Un día se lo leí a Lacan: «Lo externo son meras proyecciones». Sin querer he saltado la raya de nuevo; otra vez el brinco hacia el pasado, hacia la espumosa vereda que deja una barca lejana. A mi lado, el mar azul contra la arena blanca.Despierto -o recuerdo que despierto- destemplado en la playa. Me he quedado dormido, el sol ya no calienta. Saleta, atenta, me llevó la tumbona y me sugirió la siesta entre las dunas. Saleta no pierde nunca el gesto. Pertenece a ese mundo de las formas, de los detalles. Ahora, que siento algo de frío y me incorporo, me ha frotado los hombros con las manos.
Todo a mi alrededor está envuelto por esa luz especial que suaviza los perfiles, que deja los colores con esos tonos pálidos. Oigo unos pasos, también tenues. Como los tonos. Me vuelvo. El mar queda a mi espalda. Levanto la cabeza. Nadie. A veces se oye fuera y es dentro. Siempre es dentro. Ya dije: se lo leí a Lacan.
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