4 de febrero de 2009

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Islote de Ferreira, playa de Corrubedo, Atlántico puro. Tenebroso océano de extraño y ovalado rostro que nos mira... Ósmosis; al fondo: piel de cera azul...

Cuando tuve que acompañar a Chumpéter pasé entre las tiendas de campaña del pasado como un búho de ojos ajenos y grises. Bajo el brazo, los libros de cabecera de Saleta: Lezama Lima y Cavafis.
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Las dunas (esa serpiente de casi cinco pisos que ondea todavía con los vientos) me fueron contando las veces que pude haber subido y bajado por ellas: aún me dolían, sensuales -bajo las uñas-, las contracciones insolentes del pasado.

En mi corazón (entre fogonazos de magnesio) pude ver que estaban todavía aquellas incontables conchas recogidas, las huellas de gaviotas sesgadas en oblicuo por los pasos desnudos, la soledad querida con tus senos verde reineta imaginados; el narcisismo derivado: reflejo doloroso y cruel que me acompaña hoy en el espejo con un lazo o pajarita que nunca tuve; la melodía del faro, el puerto, sus azares... el olor inequívoco a pescado sedimentado en las aguas de un beso... incluso, los pulpos rematados en una magullada lentitud de muelle.
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Junto a las palabras susurradas, siento emerger al galope las ocasiones en que he visto las carreras de caballos por las dunas a través de tus ojos, la barbilla clavada en mi hombro, la orquesta a un lado, las bombillas, las fiestas empapadas de ternura y placer entre venas azules de pieles de veinte años...
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Trepan por las barandas -sin llamarlos- los murmullos imperceptibles de las callejuelas azuzados por ojos oscuros y brillantes; tu hermosa dentadura perfecta, los carmines de henna, el puerto... los chillidos de las gaviotas confundidas con el clímax inadvertido por nosotros mismos: los protagonistas. Y del otro lado, la embriaguez: caminante nocturno entre tantos sueños de latón vacíos...
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Quizá los ecos me engañan -me planteo- , estoy tan alejado de mi propia existencia...
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Codorníu.
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31 de enero de 2009

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Se incendió mi casa:
ahora nada me obstruye
la visión de la luna
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(Masahide, l657-l723)
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La muerte de Saleta me ha cogido por sorpresa. Recibí la llamada de Chumpéter una noche para pedirme que le acompañara a llevar las cenizas a la playa de Corrubedo. "Por fin, hemos dejado de jugar al ratón y al gato", fue todo lo que dijo cuando terminó de vaciar la urna. A la vuelta, como a la ida, apenas hablamos. Son momentos en los que uno se hunde; mira desde el fondo del pozo hacia arriba y se da cuenta del absurdo inconsciente en el que vivimos a diario.
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De regreso, la lluvia no dejaba ver los lados de la carretera. El conductor del autocar nos paró en un bar de ésos de camioneros para que fuéramos al servicio. Bajamos a pesar de que caía una lluvia torrencial. Como un autómata, Chumpéter pasó directamente al baño. Yo me acerqué a la barra sacudiendo la gabardina y buscando algo para secarme los goterones que resbalaban por mi frente. Cuando nos pusieron los dos Havanas, vi por casualidad el servilletero. Algunos, todavía tenemos la costumbre de garabatear citas en esas celulosas de papel, porque hay estados que sería un pecado desaprovechar.
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"La felicidad es lo que tenemos antes de empezar a buscarla", escribí.
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Luego, hice una bola y la dejé allí... por si alguien se la encuentra como una concha en la playa que le ha elegido a uno al verle venir buscando...
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Codorníu
(Creo que le debía una explicación a La Flaca, que compartió mi sufrimiento y supo ver -más allá de lo literario-, el dolor por la muerte de un personaje)
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30 de enero de 2009

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Con la crisis,
las escaleras de los sesenta,
vuelven a ser como eran...


Cuando recuerdo,
ése que se parece a mí
no es sino bruma...
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Afortunado el que aún viva en los recuerdos;
cuando los demás, o viven o mueren.
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Ninguno de los dos -en el fondo- sabe lo que dice.
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Tampoco yo sé nunca cuál es mi sitio, ni dónde estoy...
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Tal vez, en tierra de nadie. Como la gente que habita ese plural solidario,
donde tan cómodo me encuentro.
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Codorníu.
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29 de enero de 2009

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Y el camino que sube,
es el camino que baja (Heráclito)


Sobre el peldaño
dos miguitas de pan,
¡ah! y esa hormiga.
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Cuando lo relea ya seré otro...
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Codorníu
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27 de enero de 2009

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"Caray, cuánto cuesta dudar..."
(Hemingway, en el hotel "Ambos Mundos", La Habana)
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En ese charco
una lata en el fondo,
ah, y esas nubes.

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Tanto leer, que uno al final apuesta fuerte y se decide. Termina por hacer un haiku, elegir un banco y meterse en una imagen que no es suya.
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La busca con cariño, eso sí. Cada tarde -como si de su trabajo se tratase-, la persigue. Piensa: Quiero que tenga un charco delante (grande. Sucio. Lleno de hojas), donde yo pueda clavar la vista, y que refleje el cielo y las ramas de algún árbol cercano.
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La encuentra; porque cree en ella y la estaba esperando: esa es toda la magia del asunto.
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Como se puede ver: nada especial.
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Y ahora sí, se sienta tranquilo exhalando el vaho plateado de la noche. Aún le queda tiempo, no es la hora de la cena. Además está todo preparado. Incluso, enciende un Romeo y Julieta que se trajo de Cuba (donde piensa volver sólo o con alguien) para ponerle humo al asunto. La ambientación es importante. Un parque (o un sueño) emerge en su pantalla, opacado por la bruma invernal. Después, se va filtrando algo que creía inverosímil...
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Decir satisfecho es tacañear en esta época de crisis. Hasta pasear parece pecado. Al final, tarde o temprano, él sabe que podrá volver a "Ambos mundos", como en el haiku. Y espera.
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Codorníu.
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25 de enero de 2009

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Siempre habrá un banco para ti,
al atardecer...


Después de haber perdido muchos trenes
que parecen más bellos por perdidos,
se llega a algún insólito lugar.


El viaje o su ilusión
cruza inviernos, sorpresas y locuras,
al perderse uno gana,
lleva no pocos años el saberlo.


Querer estar en raros extravíos
y accidentes es el aprendizaje
de echar de menos lo que no se tiene.


Carlos Pujol (Barcelona, 1936)
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Alargo mi mano en sueños para coger la tuya. Sería un gran regalo salir de este viaje con la seguridad de que mi onírica paloma no lleva caja negra. Si me estrello, no quiero que rebusquen para encontrar la culpa. Cuando dos barcas chocan, las dos están vacías.
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Codorníu
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Aquel que fuiste, se parece a ti.
Y aunque dudas ahora, sin embargo,
abusaste de esa semejanza.

Edmond Jabès.

El otoño se nos ha cansado de aguardar en la clandestinidad. Digamos que hasta dentro de cinco días no tendría cobertura legal. Pero entre el almanaque y la ventana, manda la ventana y el parque sin duda. Las notas del piano van apareciendo al otro lado con las primeras gotas.

Codorníu.

24 de enero de 2009

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"Al banco viejo, hendido por el rayo..."


No me preguntes -dijo-
tampoco tú lo sabes
y estamos solos.
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Codorníu.
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21 de enero de 2009

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La importancia
de tener un buen sueño:


Río sin agua.
Qué frío el de la gente
pasando el puente
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(Shiki, 1867-1902)
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Quisiera poder aceptarlo todo, pero no me cabe. Antes tendría que borrar mucho de lo que parece definitivo, sacudir por la ventana todo lo postizo, vaciarme de todo este relleno trufado de vacíos, olvidar surcos y roderas memorizados, dudar de los cielos azules y diáfanos del "deber ser otro", darle la espalda a lo evidente, escapar de aquello que parece ineludible, ignorar lo mucho que hay de trivial en todo, soltarme de la seguridad pegajosa que me sigue y me ahoga…

Y despertar.

(Pero estoy dormido -ese es mi drama- y lo que me cabe, sólo me cabe en sueños)
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Codorníu..
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20 de enero de 2009

Otra de bancos
(ahora que necesitan tanta ayuda...)


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A la luz de esta sencilla imagen,
reconozco lo que me rodea:
los objetos de mi cuarto,
mis propias manos, las paredes...

Con la vieja y amarilla bombilla

de mi cuarto
consigo que se ilumine
casi todo...
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¿Para qué habría de querer más?
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Hasta puedo ver
mi rostro en el espejo
y el llanto amargo
de todos los pasados reflejados,

o dejar en el suelo
la pesada carga, y ser visto
por el instante
como mira a todas las cosas:
fugazmente
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Codorníu.
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