huellas de todas sus ilusiones y todos sus reveses a partes iguales- se reflejan en la pared del vaso. Ante ella baila la mirada del hombre que empuja la puerta biselada de su memoria. Los sentimientos entre ambos se reconocen sin más vestido que el silencio; son encuentros que nunca fueron de griterío, que pisaron alfombras de gestos y caricias; que vivieron de sonrisas, soledades, recuerdos...
Una vez que se han saludado, tratan de recordar por dónde se habían quedado la tarde anterior. Quizá estuviesen hablando de hombros que nunca dejarían de estar, de manos que nunca se cansarían de volar juntas, de pasajeros con los que contar para todo el trayecto, incluidos los túneles…
Al otro lado de la barra, el vapor pega un prolongado siseo y sale con fuerza hacia la solitaria porcelana del techo. La atención de Angelina queda colgando allí arriba, atrapada por un instante. El reflejo, mientras tanto, sigue bailando en la pared del vaso como una serpiente sin cabeza.
La mujer sonríe para sí. Cierra los ojos. Siente ahora la frialdad de unas manos que cogen las suyas. «Siempre estabas helado», dice con el alma hecha hebras.
(Más allá de la ventana, el verdín se mezcla con la bruma)
Cada tarde, al llegar a este punto, Angelina deja de mirar hacia las barcas a través del corazón que ha dibujado en el cristal empañado. Acto seguido, agita los cubitos del vaso y pega un trago más largo que los anteriores. Allí, en aquella mesa, todo, incluido el tiempo, existe de otra forma en sus adentros; quizá, hasta más verdaderamente…
Codorníu.
(Reflejos en la pared de un vaso. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")
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5 de enero de 2010

Iñaqui Orihuela, a su edad, debería estar harto ya de ruidos y de ruedos. De ruidos, porque cada noche oye un disparo. De ruedos, porque eso que le pasa a él se llama desangrarse; morir cada vez que cierra los ojos. Ésa es la causa que le empuja a salir por las calles vacías. Un caminar difícil, tropezando de una en una con las imágenes de aquel descampado. La más nítida, el sobresalto del disparo, sus propios gritos entrecortados, el descenso lento hasta el coche con Yailene en los brazos... Y al final, el llanto, sólo interrumpido por las bruscas sacudidas de los suspiros cuando vuelve tras sus pasos para recoger uno por uno los folios del maldito relato que el viento ha esparcido por los alrededores.
Hace mucho que sale a pasear por aceras solitarias retardando el momento de meterse en la cama. Cada noche, la bolsa de basura cuelga cual peso muerto de su mano. El corazón, reventado por las arritmias de aquel atardecer, no deja de rastrear conexiones buscando instantes que la memoria se encarga de ocultar por capricho. Al mismo tiempo, su mente balbucea los últimos sustantivos que leyó en labios de su amada. El dolor tan humano que subyace en sus yemas se pega por el día a barandillas y paredes. Hasta gasta guantes de látex, porque sabe que no hay que dejar pistas para no ser alcanzado por la culpa de prestarse a aquel juego que aún le persigue. El futuro se encoge. Empaña ante él su rostro de tanto condensarse: los espejos no mienten. Cada noche, en la mesa, Iñaqui Orihuela repasa los arabescos del hule. Entre migas de pan tiradas a los dados, cena sin apetito mientras soporta el eco de cacharros lejanos.
Al salir del portal, se acopla a las sombras de la pared camino de los cubos de basura de esta ciudad crispada. La lluvia peina la melena de una bombilla rubia; pero él ya no escribe ni está por prestar atención a esas cosas. Tampoco a la oscuridad cribada de jadeos que escapan de los coches aparcados que encuentra a su paso. Aislado de todo, camina indiferente. En la esquina, hay tertulias de bolsas de basura, abandonadas al pie de una farola. Esa es su meta.
Allí, deja la suya, saca un pitillo y escucha el batir de las tortillas mientras lo enciende.
Codorníu.
(Bolsas de basura abandonadas. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")
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2 de enero de 2010

Aquel lunes por la tarde, a eso de las cinco y media, una mujer se desespera en la única parada de taxis que hay a la salida de la estación de Villaverde Bajo. En la mano, al sol, centellea el plástico de una pequeña botella de agua mineral de la que bebe pequeños tragos. No puede parar quieta: pasea arriba y abajo a lo largo de la acera. A esas horas, la salida de los colegios convierte en un embudo las autovías de acceso; aún así no le queda otra opción, lleva un año comiendo de encargos como el que tiene que entregar esa tarde con la urgencia de siempre.
Para echarle pimienta a la cita, ese lunes (precisamente ese lunes) hay huelga de trenes de cercanías. En medio del atasco le dice al taxista que pare. Sale tan trompicada del coche, que está a punto de meterse bajo las ruedas de un autobús que pasa por su lado. En esta ocasión (a pesar de la prisa) se vuelve para ver la cara del conductor. Si hay una cosa en el mundo que no soporta es que la insulten. Por mucho menos, por una simple mala mirada, más de una vez ha pateado, fuera de sí, carrocerías, puertas y llantas. Lleva la rabia en la sangre desde que la vida la empujó a vivir tan lejos: en este clima y en este ambiente, seco y crispado en todos los sentidos.
Pero en esta ocasión se controla. Tiene tan sólo el tiempo justo para echar a correr y llegar en cinco minutos, los que faltan para que se cierren las verjas del Botánico.
Sin detenerse, desoyendo la voz del funcionario de uniforme, salta por encima del torno. Sus piernas vuelan en el otoño lluvioso de la tarde; se le sale una sandalia, vuelve a por ella, la recoge, se quita la otra; ni siquiera se entera que el suelo está mojado. Cuenta dos, tres, cuatro cruces de parterres gigantes. Gira a la izquierda. Se sabe de memoria el pasillo de las plantas aromáticas: lavanda, romero, tomillo…
Le falta el aliento cuando llega al lugar convenido. En el segundo banco de piedra, al pie de un inconfundible flamboyant caribeño, hay alguien sentado.
–Dios… al fin llegas –dice, nervioso, un individuo desaliñado de unos cuarenta y tantos años.
–Lo siento –susurra ella intentando que no suene a disculpa.
Tras unos instantes de incómodo silencio, el tipo le ofrece un cigarro que ella rechaza. En su lugar, mientras él hace chispear el mechero, bebe un sorbo de la botella de agua; los dos necesitan calmarse. Después, la mujer desliza el sobre a ras del banco hasta el borde del vaquero, donde el muslo del hombre se junta con la piedra.
–¿Está todo?
–Todo –responde de inmediato.
A pesar de haber repetido esa escena decenas de veces, todavía no comprende ese empeño ciego que tienen algunos hombres… esas ganas de ver su dolor reflejado en el espejo de un pozo negro (cada vez más hondo e irreversible) del que ya lo intuyen casi todo.
–¿Dónde las has hecho...? –pregunta el tipo pasando las fotos como un niño que cambia cromos de fútbol repetidos.
–¿Qué más da? –corta la mujer aparentando la frialdad que siempre le falta.
–Conozco este antro –dice él.
Ella se encoge de hombros y hace una mueca de hastío. Enseguida, temiendo que con todo aquel tobogán amargo su esfuerzo sea borrado y olvidado, pregunta con rapidez por lo suyo. La respuesta tarda unos pocos segundos, demasiados para quien vive con lo justo.
–Ya lo tienes en la cuenta que me pasaste –susurra el individuo sin desclavar los ojos de una de las fotos donde un letrero de neón (con la palabra Pul_arcito) brilla, en la noche, con la ge colgando apagada.
A la mujer le importa un pimiento quienes son estos sujetos que llegan hasta ella dejando una voz atormentada en el contestador de su móvil. Pero, como siempre, a la salida de allí, cuando se cruza con las secuoyas y vuelve la cabeza, camina mucho más deprisa… como huyendo. Más deprisa aún que aquella vez en la que tuvo que levantarse como un resorte para que un cliente –en medio de la desesperación– entendiese que había puesto la mano donde nunca sería bien recibida.
Traspasados los tornos de la entrada, el recuerdo reciente de otro rostro desencajado que tampoco pudo con tanta angustia, la hace apretar el paso. Un pálpito –algo que le brinca en el pecho– le dice que ya no está para asistir a determinada clase de finales fatalmente intuidos.
La fatiga asfixiante le llega al cabo de unos metros. Se para. Da un trago de la pequeña botella de plástico y luego va dejando rebotar la mano muerta por los barrotes de la verja en busca de aquellos ojos caídos que ha dejado fijos -del otro lado- en las hojas del suelo. Le tiene pavor a esa expresión que ya conoce de otras veces. Con la práctica, sabe ya mucho de vidas cubiertas de líquenes que, como cipreses solitarios, se citan con ella por esos caminos botánicos que mueren en Atocha.
En esta ocasión, la intuición no le falla. El sonido inconfundible de un disparo la sobresalta al pie de la Cuesta Moyano. Sólo entonces se da cuenta que está cruzando sin mirar. Con el semáforo abierto para los coches.
Se oyen dos o tres pitidos. Alguien saca la cabeza por la ventanilla y le grita algo. «Vete a la mierda», masculla arrastrando la erre entre un rechinar de dientes.
Esta vez, tampoco puede quedarse: sólo desaparecer de allí, cambiar de aires, retorcer con rabia la pequeña botella de plástico hasta volverla un churro...
Codorníu.
(Caminos que mueren en Atocha. Del libro "Reflejos en la pared de un vaso")
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29 de diciembre de 2009
24 de diciembre de 2009
Todos somos muy esclavos de nuestra historia y del proceso personal que cargamos. Desde nuestra más tierna infancia, hemos elaborado fantasmas, miedos y enterrado semillas emocionales que nos acompañan para siempre sin que seamos conscientes de ello. En este sentido podríamos decir que somos lo que nos han dejado ser; y bajo esa mirada, es cuando sentimos la vida como una carga.
Sin embargo, todas las personas tenemos y podemos desarrollar una vitalidad ascendente, hacer blandas nuestras rigideces y pivotar un poco más ganando espacio. Sé que todos los seres podemos soñar cosas, imaginar, tener proyectos, lanzarnos a realizarlos, asumir las dificultades... Entonces es cuando sentimos que somos lo que hacemos.
Tal vez en eso consista el baile de la vida, una danza interna entre dos maneras de sentirse tan distintas.
A todos (no os cito uno por uno para no estropearlo) os llevo en mi corazón todos los días del año. En especial, en este solsticio de invierno.
17 de diciembre de 2009

8 de diciembre de 2009

En mis piernas retumba todavía el hormigón. El puente que atraviesa la carretera de Toledo vibra al paso de los coches y los camiones. Con los párpados entornados me dejo caer en el tresillo a la vuelta del trabajo. Son unos segundos tan sólo. Como cada tarde, enseguida se ponen en marcha páginas y páginas de rutinas milimetradas. Mi pobre Sísifo jamás deja de subir por ellas la bola que colecciona presentes imperfectos…
La mirada como boca de mina abandonada… y los sueños, exiliados en otro lugar por el efecto demoledor de este realismo sucio.
Codorníu.

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