Islote de Ferreira, playa de Corrubedo, Atlántico puro. Tenebroso océano de extraño y ovalado rostro que nos mira... Ósmosis; al fondo: piel de cera azul...
Cuando tuve que acompañar a Chumpéter pasé entre las tiendas de campaña del pasado como un búho de ojos ajenos y grises. Bajo el brazo, los libros de cabecera de Saleta: Lezama Lima y Cavafis.
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Las dunas (esa serpiente de casi cinco pisos que ondea todavía con los vientos) me fueron contando las veces que pude haber subido y bajado por ellas: aún me dolían, sensuales -bajo las uñas-, las contracciones insolentes del pasado.
En mi corazón (entre fogonazos de magnesio) pude ver que estaban todavía aquellas incontables conchas recogidas, las huellas de gaviotas sesgadas en oblicuo por los pasos desnudos, la soledad querida con tus senos verde reineta imaginados; el narcisismo derivado: reflejo doloroso y cruel que me acompaña hoy en el espejo con un lazo o pajarita que nunca tuve; la melodía del faro, el puerto, sus azares... el olor inequívoco a pescado sedimentado en las aguas de un beso... incluso, los pulpos rematados en una magullada lentitud de muelle.
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Junto a las palabras susurradas, siento emerger al galope las ocasiones en que he visto las carreras de caballos por las dunas a través de tus ojos, la barbilla clavada en mi hombro, la orquesta a un lado, las bombillas, las fiestas empapadas de ternura y placer entre venas azules de pieles de veinte años...
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Trepan por las barandas -sin llamarlos- los murmullos imperceptibles de las callejuelas azuzados por ojos oscuros y brillantes; tu hermosa dentadura perfecta, los carmines de henna, el puerto... los chillidos de las gaviotas confundidas con el clímax inadvertido por nosotros mismos: los protagonistas. Y del otro lado, la embriaguez: caminante nocturno entre tantos sueños de latón vacíos...
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Quizá los ecos me engañan -me planteo- , estoy tan alejado de mi propia existencia...
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Codorníu.
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