
Desde que abrió la mano
y soltó
aquel puñado de años,
su madurez
-antes de cumplir más trienios-
se escapó
apresuradamente
como una bandada de palomas
liberadas.
De las mesas de mármol
recogió las servilletas de papel
retorcidas,
y de los reflejos en la pared
del vaso, la mirada
de alguna camarera.
Del puzzle de su vida
desencoló la parte
donde estaba su rostro,
y extendiendo la mano
para contar a dedo
luces de barcos en la noche rasa,
se despidió del presente
y soltó
aquel puñado de años,
su madurez
-antes de cumplir más trienios-
se escapó
apresuradamente
como una bandada de palomas
liberadas.
De las mesas de mármol
recogió las servilletas de papel
retorcidas,
y de los reflejos en la pared
del vaso, la mirada
de alguna camarera.
Del puzzle de su vida
desencoló la parte
donde estaba su rostro,
y extendiendo la mano
para contar a dedo
luces de barcos en la noche rasa,
se despidió del presente
eterno.
Tan sólo
el batir de los huevos
le contestó
de cocina a cocina
-por los patios-
aprovechando
la luz de las ventanas,
y fue rompiendo
el silencioso gemido
suscitado
por aquel pozo hondo
e inútilmente
inevitable
de quién sabe qué cosas
del pasado.
Tan sólo
el batir de los huevos
le contestó
de cocina a cocina
-por los patios-
aprovechando
la luz de las ventanas,
y fue rompiendo
el silencioso gemido
suscitado
por aquel pozo hondo
e inútilmente
inevitable
de quién sabe qué cosas
del pasado.
Codorníu.









