2 de enero de 2016

Han pasado cerca de cincuenta años. Supe de Cortázar por un compañero del curre, el día en que ambos entramos juntos de botones en el sesenta y ocho. Eran otros tiempos, y la memoria no afina tanto como quisiera. Pero las emociones son otra cosa: lo retienen todo, las muy putas. 

Parece que estoy viendo la sonrisa de Charly, este compa del curre, en el momento en que me pasó Rayuela, un día que fuimos a ver “Sacco y Vanzetti” (Giuliano Montaldo, 1971) en una sesión histórica; al menos para mi generación, que se lo leía y se lo veía todo. 

¿Serían las Cuatro y diez de la tarde, aquellas de las que Aute daría fe en su canción? Cada uno tiene un recuerdo singular de aquellos momentos, vaya por delante nuestro respeto. 

Como la mente va sacando de la chistera su irracional secuencia de pañuelos anudados, el día de San Silvestre, viendo la maratón –qué difícil es retener la vida, como decía Heráclito, pero no las imágenes-, me ha venido de golpe este nombre a la cabeza. No, no me refiero al griego. Heráclito fue un cubano con el que conversé, tanto de la vida y la "muelte" como del presente “etelno”, en la barra del Floridita. Qué razón tenía, por cierto. ¡Y cuánto me gustaría que Saleta y él se conocieran! Sin dudar un segundo les estaría mirando (y escuchando) a perpetuidad, ensimismado por el estéreo.

En ninguna foto ha sobrevivido la emoción con que mis ojos acariciaron las fachadas despintadas, las estampas atemporales, la chapa de los coches de los años sesenta, la odisea vital de los transportes, la sangre policramada por la revolución en la mirada acuosa de los ancianos que dormitan nostálgicos en los bancos de los parques...

Ahora -que ya solo puedo contar con palabras los pálpitos vividos- mi piel naufraga en medio de este formidable recuerdo caribeño tan salino, pegajoso y encomiable. 

Espero que me perdonen los que vean que me pierdo. Con un daiquirí en una mano y El siglo de las luces, de Carpentier, en la otra, "todo es más amable, más humano, menos raro...", como dirían los de La Cabra Mecánica. 

Acabo brindando por mis distintos yoes; por los que me comprenden, por los que no y por aquellos que ya no necesitan atribuirse lo que hacen. Y sobre todo, por Saleta, la Maga, que nunca dejará de estar conmigo.

Codorníu.

3 comentarios:

Mª Ángeles Cantalapiedra dijo...

Te traslado mis sensaciones... Leerte hoy ha sido como entrar en un viejo café de Buenos Aires. El humo de los cigarrillos es espeso, estamos sentado en una mesa de marmol y sillas de madera. Un hombre, arrastrando las palabras y la mirada colgada de sus recuerdos nos habla. Fuera, por el mugriento ventanal del café, Saleta nos mira.
Delicioso, de verdad... ¿Un cafelito? Hoy me ha salido muy bueno

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