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Cuando Yailene vio que faltaba poco para la estación, se levantó y fue dando tumbos de lado a lado del estrecho pasillo hasta llegar al cuartito que hacía las veces de lavabo. Una vez allí, sin apenas sitio para cerrar la puerta, se giró como pudo y echó una mirada al espejo. Sentía como el lento jadeo de frenadas hacía vibrar su memoria de traviesa en traviesa.,
Con el traqueteo le costó acertar con el maquillaje. En su caso, era una tarea para pulsos lejanos, enterrados bajo la arena, cerca del mar. Pero lo había hecho tantas veces cuando el inconformismo mataba sus pupilas que ahora, apagado definitivamente el fulgor de la juventud, necesitaba realzar la dulce amargura de quien ya siente que le pesan demasiados adioses.
Seguía teniendo aquellos ojos grandes que le comían media cara. Y aquellas ojeras negras como túneles, donde cualquier minero descarrilaría su vagoneta con los ojos cerrados. Sin embargo, tampoco ignoraba que ahora las brasas de su boca tenía que repasarlas de carmín para ver como la mirada de los hombres se posaba en sus labios. O soltar un par de botones de su blusa, otro fuego aventado por la mente.
Pero, ese día, cuando se paró el tren y miró el andén desde lo alto de la escalera, sólo traía abiertas en las venas aquellas vías dispuestas a recibir aliento y ternura.
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No había engañado a nadie con su carta.
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Ni siquiera Chumpéter, que recogió la maleta de sus manos, estaba ya para remover cenizas en busca de rescoldos inexistentes.
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Codorníu.









