22 de julio de 2009

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Cuando Yailene vio que faltaba poco para la estación, se levantó y fue dando tumbos de lado a lado del estrecho pasillo hasta llegar al cuartito que hacía las veces de lavabo. Una vez allí, sin apenas sitio para cerrar la puerta, se giró como pudo y echó una mirada al espejo. Sentía como el lento jadeo de frenadas hacía vibrar su memoria de traviesa en traviesa.
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Con el traqueteo le costó acertar con el maquillaje. En su caso, era una tarea para pulsos lejanos, enterrados bajo la arena, cerca del mar. Pero lo había hecho tantas veces cuando el inconformismo mataba sus pupilas que ahora, apagado definitivamente el fulgor de la juventud, necesitaba realzar la dulce amargura de quien ya siente que le pesan demasiados adioses.

Seguía teniendo aquellos ojos grandes que le comían media cara. Y aquellas ojeras negras como túneles, donde cualquier minero descarrilaría su vagoneta con los ojos cerrados. Sin embargo, tampoco ignoraba que ahora las brasas de su boca tenía que repasarlas de carmín para ver como la mirada de los hombres se posaba en sus labios. O soltar un par de botones de su blusa, otro fuego aventado por la mente.

Pero, ese día, cuando se paró el tren y miró el andén desde lo alto de la escalera, sólo traía abiertas en las venas aquellas vías dispuestas a recibir aliento y ternura.
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No había engañado a nadie con su carta.
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Ni siquiera Chumpéter, que recogió la maleta de sus manos, estaba ya para remover cenizas en busca de rescoldos inexistentes.
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Codorníu.

17 de julio de 2009

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Los recuerdos pueden salir a miles en el tiempo que dura medio cigarro. El otro día me ocurrió. Lo dejé sin contar, a propósito, porque no era el momento. Fue en la sala de espera de aquella estación antigua, próxima al polígono, cuando espiaba a Chumpéter mientras él -impaciente- se estiraba, ávido de saber la puerta del vagón por donde aparecería ella.
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La vía estaba vacía, podría jurarlo. Sin embargo pude oír el respingo del vapor de un tren, incluso los chirridos de las ruedas, el pitido del tipo de la banderita roja... Se trataba del correo que iba parando en cientos de estaciones por toda la meseta amarillenta. Era sábado. No el mismo cada año, pero sábado siempre.
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Mi padre, aunque ya se había convertido en un punto inapreciable, seguía en mi corazón con la mano levantada en medio del andén de la estación del Norte. Tardábamos casi un día entero en llegar a Lugo, por supuesto hacinados como los animales de las granjas actuales. Mi madre se volvía al día siguiente en el mismo tren, que daba la vuelta en Coruña: otro viaje de pie, sin apenas dormir (los asientos de madera, un lujo inaccesible); y se iba al trabajo directamente, porque ya era lunes.
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Seis o siete años tendría yo. Quizá menos.
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Codorniu.
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14 de julio de 2009

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No teniendo nada mejor que hacer, matar moscas con el rabo puede ser una opción peligrosa. Por eso los vencejos repiten su spin belenero conscientes de lo importante que es tener el tiempo ocupado. Una hora más tarde ya no vuelan. De vez en cuando tocan con sus alas en el aparato de aire acondicionado como diciendo: ¡Eh!, que no sólo en el mar los amaneceres son un lujo...
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Saber mirar, lo es todo. En palabras de Pessoa: El desierto urbano está lleno de signos.
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Desayuno temprano, con ellos, con los signos; aunque siempre sin hambre. Prefiero salir antes que el sol adopte esa mirada cruel, castigadora e insoportable, que derrite el cerebro. Hoy tenía que ir por fuerza a comprar spirulina al herbolario. Hay otro momento: un segundo desayuno, fuera de casa, en que todo lo que se come a media mañana sabe a gloria. A ello me disponía, antes de regresar, cuando vi aquel paquete de tabaco en el mostrador con el mechero encima. Su dueño, de espaldas a mí, apuraba el último sorbo de algo que ya no pude saber qué era. Me vinieron tres pensamientos en un segundo: No debe quedar casi nadie que fume Celtas con filtro. Tampoco que encienda con un Flaminaire de los años sesenta. Si además, le regala a su chica caramelos de L'Ile de Ré, debe ser un caso en peligro de extinción.
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Esto último, lo de los caramelos y la chica, no me constaba. Pero cuando me falta una pieza, me pica la curiosidad y no paro. Así que le seguí hasta donde terminan las casas y comienzan las fábricas del polígono. Por ahí me llevó a matacaballo, de calle en calle, parecía tener prisa. Para esas horas, los gorriones habían sustituido a los vencejos y describían vuelos cortos y rectos de balcón a balcón. Al llegar a la estación antigua por la que sólo pasan ya los trenes de largo recorrido, el tipo apoyó el hombro en el quicio de la puerta de la sala de espera y encendió un cigarro. Estábamos los dos solos. El aire era tan cálido que bien pudo considerarme un espejismo. Deduje que había venido a recoger a alguien.
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No le dio tiempo a consumir del todo aquel pitillo. Cuando llegó el tren, unas piernas bonitas se asomaron a la puerta del vagón casi frente por frente de nosotros. Mientras él se acercaba a bajarle la maleta me fijé en la mirada de cariño que le llegaba desde arriba como en las estampas de los místicos. A la salida, junto a la parada, un rodal de gorriones engañados vino a picotear una bolita de papel que ella tiró al aire como quien arroja un birrete. También se sumaron, despistadas, un grupo de palomas de una fuente cercana. Esperé a que montaran en el taxi. Con una palmada seca conseguí que las aves se alejasen unos metros. Paladeando ese instante con las yemas, mis dedos estiraron el papelito.
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En efecto: no me había equivocado de caramelos. Eran L'Ile de Ré.
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Codorníu.
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(No hace falta que aplaudan, no tiene ningún mérito. Se trataba de mi amigo Chumpéter)
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13 de julio de 2009

El teléfono... disculpen. La silla es del año pasado: también, disculpen. Ya tenemos día y hora para el quirófano, me lo acaban de decir. No quiero pensar en eso. Para cosas de salud, no suelo ponerme en lo peor. Aunque tal vez sea el calor que nos estamos chupando aquí, en esta áspera Meseta que tanto cantó Elisa Serna sin que nadie la recuerde.
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El mar. Alberti decía: la mar. La veo a todas horas como espejismo. En femenino. Como debemos mirar los hombres. Con una minifalda de cuero negro. ¡Cuánto la echo de menos, no saben! Hace mucho que no sonaba la tablilla del parquet, ¿recuerdan? Hoy ha vuelto a hacer “clinc”, cuando pasaba camino del único lugar donde todavía se divisa la lucha de clases en esta vieja Europa: la tienda de los chinos al final de la calle. En los días claros, allí me junto con ciudadanos del Este (así se dice) y de abajo, allén del Estrecho. También se dice así. No les entiendo casi nada a ninguno; no importa. Compartimos unas latas de cerveza y echamos unas risas. Sus camisetas con una estrella roja en el pecho acaban conmigo.
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A la vuelta, al arrancar para entrar en el mundo, se me ha jodido el “ordenata” (Lavapiés dixit). Una estrategia de esos seres diminutos de platino iridiado para boicotearme. Saben que no me apaño desde este eufemismo caledidoscópico llamado portátil que nadie lleva encima. Bajo un sudor infernal he desmontado el carrito de la compra para llevar el otro, el mío, a un sitio de ésos que te cobran un pastón por resucitarlo. Sobre todo a los "no creyentes": parece que nos huelen. El muy traidor no se lo merece por ateo; en La Habana de Hemingway lo hubieran destripado para ver los rein0s de Gulliver. Pero decidió morir en Europa: no ganaba para cubitos de hielo el muy canalla.
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Al final, tengo que poner el aire por su culpa. Me da faringitis, me he resistido, lucho contra todos en esta casa. Pero siempre pierdo. La piscina está llena de risas inconscientes. Cierro la ventana. No hay un sólo día en todo el verano que baje a esas aguas azules llenas de pises. Ya no se oyen a esas horas las voces del socorrista argentino llamando a los críos al orden. Me acuerdo de la gota de Pato. Ah, si aquí se revolcase una tormenta. Añoro las gotas del hemisferio sur, yo que me siento... como me levanto.
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Tanto planchar... Mangeles. Esta mañana, la tabla me ha dejado con la espalda en las últimas. Sin gota de grasa. Tengo que proclamarlo a los cuatro vientos con orgullo de náufrado arrastrado a la arena. Estas sábanas -con sus cuatro puntos ajustables- son un auténtico misterio del doblaje. Eso es cine de autor. Y otro, mi padre con sus largas marchas todavía. Noventa y ocho años y medio en sus espaldas. Otro sentido de la palabra espaldas. Se acaba, dice ¿Lo sabe?, pienso. No sé si es lo peor o lo mejor, me refiero a saberlo o a pensarlo. Por desgracia, ya no habrá experto informático que lo formatee. No se lo comento cada día, pero la médica me dice muy bajito: "Mañana igual ya no se te despierta". Al menos, confío que la vida nos dé algo de margen... no sé lo que daría por ello. Seguro que algo se me queda sin hablarle... Tantas veces le sorprendo empinándose –en su habitación– para darle un beso a mi madre a través del cristal...
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Están los dos muy guapos y muy jóvenes: era el día de su boda. Qué deprisa pasa todo... Me cuesta mucho ver eso sin llorar; es un acto que repite las mañanas, las tardes y las noches: tres veces. Le observo por una rendija de la puerta entreabierta. Tenía que decírselo a ustedes... Disculpen -los de aquí- el plural de mi América: las vacaciones son tan largas y el dolor es tan próximo...
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Pepe.

11 de julio de 2009

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Hay gente que es muy inteligente. Lo tiene fácil: se deja deslizar cuesta abajo por las rampas de su cerebro, y punto; otro personal es muy emocional y no puede evitar que lo dirija su corazón: ningún caso es el mío. Al no ser sobradamente inteligente ni tampoco un desparrame de pasiones, el destino no halló una barca pintada con mi nombre para pilotar con claridad un rumbo; apenas tuvo margen para saber lo que tenía que hacer en un par de contadas ocasiones. Y gracias.
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Pero encontré mi norte cuando los ojos de mi imaginación se acercaron a los suyos haciéndome sentír que "no todo" era una fantasía literaria, que los hechos son ciertos cuando se ven completos, que la vida es la unión de los opuestos. Sin embargo, aún tiemblo si me asalta la intención de escribir sobre ella. Resbalo. Siempre digo: No voy a aproximarme más a algo tan impreciso.
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Se me cansa la vista de mirar a través de las cortinas brumosas de aquello que existió y no existió a la vez.
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Quizá, eso haya sido todo: el fruto de la dualidad, el juego de Maya, lo ilusorio...
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Los ojos de un puente (sus ojos) y su reflejo en el río...
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...que los termina de dibujar al atardecer.
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Codorníu.


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8 de julio de 2009

El balcón tiene ese color gris pena de la madera muerta, reseca y carcomida. Hace tiempo que los nudos de las tablas dejaron su lugar a unos ojos vacíos y asimétricos para goce del viento. Así son también las frases que utiliza el tipo que esta noche se ha sentado en la silla que gime al contacto con el peso. El primer saludo, No te prometo nada, ha logrado engañar al vidrioso portero del córtex. Un pensamiento de incredulidad, veloz como un relámpago, le cruza por la frente, como si no reconociera sus propias palabras. Mira a un lado y a otro. Eso mismo haría cualquiera: desconfiar. A la espera de nada, más bien todo lo teme de esa cita previa que se ha dado a sí mismo. Prefiere creer que las personas como él sólo existen en las novelas. Sería un alivio. En definitiva, piensa, ninguno vamos sobrados para darle seguridades a nadie.
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Ha traído de la cocina un abrelatas oxidado, lo único que no tiró cuando acabó la mili. Con él abrirá su cabeza como si fuera un bote de conservas. Al pie de la noche inmensa, irá vertiendo el contenido pestilente (rectifico: hay de todo) de sus aguas remansadas para que se lo trague la madera sedienta. Necesita de verdad hacer borrón y cuenta nueva con todo lo que hay dentro. Si no quieres (vuelve a decirle a su invisible compañera, la noche), es mejor que no me sigas en esto. Tal vez no sea caldo lo que hallemos, e igual te me desmayas. Al final, de una forma o de otra, siempre encontramos decepciones.
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Codorníu.
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6 de julio de 2009

Al abrir el buzón se encontró un sobre sin remite, que rasgó sin la menor idea de lo que le esperaba. En el interior había unos cuantos papeles escritos con tinta verde, breves los textos, mutiladas e incompletas, las páginas.
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Llegaban hasta la mitad; a lo sumo, tres cuartos de folio, la letra muy cuidada.
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Una primera reflexión, al principio de la lectura, le hizo pensar a Saleta en alguien del entorno, pasado de vueltas. Pero imaginarse un carácter, un rostro, unos hábitos de conducta... fue modelar humo inútilmente.
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Había tantos datos de los dos que, al terminar los folios, Saleta sintió que se quedaba sin suelo; como si todo lo que habíamos vivido en aquel periodo de la vida, no fuera sólo nuestro, me dijo; o, al menos, no nos perteneciese únicamente. Quien fuera destejía los años renglón por renglón, fila por fila, como hacían las Penélopes del pueblo con los jerséis de lana. En su mano: el poder inmenso de decidir sobre los hechos y el olvido.
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Aquellos encuentros, que tanto habíamos protegido (huyendo de Madrid) de las miradas ajenas, se iban entrechocando ahora sobre ese prado de tinta verde, como gaviotas disputándose las embarcaciones que entraban y salían del puerto.
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Codorníu.
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30 de junio de 2009

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Ya estoy de vacaciones,
pero este año no puedo salir.
Stop.
Preparado para la renuncia
reviviré, de buen gusto, las del pasado año.
Stop.
Si al recordarlas, me repito, hacédmelo saber
al ritmo del son.
Stop.
Por ejemplo: "Qué entrada más buena,
qué entrada más buena,
más-bueenaaa...
Pero cómo me suena,
cómo me suena,
có-mo-me-sue-
naaaaa..."
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Jeje...
Os mando esta postal, desde la Cuba
que hay en mi corazón.
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Y con este guaguancó de Sabina,
para todos vosotros,
mi Habana...
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Altavoces a tope:
¡despegamos!
Stop.
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Codorníu.
(El guaguancó es un tipo de rumba, que se originó en Cuba a raíz de la abolición de la esclavitud en la Isla en 1886. El guaguancó representa una fusión de varios rituales profanos afro-cubanos conocidos como rumbas. Las otras dos variedades importantes son el yambú y la columbia. Los bailadores del guaguancó se mueven al ritmo de los instrumentos de percusión rodeados de un coro dirigido por un solista, que realizan una coreografía altamente erótica. El hombre va en busca de la mujer con fuertes movimientos pélvicos muy expresivos. Ella a su vez, lo evade y rechaza, hasta finalmente someterse a sus avances. El acto final significando la conquista realizada se conoce como el vacunao. La gran mayoría de los guaguancós eran composiciones anónimas. Las más antiguas datan de finales de la era colonial española en la Isla y se conocen como "rumbas del tiempo de España". A pesar de sus ritmos netamente africanos, el guaguancó revela ciertas influencias españolas, especialmente en sus manifestaciones flamencas y de las décimas campesinas en los textos. El guaguancó surgió cuando los afro-cubanos intentaron cantar flamenco)
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27 de junio de 2009

Ella, que se conformaba con escuchar a la hora de la cena lo que se colaba por los patios de luces en los descansos de un sencillo batir de tortillas, ahora está de nuevo sola, reñida con el pasado, y buscando la manera de ganarse la vida por caminos donde sabe que los demás no la encuentran ni la necesitan. Como siempre, no dispondrá de mucho tiempo; el imán de este juego absurdo hará que -tarde o temprano- tropiece con alguien que haga sombras chinescas en las paredes de su corazón: lo sabe, y tiene que aprovechar al máximo este breve paréntesis sin dioses.
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Pero antes que el abrazo de una tenaza machacona la obligue a vivir de nuevo con la mente en el yunque, la mujer que salió de aquella mujer, da un paseo junto al lago del Retiro, y se va deteniendo -al atardecer- ante las imágenes cosificadas que le devuelve el agua. Una a una, despacio, muy lentamente, se va despidiendo de todas.
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Por último, corta de una pedrada esa quimera alargada del “uno más uno” que enhebra la memoria. Y cuando el estanque al fin se llena de ondas, siente que ya está lista de nuevo para ser, sin más, la suma de muchos pasos y de muchos otros…
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Medio anestesiada por esa libertad -y por la botella de Havana que ha robado en un híper-, se duerme en un banco al borde del verdín donde emergen los ojos de una rana inmóvil. Al despertar, siente a su lado el aliento recurrente de otra vida similar a la suya: un príncipe de los desastres que la mira encantado desde un saco de dormir azul claro, su color favorito.
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Ese mero concepto (un holograma producido por su propia mente) la toma de la mano hasta una cafetería de cuento de hadas donde les sirven para desayunar otro naufragio anunciado con la leche templada: un desencuentro más que sumar al amargo currículum de yoes.
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Codorníu.
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21 de junio de 2009

Alguien estornudó bajo los soportales. De unos meses para acá siempre hay unos tipos que pasan la noche allí, como pueden: sobre cartones aplastados, cubiertos con papeles de periódico y tumbados sobre las frías aceras locales. Esa imagen es del dominio público, todo el mundo lo sabe.
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"Que lo sepa todo el mundo" no es un consuelo, porque yo no puedo seguir como si tal cual. Algo hay por aquí dentro, que también sirve para explicar las enrevesadas relaciones que han llenado de bruma mi corazón: un denominador común, que mi Galicia de Breogán me instaló de serie; tal vez, una brisa que trae y lleva una antigua nostalgia, te la muestra un momento... y luego, más tarde, la esconde.
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(Quizá la tapa con periódicos... como a esos tipos de los soportales, decía Saleta)
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De su mano, vuelven muchas contradicciones borrosas y un sólo cuerpo consciente de sensaciones, que -como un jarrón con agua- aún da soporte a este ramillete abierto de yoes que me parece a mí que soy yo.
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Será por eso, que los rayos de sol no han durado mucho tiempo. La mecedora paró varias veces, fuerza de rozamiento le llaman los físicos. Yo prefiero soñar que despertaba siempre, porque entraba la luz de una mañana blanca, brillante y resplandeciente, que me hacía achicar los ojos. Los charcos plateados evidenciaban, no obstante, un reciente pasado de lluvias, tan persistente, que todavía se descolgaba algún goterón aislado procedente de los canalones de nuestros respectivos interiores. En el mío, al menos, un pájaro empapado quedaba vibrando unos segundos, sacudiéndose el agua sobre una ramita baja, cuando -de este lado de la cristalera- seguía con la vista a esa figura ambivalente (fruto del desencuentro) que cruzaba la plaza despacio, balanceando una maleta sin ruedines..
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A partir de ese día, peregrinaba -en busca de mi parte fugada- por invocadas tabernas; tan amadas, como pudo Kavafis sentir las suyas de Alejandría. Ensamblándolo todo, su ausencia.
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Codorníu.
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