22 de noviembre de 2008

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Mi estación agoniza. El suelo se endurece bajo la hojarasca, porque ya no aprieta la lluvia y los días transparentes han regresado. Sin embargo, el frío de la calle todavía no se atreve a pasar del felpudo, anunciando todo un interludio entre piezas, como el periodo histórico de Adriano; algo que siempre ayuda a defenderse un poco de la ciudad de cemento en que existimos, a hacerse preguntas, a detenerse al pie de cualquier árbol, a mirar...
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Sólo mirar, dejando que las pupilas otoñales moren en una de esas oquedades para ardillas pelirrojas, atento el oído a esa canción que cantan las ramas cuando llega un golpe suave de aire para recordarlo luego -en las largas horas-, junto a las quejumbres sonoras de la corteza, que sigue desprendiéndose, resquebrajada, casi seca... y entrañablemente desnuda.

La mejor campanada es la que nos recuerda que hay que mirar. Mirar es algo así como estar en una habitación donde, de repente, se acaba de ir la luz; donde no se ve nada, donde no se distingue nada. Pero, donde, poco a poco, te vas dando cuenta de la ventana, la silla, la mesa... Y si me apuras, los papeles que tienes que recoger el lunes, los pasos que (con un sueño inmenso) te sacan por la puerta camino del trabajo...

Los ojos se acostumbran a la penumbra mejor en otoño. Es la mejor lección de esta época del año. A veces (montando la mente-escenario para el espectáculo del día) tienes la mirada, pero te falta distinguir los detalles en la oscuridad. En otras ocasiones, tienes la luz; pero estás con los ojos cerrados, durmiendo despierto. Entonces, el carril de los sueños se convierte en un guión, un croquis, algo que seguir…

...Como faros en el fondo del mar para saber que estuvimos (y estamos) en algún lugar, en algún momento...

Codorníu
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15 de noviembre de 2008

Bona nit, amics:
veig que ja hi som tots,
per fer la xerrada
i cantar cançons.
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.......................(Serrat)
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De haber ido solo al cine (como Pizarr fue a ver a Paco Ibáñez), quién sabe el tiempo permanecido en la butaca, allí, clavado, inmóvil, sin aliento... Preguntándome: ¿Cómo pudimos olvidar tan pronto, meter la cabeza bajo las sábanas y subirnos a los carritos de los híper a conquistar los fines de semana?
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Antes de la metamorfosis de la especie, Ulises -por citar a alguien- no iba oteando el fondo de las patatas fritas de bolsa (por todo horizonte) ante la nada ofertada por un cuadrado de plasma; ni almacenaba un montón de latas de cerveza vacías a los pies del tresillo. No. Ulises tenía una Ítaca, era un navegante, y nunca habría aceptado el olvido.
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...Después de ver la peli, una cosa que se llama tiempo tenía un color de remolacha en la mirada. Busqué las servilletas antiguas, medio a oscuras, y me las fui a leer a los sitios más insospechados.
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Todo muy sucio; y a la vez, hermoso.
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Codorníu
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(Ah, se me olvidaba: estuve viendo "La buena nueva", de Helena Taberna. A la salida, quise agarrarme al mundo; pero no llevaba Rayuela bajo el brazo, y apenas brillaba un poco de luz. Al salir a la calle, me esperaba algo así como un Rembrandt, coherente -él, sí-, desolado, metiendo los brazos hasta el codo en mi alma)
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13 de noviembre de 2008


ME VOY A PIE

Es preciso olvidar el tejado rojo
y la ventana con flores.
La escalera oscura y la vieja imagen
que se escondía en un rincón.
Y la cama de madera negra y agujereada
y tus sábanas tan limpias
y la llegada suave de un amanecer
que te despierta más viejo.

Pero no quiero que lloren tus ojos:
dime tu adiós.
El camino es cuesta arriba
y voy a pie.

Es preciso decir adiós a la puerta que se cierra
y que no quisimos cerrar.
Es preciso llenar el pecho y entonar una canción
si el frío de fuera te hace estremecer.
Es preciso ignorar al perro que ahora ladra
atado a un poste reseco,
y olvidar de golpe tu imagen
y este pequeño lugar.

Pero no quiero que lloren tus ojos:
dime tu adiós.
El camino es cuesta arriba
y voy a pie.

Es preciso cargar la guitarra a mi espalda
y volverme por el camino
por el que un atardecer gris, remontando la loma,
llegué hasta aquí.
Las olas borrarán las huellas
que dejo en tu puerto.
Me voy a pie, el camino es cuesta arriba;
pero en sus bordes hay flores.
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(J. M. Serrat)
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Cada día que pasa me siento más ciudadano del mundo, comprendo menos las fronteras... o que aquello que nos diferencia pueda servir para levantarlas.
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Codorníu
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9 de noviembre de 2008

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Esta madrugada, cuando desperté, los seres elementales que habitan por la casa aún no se habían escondido.

Tras el desconcierto inicial, lógico por otra parte, les he echado en cara su despiste. Les he dicho que acepto que se metan en el ordenador, que trasteen con él en mitad de la noche, que me dejen por unas cuantas semanas a expensas de las almas caritativas del vecindario. Pero que no estoy dispuesto a que sigan por medio una vez ya despierto.
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Parece que el mundo de estos pequeños seres anda remando en contra. Aunque, al final, llegamos a un acuerdo a cambio de que se quede uno muy terco en representación de todos: Laura, una canción de Lluís Llach, especialista en removerme.
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Luego, a salvo de culpas y remordimientos, he podido poner al fuego mi café especial para hipertensos y escribir. Café del bueno, me refiero.
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Con la taza en una mano, me muevo con cuidado para que no se me despierte ninguno más; camino de puntillas, con pasos delicados, mirando a todas partes… De momento sólo pienso abrir las ventanas que dan al pensamiento; los otros sentidos, que esperen.
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Mientras escribo, escucho música con tapones en los oídos. Así creo un espacio donde no molesto a nadie; porque los mundos subjetivos -que se mueven al revés de toda lógica- van más lentos (como sin cuerda) de esta manera: sin el ruido del mundo. Hasta amanece mucho más despacio que entre semana, porque la luz -que colabora conmigo- se entretiene por los tejados y tarda en descolgarse por las fachadas. Incluso me parece verlo todo un poco más dorado. Como si fuera el mundo de un anuncio de Codorníu.
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Entonces, comprendo. Y la semilla de aquel hayku germina, con todo su sentido explosivo:
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"Nadie.
Tan sólo un sillón de mimbre a la sombra.
Y agujas de pino esparcidas"
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2 de noviembre de 2008

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Este domingo por la mañana, uno de mis yoes (un tal Pepe) ansiaba lo incierto de la vida cuando salió a comprar el periódico.
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Y es que ni el ron nocturno, ni ese relato tan genial que surgió de la nada, ni cualquier otro disfraz de la locura (ni siquiera los recuerdos nunca perfectos de la juventud, que anticipaban ya entonces la llegada del otoño) han sabido calmar todos estos años el vacío que desciende sobre el bosque cuando se oculta el riachuelo.
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Ahora, al atardecer, con una sonrisa absurda (por todo tesoro) me alargo sobre los encharcados brillos de las calles y atravieso el sonoro sendero de papeles blancos que junta el viento en la puerta de alguna taberna desconocida.
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Allí, delante del líquido dorado que va más allá de la mente, más allá del sonido cadencioso de las gotas que dejan caer los canalones agujereados,
recorro los frágiles labios del cristal, y bebo...
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En el espumoso mostrador (desde el fondo del no-pensamiento, como Pessoa), intento flotar sobre el terco lodazal de la ley de causa y efecto.
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Volveré cuanto antes.
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Codorníu.
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25 de octubre de 2008

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La vida subjetiva (la vida a secas) viaja en un tren de madera que se detiene en estaciones por las que ya no pasa.
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Lo que ocurre del otro lado de la ventanilla es un viaje simétrico, tan genial e invisible como un mandala de colores ocultos.
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Esta semana, mi ordenador de alfarero -da igual si hubiesen sido las mareas- me ha devuelto un trozo de alguien que pude ser yo mismo.
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Los que entráis desde siempre os sonará este texto (escogido expresamente), que a mí me sigue conmoviendo.
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Perdón por repetirme.
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«¿Qué es lo que se revela con tanta nitidez desde las soledades veteadas de un mostrador de mármol, mientras las lágrimas de todo un hombre caen en un vaso de cerveza semivacío?
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Me he hecho esa pregunta esta noche -que he visto algo así en un bar- a la salida de la estación Central de mi pueblo. Y es que, a veces, cuando salgo a pasear, después de tirar la basura, doy la vuelta por delante de esa estación, porque quién sabe si en el viento sigue habiendo un mensaje que nos recuerda que viajar también es caminar al contrario de toda esta locura.

Ha sido así, de esta manera que cuento, como he coincidido en la barra con ese hombre de caña y lágrima (curioso aperitivo para un tipo que ni siquiera respondía al textil del sesenta y ocho) que, sin embargo, tenía para mí todo el crédito del Banco Mundial de mi corazón, porque garabateaba en una servilleta de papel algo de lo suyo... eso sí: mal controlado por su mirada húmeda.

No era alguien conocido; no penséis. Ni siquiera era mi rostro en el espejo, como otras noches. Era un corazón gris que, pasado algún tiempo, se levantó del taburete y se marchó. Eso -o sea, nada- fue todo lo que pude retener de su vida; aunque yo -a consecuencia de una cicatriz muy especial que capta a la perfección ocasiones como ésta- me abalancé sobre sus celulosas olvidadas, antes que el camarero las barriese al suelo con la mano automática y ciega de su oficio de plancha y mantequilla...

Poca cosa contenían aquellas bolitas arrugadas: sólo dibujos para matar el tiempo. Salvo una, la última, que leo textualmente: "Tienes que aprender a olvidar; pero sobre todo tienes que aprender a recordar. Que no te pase como a mí: que no he sabido hacer bien ni lo uno ni lo otro"

¿Quién era? ¿A quién se lo decía? ¿Tal vez a un hijo, a un amigo, a sí mismo...?

No pude preguntárselo. Confío -ya que sólo eso me queda- que mientras la semilla engañe al cuervo, no todo estará perdido. Por ahora, los mercados aún no han decidido si ocultarnos o no a la vista de los consumidores. Nos toleran -a este hombre, por ejemplo, y a mí- e incluso saben sacar rentabilidad a nuestras singladuras. Pero... ¿tendrán los cubos y los cepillos suficientes para borrar nuestro dolor pintado por todas las paredes, tapias y servilletas del mundo que yo conozco?

Esperemos que no; o que quede todavía algo de tiempo antes de que nos encalen los morros, o nos pongan servilletas de esparto por los mostradores, o se den cuenta de lo peligrosa que puede ser nuestra memoria.

Yo rezo para que nos quede, al menos, un tiempo circular como el de los estoicos; y que la esperanza de volver, nunca se pierda...»

Codorníu
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18 de octubre de 2008

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"Cuando quise volver,
ya no sabía donde estaba.
Hasta que algunas aves se levantaron
de los árboles nudosos. Y volaron
señalándome
la dirección
que necesitaba"

...................(Raymond Carver)

Su vida fluyó sin detenerse como una corriente de agua.

A falta de un mar pegado al pie de la ventana, el hombre sin móvil buscaba un riachuelo para el último tercio (como dicen los filósofos hindúes), pero sólo le fue dada una carretera seca a la intemperie. Aún así, cuando la tarde se ponía, tomaba el asfalto que sube al cerro e iba extendiendo a ambos lados un mantel rosa bajo los rayos oblicuos de un sol imaginario. Desde arriba, sobre esa hora (más o menos), las monstruosas siluetas de las fábricas del polígono suavizaban su dureza, y hasta se diría que se conmovían destensando el rayo con el que le vigilaban a diario.

A pocos pasos de él, en la hierba sesgada de la cima, a veces se posaban algunas hojas recién arrancadas por el viento. Su corazón, apenas ya del tamaño de una arbequina, cruzaba con ellas una sonrisa maliciosa y rápida. Pero (cuando se acercaba, intrigado) en su lugar tan sólo hallaba –diseminadas e insensibles a las caricias de la brisa otoñal- unas rebanadas de pan Bimbo y el cobre verdoso de las circunstancias, que iban tomando ya el color azul de los sueños.

Codorníu.
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12 de octubre de 2008

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Entre el lunes próximo y yo, crece un cañaveral de miles de segundos. Desde el viernes al domingo por la noche, me escapo zigzagueando por donde no me encuentre el otro Pepe: cines, libros, el blog, mostradores, periódicos...
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Lo malo es que, dentro de estos otros maizales, tampoco sé quien soy. Sólo sé que ya ni recuerdo el verano, cuando se me ponían los ojos brillantes. No miento si digo que cada vez siento menos y recuerdo más, como escribía Cortázar. Que parece que el folio de mi vida se plegó en varios trozos. Que la voz (si la hay) llega de tan lejos, que es un sueño perdido entre dos páginas.

Por eso cierro los ojos, y los abro cuando la sala recobra los siseos y todos han agotado las palomitas. ¿Qué es cierto en todo esto?, me pregunto. La desolación al ver las butacas vacías requeriría un capítulo entero. Bastaría con adelantarse un poco, atravesar la espesura, salir a otra cosa: algunos (no sé cómo) encuentran la puerta...

Pero... qué más decir: todo aquello de Cuba se aleja en esta oscuridad otoñal, mientras busco el mando del garaje para que se levante el cierre de mi vida.

Habría que estar por fuera y entenderlo. Pero ahí no hay nadie. Únicamente dentro de mí, dos homo sapiens igualmente ignorados. O dos vacas corneándose, como diría un cuento Zen. Entes incomunicados que se empeñan en escalar solos el cielo raso. Curiosa fosforescencia de luciérnaga.

No me hagáis caso. El tobogán es mío.

Codorníu.
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9 de octubre de 2008

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«Primero, la hipoteca; luego, comer», me dijo ayer desde el otro lado de la barra mientras anochecía y yo intentaba terminar Rayuela.
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Su voz conservaba el susurro dulce de Centroamérica; y sus cejas -dos sauces- se elevaron al hablarme sobre la pena negra en que le estaban envolviendo los mercados.
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Es hondureño. Trabaja en la taberna donde entro al regresar de tirar la basura sorteando las farolas. No escribe en servilletas, las barre. Y pone aperitivos de cansancio, en silencio.

Su mujer lleva dos meses buscando lo que sea: hostelería, portales, casas…

Tienen dos niños, van a un colegio aquí al lado, a veces me cruzo con ellos. Sus padres quisieron hacer lo que todos... «¿para qué iban a pagar un alquiler? »

Juan -llamémosle así (es lo único ficticio en todo el relato)- recuerda la ilusión con que pagó la mensualidad del primer año, 600 euros: todavía los dos trabajaban. Este mes de septiembre, cinco años después, han alcanzado ya los 950 por las subidas del maldito euribor.

Como es un "mileurista" auténtico, todo lo más le quedan para empezar el mes 50 euros.
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Anoche, delante de mí, el dueño le dijo que se llevase los macarrones que habían sobrado de las cenas, en total dos o tres raciones.

«Para los niños», añadió aproximándose a Juan.

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Y después, en tono paternal:
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«Ya sabes: primero, la hipoteca»
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(Canta Quintín Cabrera, uruguayo, que sabe hablar mejor que yo de estas cosas)
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Codorníu
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2 de octubre de 2008

Al encender la lámpara de la mesilla de noche (esa que semeja a una cañería reventada que me costó un pastón en una feria de artesanos de Santiago), vuelvo a ver el mismo cuadro coronado de nubes a los pies de la cama.
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Aunque no lo parezca, es un alivio a las tres y media encontrarse con eso. Alguien, muchos, varias manos me daban vueltas y vueltas en un sueño y tuve que despertar. Con los ojos tapados. Con la angustia. Con los acantilados de un híper tan cerca de mi casa.
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La gallina ciega se llamaba la pesadilla. Qué curioso. Estaba soñando (ignorante de mí) frente a un embarcadero envuelto en la bruma de la ría de Arosa: farolas violáceas a punto de apagarse, rumores de voces que salían de alguna barca de modestos contrabandistas de cartones de winston, chapoteos, murmullos…
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Consulté el plano que guardo en el cajón (otros guardan pistolas): estaba perdido. Sentí que había cruzado una aduana sin moverme del punto en el que estoy. Traté de palpar para encender la radio... pero sólo conseguí que la alfombra acallara el choque de mi mente al caer de cabeza. Qué sarcasmo: otra frontera en círculos. Fascinante, me dije. En ese momento, bajo un haz de luz que imaginé sobrenatural, una figura con sombrero -¿Chagall?- me pareció que se recortaba junto a la ventana.
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Tal vez era la lluvia, cantando como el arpa. O el otoño, siempre entrando por el mismo sitio del calendario.
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O la brisa, moviendo el corazón....
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Codorníu.
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